7 de mayo de 2014 16:58 hs

Hay un chiste sobre las naciones que es bastante duro. Cuando los suizos se vanaglorian de su rectitud y su pacifismo, de su organización y su moral, de su carácter civil y de su democracia representativa durante siglos, el resto de los países de Europa le pregunta qué le han aportado al mundo en todo ese tiempo. Y los suizos solo pueden responder: el reloj cucú.

Y es bastante cierto: Suiza no le ha legado al mundo demasiados artistas.

Quizás una de las pocas excepciones sea el escritor Robert Walser, un hombre del que por fuera del ambiente literario se conoce muy poco.

Una oportunidad de acercarse a la obra de Walser es la reciente edición de la novela El ayudante, por parte de la editorial argentina El Hilo de Ariadna, que integra la colección Biblioteca Personal dirigida por el premio Nobel sudafricano John Maxwell Coetzee.

El autor estuvo esta semana en Montevideo presentando en el Teatro Solís esta colección al público. (Cabe acotar que además de Walser, en el grupo están también autores como Robert Musil, Daniel Defoe, Ford Madox Ford y Gustave Flaubert, entre otros).

Sobre Walser, Coetzee dijo que básicamente se conocen dos datos de su biografía: que era suizo y que pasó el final de su vida en un manicomio, donde acostumbraba a realizar largos paseos (en uno de ellos, en Navidad de 1956, murió congelado).

“Walser estaba loco y necesitaba ayuda”, dijo Coetzee, destacando que contra lo que muchos piensan usualmente, esta condición psicológica no era digna de exaltación para la creación artística.

“No es por la locura que hay que recordar a Walser. La locura lo hizo un miserable”, agregó el premio Nobel.

Destacó el carácter del suizo como alguien que se encuentra por fuera de las grandes corrientes del arte europeo, por esa propia condición de extraña insularidad que mantuvo ese montañoso país a lo largo de los siglos.

Walser hablaba y escribía en alemán, pero los alemanes se burlaban de su lengua, a la que consideraban bastarda.

Walser, queriendo escapar del provincianismo que lo rodeaba, huyó a Alemania para ser actor de teatro, pero su carrera dramática se frustró, quizás por sus negativos dotes lingüísticas. Regresó a Suiza, a pesar de haber querido escapar de su condición natal.

Coetzee destacó que sus héroes, si es que así se le pueden llamar a los personajes que pueblan sus obras, son “menores”, como los propios suizos. “Con pasiones, sí, pero pequeñas, como el tamaño del país”, explicó el Nobel, en un paralelismo entre la geografía y la literatura.

Para Coetzee, El ayudante es una novela que se centra en las relaciones de clase, en las tenues y difusas fronteras entre la pequeña burguesía y la clase obrera. Pero esta historia se enmarca dentro del friso más amplio del resto de la producción literaria de Walser, una gran obra que parece no tener argumento.

En su ensimismamiento y en su refugio para locos de un perdido pueblito suizo, Walser tenía la intención y el proyecto de que su obra fuera un solo continuum, que él denominaba como Ich-Büch (que se podría traducir en algo así como “yo-y-mis-libros”) y que Coetzee celebró como un “extraordinario proyecto”.

A pesar de haber sido un escritor que disfrutó de cierta fama y repercusión antes que contemporáneos de él como Franz Kafka, luego durante décadas fue cayendo en el olvido.

La elección de Coetzee para esta colección y algunos títulos más que se encuentran en español son una nueva invitación para adentrarse en una región literaria poco conocida y más fascinante que los mecanismos del reloj cucú.

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