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Un gran tipo jodido

La muerte del premio Nobel VS Naipaul es una buena excusa para comparar la vida y la obra de los escritores y la relevancia de la creación per se

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26 de agosto de 2018 a las 05:00

Conozco gente que hoy, en 2018, no se acerca a abrir un libro de Jorge Luis Borges porque lo considera un aliado del régimen militar argentino, todavía culpable de haber almorzado un día con el general Rafael Videla. Conozco lectores que le achacan a Camilo José Cela haber sido censor del régimen franquista. Que le achacan racismo a Walt Whitman. Hay algunos que todavía desconfían de Alexandr Solzhenitsyn por haber escrito Archipiélago Gulag. Que valoran la obra de Martin Heidegger a la luz de envolventes posturas frente al nazismo. Alguien podría decirme: "Quizás, deberías frecuentar otros círculos..."

¿Dónde empieza y dónde termina la distancia entre la obra, la vida pública y la vida íntima de un artista, para el caso de esta columna, de un escritor? ¿Es válida la valoración de un autor por un hecho (¿supuestamente?) ajeno a la obra?

Creo que las preguntas vienen al caso a pocos días de la muerte a los 85 años de VS Naipaul, el escritor nacido en Trinidad y Tobago pero que vivió (más allá de sus incansables viajes por diversas partes del globo) en Inglaterra el resto de su vida, premio Nobel de Literatura en 2001 y autor de una extensa obra que abarcó la ficción (en extensas novelas y cuentos cortos), el ensayo, la crónica de viajes y la autobiografía.

Autor de novelas memorables como Una casa para el señor Biswas, En un estado libre o Un recodo en el río, Naipaul fue considerado por familiares, parejas y amigos cercanos como alguien complicado. A mediados de la década de 1970 y casado con su primera esposa, una visita al Río de la Plata desembocó en una relación con la angloargentina Margaret Murray, que mantuvo por las siguientes dos décadas. Un obituario reciente lo retrata como un cruel marido y amante, particularmente violento con las mujeres. Su estancia en Argentina y su cruce concreto a Montevideo quedaron reflejados en su libro El regreso de Eva Perón, publicado en 1980: "Uruguay es un país muy particular: tiene una línea aérea, Pluna, con mil empleados y un solo avión".

En otras ocasiones, su carácter de pocas pulgas se reflejó en destratos a mozos, empleadas domésticas, sirvientes en general, así como una vergüenza mezclada con desprecio sobre el legado indio de su familia. Al visitar el pueblo de donde sus antepasados salieron con rumbo a la isla caribeña de Trinidad, no pudo soportar el asco y la lástima frente al estado paupérrimo de la población.

Su estancia en Argentina y su cruce concreto a Montevideo quedaron reflejados en su libro El regreso de Eva Perón: "Uruguay es un país muy particular: tiene una línea aérea, Pluna, con mil empleados y un solo avión"
Fue mítica su pelea con el escritor estadounidense Paul Theroux, que durante muchos años fue su apoderado y su discípulo literario. Luego de dos décadas de profunda amistad, los amigos quebraron el puente que los unía por un malentendido con la tercera esposa de Naipaul. Dejaron de hablarse, cortaron un muy prolífico intercambio epistolar, envenenaron sus egos con silencio.

Su biógrafo autorizado Patrick French escribió, en la introducción de la biografía The world is as it is (2009), que insultar y crear tensión entre familia, amigos, conocidos y periodistas ponía a Naipaul de buen humor, lo llenaba de una especie de energía creativa, le cambiaba positivamente el ánimo. Según pudo averiguar después, es un estilo de comunicación propio de Trinidad y Tobago, donde el filo de las palabras es explícito y los resultados pueden llevar el diálogo hacia terrenos insospechados.

Sus obras están veteadas de comentarios de tufillo racista, de ironía extrema y burla feroz contra costumbres, expresadas desde la arrogancia de un hombre profundamente resentido, que aprendió a vivir a la defensiva desde su educación en Oxford, y que recorrió el mundo en el intento de poder unir una serie de elementos culturales que finalmente descubrió como rotos para siempre. El escritor y amigo Ian Buruma lo definió como un buscador de una totalidad ya perdida.

Sir Vidia (la realeza británica lo condecoró) fue sin dudas un tipo jodido, dueño de una personalidad difícil, por momentos pendenciera y provocativa, pero lejos de opacarla, su obra desgarrada brilla como verdadero oro de calidad. Leerlo es una obligación, incluso a pesar de los prejuicios.

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