19 de septiembre de 2014 21:12 hs

No se puede decir que haya sido un hecho sorpresivo; no sólo porque había cumplido ya 92 años, sino porque su salud, en los últimos tiempos, se había deteriorado notoriamente. Pese a ello, el deceso de Concepción Matilde Zorrilla de San Martín Muñoz, a quien todos conocíamos como China Zorrilla, ha dejado al Uruguay entero sumido en la nostalgia, la melancolía y la tristeza.

No es ninguna novedad señalar aquí que fue una gran actriz de teatro y de cine; llevaba el arte en la sangre, como hija que fue del gran escultor José Luis Zorrilla de San Martín (1891-1975) y nieta del Poeta de la Patria, don Juan Zorrilla de San Martín (1855-1931); su madre, Guma Muñoz del Campo, era argentina, pese a lo cual el parentesco de China con José Artigas venía por ese flanco de su prosapia. Fue la segunda de cinco hermanas, y la mayor, que se llamaba Guma, como su madre, también se dedicó al arte escénico, en este caso como vestuarista. Pasó varios años de su infancia en París, y de regreso a su Montevideo natal, fue alumna del Colegio Sagrado Corazón.

En aquel Uruguay lejano e intelectualmente inquieto de la década de 1940, se inició como actriz en el ámbito del teatro independiente, en un grupo llamado “Ars Pulcra” (nombre que provocaría la inmediata fuga de la caterva de adolescentes de estos días), compuesto básicamente por estudiantes católicos, y se subió por primera vez a un escenario ante el público representando un papel en la obra La Anunciación a María, de Paul Claudel (1868-1955), dirigida en la ocasión por Román Viñoly Barreto (1914-1970). A partir de ese momento, su larga y fecunda existencia estuvo rodeada de elogios y de estruendosos aplausos.

Más noticias

El British Council la becó en 1947 para que estudiase arte escénico en la Royal Academy of Dramatic Art, donde fue alumna, entre otros, de la gran trágica griega Katina Paxinou (1900-1973).

En Londres conoció y pudo trabajar con una personalidad que llegaría a tener importancia decisiva en su carrera, José “Pepe” Estruch (1916-1990), uno de los tantos artistas españoles que huyó en su juventud del fascismo franquista, y terminó muriendo en España como exiliado de la dictadura uruguaya. En 1949 se radicó nuevamente en Montevideo e inició la que, sin duda, fue la carrera dramática más trascendente de la historia nacional.

Luego de su “rentree” en Una familia feliz, de Antonio “Taco” Larreta (1922), encarnó, en el teatro de su patria, algunos personajes inolvidables, que resulta imposible evocar sin referencias a su figura; entre ellos, y a costa de omisiones graves, los de Madre Coraje (Brecht), la protagonista de La Gaviota (Chéjov), La Celestina (Fernando de Rojas), lady Macbeth (Shakespeare), Filomena Marturano (Eduardo de Filippo), y otras tantas. Trabajó con la insigne Margarita Xirgú (1888-1969) y, con una serie de compañeros llenos de inquietudes, se dedicó a difundir hasta donde le fue posible el arte del teatro, como actriz, lógicamente, pero también como empresaria y directora.

Junto con Larreta y ese espléndido actor que fue Enrique Guarnero (1917-1981), fundó el Teatro Ciudad de Montevideo, con el cual representó obras en Buenos Aires, Madrid y París. Actuó a las órdenes de los directores más destacados del medio (inolvidable su colaboración con Atahualpa del Cioppo, 1904-1966), y se convirtió en la gran figura de las tablas nacionales. Era capaz de conferir a cada uno de sus personajes algo de su poderoso carácter, con el cual no siempre era sencillo trabajar.

En 1960 fue escogida para encarnar, en la pantalla argentina, uno de los personajes de Un guapo del 900, dirigida por Leopoldo Torre Nilsson, y a partir de ese momento lanzó una carrera cinematográfica que, para el ambiente del Río de la Plata, sólo puede calificarse de espectacular. Al advenir la dictadura en Uruguay (1973) se radicó en la capital argentina, donde trabajó en teatro y en cine hasta 1984, año de su retorno a Montevideo. Continuó en actividad hasta el año 2008, cuando problemas de salud la forzaron a retirarse. Hoy, todos la despedimos con un millón de adioses; porque cuando se marcha una figura de su talla, se lleva consigo algo de todos los personajes a los que dio vida a lo largo de su existencia.

EO Clips

Te Puede Interesar

Más noticias de Argentina

Más noticias de España

Más noticias de Estados Unidos