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Un país a la búsqueda del tesoro

Las distintas miradas y opiniones sobre el mismo hecho de corrupción

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21 de agosto de 2018 a las 05:00

El último sábado este columnista tuiteó: "¿Por qué no organizar una Búsqueda del tesoro? Bóvedas, cuevas, sótanos, cajas de seguridad, conventos, bodegas, etc. Sería una gran fuente de ingresos turísticos". Coincidente y casualmente, al día siguiente una columna de un importante diario argentino mostraba el mismo título.

La ironía intentaba reflejar la profundidad y gravedad del kirchnerrobo. La banda utilizó diversos métodos para ocultar su botín, que fueron cambiando según el momento, las leyes y las prácticas mundiales.

De los dólares y euros "vivos" del comienzo se fue pasando a los blanqueos legales vía las leyes de Cristina Kirchner y Mauricio Macri, a los blanqueos ilegales vía las compras de inmuebles y la vista gorda de la AFIP (Uruguay ayudó) a los paraísos fiscales que se fueron reemplazando a medida que la moda global fue obligando a la transparencia. La obligación de justificar los patrimonios visibles de los funcionarios obligó a otras obscenidades, donde se trastrocaron los personajes. Los testaferros en negro pasaron a ser socios o clientes, locadores o locatarios, según la necesidad. Se cerró al público el mausoleo de Kirchner marido "por reformas" lo que alimentó la sospecha popular de que el coloso construido por Lázaro Báez, compañero de truco que ascendió de mandadero a contratista millonario, era una gran bóveda donde se guardaba el "fisico".

Cuando los volúmenes de las bóvedas fueron inmanejables y la transparencia agobiante, se buscó banqueros amistosos. Raras escalas en los vuelos presidenciales (Uruguay también ayudó) fogonearon la creencia de que los fondos se habían refugiado en algún banco sagrado y milagroso. La semana pasada comenzaron a circular versiones de que ciertos bancos de Buenos Aires estaban en la mira del juez Bonadio, lo que produjo una fuerte caída bursátil. ¿Mezcla de verdad con operación política? Los arrepentidos tratan de mostrar que seguir con el lava-jato en vez de lavar las culpas las va a aumentar y arrastrará a toda la economía. La martirización de los contratistas seudoextorsionados caerá en el mismo momento en que se compulse su contabilidad y aparezcan las superutilidades del período. También se abrirán nuevas causas por las facturas falsas que utilizó la patria contratista para transformar las utilidades que coparticipaban a la satrapía K de blanco a negro, de cuenta bancaria a cash. La AFIP, ciega, sorda y muda durante estos malabares macondianos, ahora investigará en serio, jura. Cuarenta por ciento de la sociedad sueña con recuperar lo robado.

Otro cuarenta por ciento sostiene que el kirchnerismo robó pero repartió. Lo primero es una utopía infantil que desconoce las leyes. Lo segundo una mezcla de imbecilidad colectiva y populismo terminal. El otro veinte por ciento no sabe, no contesta o escribe notas escépticas. El plan de obras por PPP, mezcla de entelequia y eufemismo para gastar con otro nombre, muere por falta de financiación. Nadie le prestará a empresas pasibles de sufrir fuertes multas, cuyos dueños pueden ir presos y sus registros como proveedores del Estado revocarse. Y con la inseguridad de juicios que durarán años. El gobierno intenta ahora por decreto garantizar los préstamos que tomen las adjudicatarias de PPP para salvar el único recurso de generación de empleo no calificado de que disponía. Una suerte de estatización de la deuda privada, algo que justamente se quería evitar. Un recurso mujiquista que termina como ya se sabe. De todos modos, una discusión bizantina cuando el país no tiene crédito y no sabe cómo financiar lo que gastará por sobre los U$$ 50.000 millones que le aporta el Fondo. Hace pocas semanas los ministros aseguraban que todas las necesidades estaban cubiertas hasta el fin del mandato. Hace un mes juraban que no faltaban más de U$$ 4.000 millones.

Ahora se habla de entre 15 y 20.000 millones de endeudamiento adicional, si se consiguen optimistas que presten a tasas civilizadas. Puerilmente, la sociedad argentina sueña con recuperar los fondos robados y con éstos pagar el déficit y salir de la recesión que apenas comienza. El gobierno oscila entre montarse sobre la cruzada ética o apaciguarla para no atizar los efectos paralizantes de tantas investigaciones sobre tantos arrepentidos y extorsionados multimillonarios, que se ocupan de hacerle saber que eso ocurrirá si no hace algo para frenarlas y le restregan sus supuestos 150 mil empleos. Las patrias contratista, financiera, proteccionista y judicial siempre han imperado sobre la patria sin aditamentos.

La delación premiada resigna la vindicta pública sobre los partícipes secundarios de un delito para caer sobre los culpables principales. Eso es lo que la justifica pactar con delincuentes. Pero si el - o la - principal responsable de esos delitos no termina en la cárcel, cae el justificativo social para esos perdones. Con lo que los corruptos de un lado y del otro del mostrador dependen de que Cristina Kirchner termine presa. De lo contrario, la sociedad pondrá a empresarios, funcionarios kirchneristas y macristas y la propia justicia en la misma bolsa y ampliará el grito "¡que se vayan todos!" su temida consigna de 2001. El presidente Macri está en otra disyuntiva múltiple. Con Cristina presa, el peronismo se une y él pierde la reelección. Con Cristina libre, él tiene chances en segunda vuelta ante un peronismo dividido, aunque le costara el repudio de sus adeptos. Hay una lectura adicional: borrar a Cristina del mapa político posibilitaría que surgiera un peronismo racional, que sucedería a Cambiemos, un nuevo rostro confiable que mereciese el respaldo del sistema económico mundial a partir de 2020.

Pero nadie cree en el oxímoron de un peronismo racional, con lo que cualquier ayuda o financiamiento cesaría hoy mismo ante tal posibilidad. Paradójicamente, el miedo que inspira la irresponsabilidad populista peronista puede ser su carta de triunfo en las próximas elecciones y acelerar el fin del mandato macrista por falta de financiamiento inducida, como ocurrió con Alfonsín. Sin el sabotaje sistemático peronista, habría caminos de solución a la obra pública, copiables del caso Odebrecht. Sanciones penales atenuadas a los arrepentidos, y castigos duros a los jefes de la banda. Fuertes multas millonarias en dólares a las contratistas, que también deberían proveer por su cuenta financiación para las obras, sin borrarlas de los registros de proveedores. Nuevo sistema de concesión basado en cánones o peajes, no en el sistema de llave en mano con ajustes ridículos.

Nuevos mecanismos de dirimir litigios, para evitar los juicios que el Estado siempre pierde. Hasta se podría derivarles los fondos que hoy se esterilizan en las Lebacs & sucedáneos, que de todas maneras vuelven al sistema. La indignación y la magia de la búsqueda del tesoro impiden pensar. Al cierre de esta columna el tuit en cuestión llevaba 800 retuits y 2.400 me gusta. Eso indica que al menos crecerá la venta de palas.


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