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Tendiendo puentes: un plan católico para ayudar a migrantes que llegan al país

La Iglesia Católica dispondrá de tres centros de atención (en Rivera, Chuy y Montevideo) para asesorar, sobre todo, a venezolanos

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20 de mayo de 2019 a las 05:01

“Acoger”, “proteger”, “promover” e “integrar”. Esos son los cuatros verbos que el papa Francisco ordenó a cumplir a los fieles católicos en relación a los inmigrantes en todo el mundo y que, en Uruguay, los quieren cumplir a rajatabla. Por eso desde la Iglesia Católica crearon el proyecto Puentes de Solidaridad con la idea de brindar ayuda a la población migrante –venezolanos principalmente- que llegan a Uruguay escapando del hambre y la violencia.

De esa manera, plantearon crear tres centros de atención en los principales puntos de acceso de este grupo de personas. La parroquia San Francisco en Ciudad Vieja, una parroquia en Rivera y otra en el Chuy (Rocha) fueron los lugares seleccionados para convertirse en recepciones de inmigrantes necesitados de asesoramiento y, en ocasiones, abrigo y hospedaje.

“Nosotros queremos brindarle al venezolano, o al migrante, herramientas para que se pueda integrar a la sociedad de una manera real. Que venga y sepa a qué cosas puede acceder, cuáles son sus derechos, cuáles son sus obligaciones. Hay que orientarlos. Y si la persona está en una situación de vulnerabilidad que pasa muy seguido, bueno, brindarle esa primera asistencia pero que no solo sea información, sino que podamos trabajar lo que la Iglesia llama la "acogida", ese acompañamiento, el recibirlo, no dejarlo solo y saber que tiene un punto de referencia en la iglesia”, explicó una de las coordinadoras del proyecto, Gabriela Gómez, a El Observador

El año pasado llegaron a Uruguay 9.000 venezolanos y se estima que para 2019 ese número trepe a 12.000. “Pero, como es el sentido de la Iglesia Católica, aunque sea para una sola persona, vale la pena el trabajo”, dijo Gómez.

Para aquellos que llegan al país sin ningún contacto previo y con necesidad de alojamiento, la Iglesia prevé que puedan ser alojadas “durante un tiempo” en la parroquia de los migrantes donde ya se suele brindar hospedaje de forma caritativa.

Pero saben que no serán los primeros ni los últimos a la hora de prestar servicios y acompañamientos a aquellos que dejaron sus tierras en busca de nuevos horizontes: “Queremos trabajar en conjunto con otras organizaciones que ya están trabajando en el tema. Sabemos que somos una voz más que dialoga en una sociedad plural y que hay muchas iniciativas de respuesta a esta realidad”, aseguró.

Gómez, junto con Camilo Genta -otro de los coordinadores de la iniciativa- y el párroco Mauricio Cabral, en conversación con El Observador coincidieron en que el proyecto no se trata de dar sino también de recibir. “No solo es lo que a los migrantes le podemos dar como iglesia sino también lo que ellos pueden enseñarnos a nosotros”, dijo Genta. Y esto último ocurre sin que los católicos uruguayos lo exijan o busquen.

Para el cura hay dos cosas que los migrantes ya les han enseñado: la intensidad con la que viven su fe y el poder de afrontar con vitalidad y alegría  las circunstancias difíciles.

“Ellos viven la fe con mucha naturalidad, nosotros la vivimos como con temor. Ellos llegan y empujan, en un buen sentido. Ya te hacen preguntas: ¿cuándo se reúnen? ¿Cuándo es catequesis? ¿Puedo participar del coro?”, contó Cabral.

Los tres contaron de experiencias donde venezolanos se acercaron a parroquias a consultar por las reuniones y sus horarios, el mismo día o un día después de haber llegado al país.

Según cuentan, ya hay migrantes dando catequesis y los niños se integran fácilmente a los grupos preparados para ellos y a las misas generales. El caso más notorio es el de la parroquia San Francisco, donde la mitad de los niños en catequesis son venezolanos.

 

Pedimos ayuda para el coro y al domingo siguiente se presentaron dos matrimonios venezolanos. O sea, no son espectadores. Los uruguayos tenemos en cuanto a la fe un hábito de ser espectadores: me siento, escucho, me gusta,  no me gusta, sigo aquí o no sigo aquí, pero nos cuesta tomar esto como propio. Ellos lo toman como propio, es de ellos”, contó Cabral.

El otro punto que destaca el cura es la capacidad de resiliencia de esta población. Según dijo, la mayoría de los casos que conoce son de empresarios que “ahora reparten encomiendas en bicicleta” o de doctoras que “ahora hacen limpiezas”, pero asegura que a pesar del cambio siempre mantienen una sonrisa.

“Eso es lo lindo, lo que contagia. Gente que, a pesar de lo que vive, está alegre. Yo me quejo que demoro 40 minutos en llegar a Tres Cruces en el ómnibus, ellos dicen ‘ustedes no saben el sistema de transporte público que tienen’. Esas cosas te hacen pensar y te hacen rever cuántas cosas buenas tenemos”, dijo.

Gómez, Genta y Cabral planifican el proyecto y hablan sobre él con mucho entusiasmo. Porque, como les gusta repetir, “no se trata solo de migrantes, sino de vencer miedos instalados”.

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