Estilo de vida > Historia

Un viaje al pasado en una foto y el homenaje al viejo Humberto

El reencuentro con un álbum familiar disparó recuerdos de tardes de mandarinas al sol por los caminos rurales de Lavalleja 

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17 de mayo de 2020 a las 05:00

Mi padre siempre quiso ser cirujano, pero a mí nunca me cerró mucho eso. Yo siempre lo vi más como un tipo que era feliz en el campo. Qué lástima que no se lo pregunté. Los personajes que él idolatraba rara vez iban a un hospital. El viejo Humberto era uno. Era un hombre bárbaro, de esos que demuestran el cariño con abrazos fuertes. Yo iba preparado a saludarlo, porque sabía que venía el apretón. Siempre decía que nadie con un pedacito de tierra podía pasar hambre. Vivía en un campo rodeado de sierras en Lavalleja y fue vecino de mi padre en los tiempos en que criaba gallinas. 

El viejo Humberto era flaco, huesudo, bien paisano. Yo de niño lo miraba y pensaba: Artigas debe haber sido medio así. En su rancho comí las mejores costillas a la plancha de mi vida. El viejo acomodaba con cuidado la leña para calentar la cocina económica y papá las hacía en un ratito. Vuelta y vuelta. La carne bien jugosa, como Dios manda. Y abundante galleta de campaña. A veces había ensalada de lechuga y tomate y mi hermano y yo mojábamos el pan en el juguito.

Un día estábamos en lo del viejo Humberto y papá me apartó. Me pidió que observara que el rancho era humilde, de piso de barro, pero que estaba barrido a la perfección. Me miró a los ojos mientras me tomaba el hombro y me dijo que ese viejo era un ejemplo de vida, que él lo admiraba y que le había enseñado mucho. Después se dio media vuelta y retomó la charla. Yo me quedé pensando. 

El viejo Humberto jugaba bien al truco. Y era obvio, viejo mentiroso. Un día le llevamos de regalo un paquete de cartas. Empezó a jugar y terminó humillado. “Che, está frío pa’ dormir afuera”, le decían. Esa tarde perdió más partidos de truco de los que su orgullo le tenía permitido. Se paró, abrió la tapa de la cocina económica y las cartas avivaron el fuego. 

Íbamos al cumpleaños de Humberto cada julio comiendo mandarinas bajo el sol del invierno. Se juntaban todos los paisanos de la zona. A mí me encantaba. Mi hermano se lucía gracias a sus conocimientos sobre caza y pesca. Pasaba los alambrados como quien nació en el campo. Yo, que siempre me llevé mejor con libros que con hondas y chumberas, lo seguía, y lo admiraba. Cada tanto, se detenía y me enseñaba el nombre de los pájaros. 

En uno de los cumpleaños de Humberto conocí a un paisano de esos que hacen chistes todo el tiempo. Un niño de la zona, de boina y bombacha de gaucho, observaba en silencio la partida de truco hasta que el veterano se dio vuelta y le preguntó: 

—¿Usted va a la escuela?
—Sí.
—¿Y aprende algo? 
—Sí. 
—¿Ya sabe leer? 
—Sí.
—Ponga vino.

Todos rieron a carcajadas. A mi padre le encantó el chiste. El niño obedeció. 

A veces pasábamos sin avisar por lo de Humberto. Tocábamos bocina y un rato después aparecía con su andar lento y la desconfianza de quien no espera visitas. El gesto adusto, malazo. Pero apenas se daba cuenta de quiénes éramos, se sacaba la boina, sonreía con ganas y decía: “Peeee, Juan Carlos”. Siempre nombraba primero a mi padre. Y nos abrazaba y calentaba agua para un mate nuevo. 

Un día yo no fui. A mi padre, al petiso Hernández y a mi hermano les extrañó ver la portera con candados. Se aburrieron de tocar bocina hasta que saltaron el alambrado y encontraron la puerta de chapa cerrada. Unos vecinos les dijeron que al viejo Humberto lo habían llevado a una casa de salud en Minas. Manejaron a la ciudad y de camino al centro lo vieron, sentado en la vereda. Estaba muy enfermo, ya no hablaba pero sus ojos se le llenaron de lágrimas cuando mi padre le agarró la mano. 

El último día que lo vi, el viejo se la pasó echando a las gallinas de la puerta del rancho y contando chistes verdes con la inocencia de un niño. Yo quería escribir una columna, pero me salió una carta de despedida. A Humberto Rodríguez.

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