4 de mayo de 2012 18:48 hs

Decían (y dicen) las normas implícitas del periodismo que un periodista no debe usar la primera persona, que debe mantener la distancia con respecto a los hechos que describe y, sobre todo, debe decir la verdad.

La primera oración del artículo que Hunter S. Thomspon escribió en 1970 acerca del Kentucky Derby arranca en primera persona, relata una situación (supuestamente) ajena al tema del artículo en cuestión y en los párrafos siguientes el periodista, que sigue usando la primera persona miente para crear.

El artículo en cuestión, titulado The Kentucky Derby is depraved and decadent (“El Kentucky Derby es depravado y decadente”) se publicó en la revista mensual Scalan’s en junio de 1970 y movió el piso de toda una generación de periodistas que querían revelarse ante las normas impuestas desde las redacciones.

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Esta desfachatez periodística dio nacimiento al llamado “periodismo gonzo”, extraña definición extraída del lunfardo irlandés que significaría el cuento que cuenta el último que queda parado en una borrachera.

Es cierto que hubo precedentes. El artículo de Thompson no se hubiera escrito sin Truman Capote, sin el gran Tom Wolfe, sin el puñado de escritores que trabajaban para la revista Esquire, sin los propios artículos de Thompson sobre los motoqueros Hell’s Angels.

Pero la pieza publicada en la ignota Scanlan’s (ver recuadro) marcaría un antes y un después en la forma de narrar hechos periodísticos y de escribir crónicas, que muy poco tiempo después tomaría como bandera la revista de música Rolling Stone.

Más anécdota, menos evento
¿Cómo hubiese encarado un periodista convencional la cobertura de la carrera de Kentucky? Seguramente hubiera empezado con la información básica y objetiva en el primer párrafo. Y el lector se hubiese mojado el dedo y hubiese dado vuelta la página, ojeando la página siguiente.

¿Qué hizo Thompson? Lo empezó así: “Me bajé del avión cerca de medianoche y nadie habló mientras cruzaba el oscuro pasillo de la terminal. El aire estaba denso y caliente, como caminar dentro de vapor de baño. Dentro, la gente se abrazaba y se daba la mano... grandes sonrisas y gritos aquí y allá: ‘¡Por Dios! ¡Viejo bastardo! ¡Qué bueno verte, niño! Muy bueno... ¡y lo digo de verdad!”.

El uso de la subjetividad, los ojos del periodista como si fuera una cámara, pero una cámara que capta otras sensaciones y usa palabras en itálica para expresar matices de voz y de intención en los personajes, con claros fines literarios.

Tras cartón de esta escena inicial, un hombre que asiste al Kentucky Derby desde 1954 encara al periodista y lo invita a tomar un trago. Thompson pide una margarita y el hombre le dice que no haga eso, “como un marica”, y que pida un whisky, lo que Thompson acepta.

Luego el autor le miente al hombre al decirle que es fotógrafo de Playboy. El tipo del whisky le toma el pelo preguntándole si va a sacar fotos de yeguas desnudas, pero Thompson le dice que está allí para fotografiar la revuelta que iniciarán las Panteras Negras. La cara del otro se transforma y el miedo gana su voz.

Qué tendrá que ver todo esto con una carrera de caballos, podrá preguntar un burrero, pero la fuerza y el dramatismo del relato, más la descripción “en vivo” de la enorme multitud que cada año colma las gradas de Churchill Downs para ver lo que algunos han definido como “los dos minutos más excitantes del deporte”, hacen que el artículo sea mucho más que un simple reporte de la realidad. Thompson la deforma, claro está, la bate, la decora y la sirve para el lector en ese plato de papel y tinta que es la página, con un talento visceral para narrar una anécdota que es propia, llena de alcohol y drogas, puras impresiones de un yo regurgitado.

La presentación de la crónica valió, además, por los dibujos del inglés Ralph Steadman, que viajó desde su país hasta el corazón de los Estados Unidos para graficar con sus lapiceras y sus pinceles la fiesta de los caballos (ver imagen superior). Este fue el primer trabajo de colaboración de ambos, que luego continuaría en la Rolling Stone.

A Thompson no le importaron las alternativas de la carrera, o que el ganador hubiera sido un caballo llamado Dust Commander. El tipo decidió captar la decadencia y la perversión del contexto, de la que no pudo desamalgamarse, porque su crónica también es decadente y pervertida. La diferencia es que él fue capaz de ponerlo todo por escrito, con un pulso y una riqueza de lenguaje que todavía electrizan.

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