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Una encrucijada

Los países de América Latina deben caminar entre dos gigantes en pugna -Washington y Pekín- que trasladan su guerra comercial a la región 

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15 de diciembre de 2018 a las 05:03

Si a principios de año hablábamos de América Latina como “la última frontera” en la guerra comercial entre Estados Unidos y China, hoy la región se ha convertido en su principal teatro de operaciones.  

Puede parecer paradójico porque fue acá nomás, cruzando el charco, que hace unos días el presidente Donald Trump y su par chino Xi Jinping firmaron durante la cumbre del G-20 un acuerdo para suspender la escalada de aranceles que se venían propinando desde mediados de año. Pero desde un principio quedó claro que ninguno de los dos quería aguarle la fiesta a un debilitado Mauricio Macri, y que aquello había sido apenas un cese el fuego, de ningún modo el fin de las hostilidades.

De hecho el acuerdo vino después de que Macri quedara en una posición harto incómoda y peligrosa, como un chiquito endeble en medio de una pelea entre dos gigantes.Tras la reunión bilateral que Trump y Macri sostuvieron en la Casa Rosada, la vocera de la Casa Blanca, Sarah Sanders, anunció en un comunicado de prensa que ambos mandatarios habían hablado, entre otras cosas, “de las políticas depredadoras de China” en la región. Eso motivó un desmentido inmediato del canciller argentino, Jorge Faurie, quien se apresuró a negar que el tema de China se hubiese tratado en las conversaciones.

Y es que Argentina es como el epicentro en esa disputa entre las dos potencias por la influencia sobre América Latina, y Macri no puede quedar mal con ninguno de los dos. Por un lado le debe a Trump el rescate del FMI que a fines de agosto lo sacó del atolladero cambiario, y es lo que hoy mantiene a la economía argentina a flote. Y por el otro, China es el segundo socio comercial de Argentina, con la que además acaba de firmar un plan de cooperación por cinco años. Aunque para no incordiar a Trump, Macri desistió de integrar la iniciativa de expansión china conocida como “Ruta y la Franja de la seda”, lanzada por Xi en 2013 y con la que ha invertido billones de dólares en todo el mundo.

Pero si es delgada la línea que Argentina debe caminar entre estos dos mastodontes en pugna, no lo es menos para el resto de los países de la región. China es hoy el principal socio comercial de Brasil, Chile, Perú y Uruguay, y el segundo de varios latinoamericanos más, además de tener en vigor tratados de libre comercio con Chile, Costa Rica y Perú. Por si esto fuera poco, mientras muchos de estos países tienen superávits comerciales de varios miles de millones de dólares con China, arrastran déficits persistentes en la balanza comercial con Estados Unidos. 

China es hoy el principal socio comercial de Brasil, Chile, Perú y Uruguay, y el segundo de varios latinoamericanos más, además de tener en vigor tratados de libre comercio con Chile, Costa Rica y Perú

De continuar Trump con la presión de disputarle a China metro a metro su “poder blando” en esta parte del mundo, y Xi devolviendo cada mandoble como hemos visto hasta ahora, algunos gobiernos latinoamericanos podrían quedar atrapados en la refriega. Washington busca apoyarse en el del brasileño Jair Bolsonaro, que asume el próximo 1° de enero,  y en el del colombiano Iván Duque, que son los que a buen seguro más le van a responder a Trump en su intento por volver a inclinar el equilibrio de poderes en la región, sea por afinidad ideológica, en el caso de Bolsonaro, o por estrechos lazos económico-comerciales, en el de Duque. Los demás países no está muy claro cómo habrán de navegar esas aguas, ni qué es exactamente lo que les espera.  

Aunque una muestra de lo que podría ser no fue lo que se vio en el G-20, sino en sus contornos diplomáticos. En vísperas de la cumbre en Buenos Aires, el Consejero de Seguridad Nacional de Estados Unidos, John Bolton, se reunió en Río con Bolsonaro, quien prometió su respaldo a la estrategia de Washington en contra de China, por lo que el brasileño considera —haciéndose eco del discurso estadounidense— “políticas depredadoras”  que atentan contra “sectores estratégicos de la economía brasileña”. También hablaron de un tema particularmente dilecto, tanto de Bolsonaro como del establishment de la política exterior de Washington: el apoyo a Taiwán, que el brasileño visitó en febrero y adonde volverá a viajar el próximo marzo, ya como presidente. Algo que Pekín toma rigurosamente como un agravio, dado que considera a Taiwan una provincia china y lleva décadas en una exitosa ofensiva diplomática por aislarlo y que los demás países no lo reconozcan como estado independiente.

No deja de sorprender un poco la determinación de Bolsonaro en ese sentido, teniendo en cuenta que el país que en unos días va a gobernar tiene actualmente un superávit comercial de US$ 20 mil millones con China. Y aunque algunos en Brasil especulan con que una vez en el Planalto su ministro de Economía, Paulo Guedes, logre persuadirlo de suavizar la línea con Pekín, para el ex militar parece ser una convicción muy arraigada; y hasta ahora no se lo ve muy proclive a cambiar de opinión.

Por su parte Xi, de Buenos Aires voló directo a Panamá, para hacer una visita de estado a su nuevo socio centroamericano, el presidente Juan Carlos Varela, con quien también firmó una docena de acuerdos de cooperación para terminar de cerrar la pinza del poder chino en América Central. En los últimos meses el presidente chino logró convencer a Varela de que Panamá rompiera relaciones con Taipei, y lo propio hizo poco después con los gobiernos de República Dominicana y El Salvador. Los tres países retiraron su reconocimiento a Taiwan sin notificar a Washington, algo impensable hasta hace muy poco para este histórico tridente de mejores amigos de Estados Unidos en la región. 

De modo que aun inmediatamente después de la cumbre, Trump tuvo que contemplar de brazos cruzados cómo su bestia parda “le usaba la ropa” (como se dice coloquialmente en círculos diplomáticos) en su propia zona de influencia. Y es que en la diplomacia de hoy, los intereses modifican las amistades a una velocidad de vértigo.  

Washington busca apoyarse en el futuro gobierno de Jair Bolsonaro, que asume el próximo 1° de enero,  y en el del colombiano Iván Duque, que son los que a buen seguro más le van a responder a Trump en su intento por volver a inclinar el equilibrio de poderes en la región 

¿Cuál fue entonces la respuesta de Washington? Una que solo se les puede ocurrir a los halcones que hoy conducen su política exterior: patear el tablero, pedirle a Canadá la detención de la CFO de Huawei, Meng Wanzhou, hoy bajo fianza en Vancouver aguardando audiencia de extradición a los Estados Unidos. Con ello han armado un lío fenomenal con los chinos, que están de punta con el tema; y de paso metieron a Canadá en el embrollo. El problema con esas tácticas temerarias es que las más de las veces se terminan convirtiendo en un búmeran envenenado. Y es muy probable que Trump se vea ahora obligado a dar marcha atrás.

Hechas las sumas y las restas, poco es lo que ha logrado hasta ahora con su guerra comercial, y menos aun para recuperarle a China algo de terreno en esta parte del mundo. Y es que fueron muchos años que mientras Estados Unidos estaba distraído luchando contra el terrorismo y haciendo la guerra en Medio Oriente, China expandía su poder por el mundo. Y América Latina —por su condición estratégica, por las características de sus economías y el advenimiento a principios de la década pasada de gobiernos amigables para el gigante asiático— fue como un paseo en el parque para los chinos. Pelearles ahora esa influencia no parece tarea sencilla, ni siquiera para Estados Unidos.  

El gobierno de Barack Obama lo intentó sin ninguna suerte. Hasta que se le ocurrió instrumentar la Alianza del Pacífico (TPP), pero ya muy tarde en su segundo mandato; y tampoco era garantía, ni mucho menos, de que con ello fuera a frenar el avance de China. 

Trump retiró a Estados Unidos del tratado ni bien llegó a la Casa Blanca. Y el pasado febrero despachó a su entonces secretario de Estado, Rex Tillerson, a América Latina con una desempolvada Doctrina Monroe bajo el brazo. Pero Tillerson volvió a Washington con las manos vacías. Peor aun, con un importante mensaje de los gobiernos de la región: no estaban dispuestos a sacrificar su relación con China en el altar de una renovada hegemonía de Washington.

Decepcionado con los resultados de su canciller, Trump decidió entonces escuchar a los neoconservadores de Washington, que le sugirieron un enroque: despedir a Tillerson y pasar al entonces director de la CIA, Mike Pompeo, al Departamento de Estado, en tándem con Bolton al frente del Consejo de Seguridad Nacional, un veterano halcón con vasta experiencia en América Latina para compensar por las enormes lagunas de Pompeo sobre la región.

Estos son ahora los dos encargados de llevar adelante la nueva Doctrina Monroe. Es posible que con Bolsonaro e Iván Duque de aliados, puedan abrirle algunas brechas al poder de China en la región. Pero volver a los viejos tiempos de Washington como el patrón de la cuadra no se ve muy probable. Aunque con estas tácticas que acabamos de ver en Vancouver, sí puede que se avecinen tiempos no exentos de algunas turbulencias.  

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