24 de febrero 2012 - 19:52hs

Existen en Estados Unidos ahora mismo dos dúos en los que la mujer tiene una predominancia especial y una personalidad por lo menos inquietante. La verticalidad y oscuridad en vivo del dúo electrónico Crystal Castles (en realidad, canadienses), que coquetea tanto con el pop sintético como con otros sonidos más corrosivos y caóticos, está apoyado en Alice Glass, una atribulada figura que parece balbucear o gritar difuminada por distintos pedales de voz que la convierten en un instrumento o sample más, mientras detrás suyo la electrónica de ritmo bien bailable mantiene el pulso. Por momentos, parece que Glass se va a morir o que va a matar a alguien.

Se podría decir que cerca en cuanto a propuesta estética –aunque alguien diría que en cuanto al aspecto Sleigh Bells es a Crystal Castles lo que un personaje de Glee a Ozzy Osbourne–, pero desde un costado distinto y más grandilocuente, el dúo Sleigh Bells maneja la visceralidad desde un costado más cercano a AC / DC, o más bien, al rock de guitarras más tradicional.

No por esto la propuesta de Sleigh Bells es convencional. De hecho Treats, su primer disco, editado hace apenas un par de años, parecía un ruidoso manifiesto contra los oídos que prefieren la música bien alta. Algunos pedazos de canciones de ese primer trabajo rechinan al oído incluso a volúmenes bajos, como si hubiera un chiste implícito a la embestida de rock ruidoso o noise que ha habido en el último tiempo. Sleigh Bells parecía decir con sus bombásticos y taladrantes riffs y las vocales de Alexis Krauss (una cantante adolescente que mutó a una especie de frontwoman casi punk), que el pop ruidoso puede llegar a ciertos niveles de confort auditivo sin necesidad de perder su actitud.

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La música de Sleigh Bells es una entidad diferente y llamativa. De alguna manera, ese pop rock por momentos irritante, por momentos indudablemente radial, los ha convertido en referencia dentro de la escena musical neoyorquina. Reign of terror, su nuevo disco, es con seguridad (y al igual que lo que suceda con el nuevo trabajo de Crystal Castles, que en algún momento saldrá) el que dará la medida de si son un grupo a considerar o un fenómeno del momento.

Aunque por momentos repetitivo, su encare del rock ruidoso, entre baterías electrónicas que a veces suenan como lanzamisiles y guitarras como motosierras con gusto a rock de estadios.

El disco comienza con una falsa recreación de concierto en vivo en la que el dúo ataca directo, simple y al mentón con otra andanada de riffs y la voz de Krauss por todo lo alto. A pesar de la atmósfera ficticia, lo dicho anteriormente explica un poco el recurso: la música de Sleigh Bells remite todo el tiempo a la imagen del guitar hero de alcance masivo, plantado sobre el escenario frente a una audiencia multitudinaria, algo completamente distinto a lo de Crystal Castles que bien podrían funcionar en una fiesta de apartamento.

No todo es de un solo color. Las letras del disco, algo a lo que se le presta atención al final de todo, se meten con las tendencias suicidas y con varias historias de perdedores. Algo que tampoco es tan extraño: la naturaleza del grupo en este disco es esencialmente bipolar, como lo es la voz de esa cantante que por momentos parece cantar como una porrista universitaria, y que se roba los créditos de un trabajo que propone darle un pequeño giro a la contundencia de la música fabricada para sentirse de frente al escenario.

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