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Una puerta, un imperio: ¿Hay que tolerar el error?

Una anécdota del siglo XV que expone un error y sus consecuencias nos permite reflexionar, con validez actual, sobre la tolerancia de las equivocaciones y sus derivaciones

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29 de mayo de 2019 a las 05:02

Por Pablo Regent
Decano del IEEM

Constantino estaba exhausto, pero se mantenía optimista. Sabía que los dos meses de combate en las murallas estaban agotando a sus tropas, pero también entendía que el ejército de su enemigo, diez veces mayor, no podría mantener el asedio en forma ininterrumpida. La gran cantidad de bajas que las tropas del sultán Mehmed II acumulaban un día sí y otro también había llevado a que entre los comandantes otomanos comenzaran murmuraciones acerca de la eficiencia de su líder supremo. Si lograba aguantar un tiempo más, Mehmed se retiraría y la ciudad volvería a estar a salvo.

En su tienda, frente al lado norte de las murallas, Mehmed se dio cuenta de que debía intentar un ataque decisivo. El tiempo se le acababa. 
Afortunadamente, demasiado en realidad, el 27 de mayo comunicó a los suyos haber tenido un sueño en el cual había visto que el día 29 sería una jornada nefasta para los sitiados. Luego de hacer descansar a sus tropas la jornada del 28, el 29 desencadenó un ataque con todo lo que tenía. Lamentablemente para sus intereses las cosas no funcionaban como él esperaba. 

En cada una de las murallas los bizantinos rechazaban a sus jenízaros. Para peor, al emperador Constantino no se le ocurría mejor idea que luchar en el centro de la muralla animando así a sus huestes. 

La jornada transcurría y la ciudad no caía. Los bizantinos se entusiasmaban con que otra vez más triunfarían, pese a sus infortunios y sufrimientos. Los soldados se animaban viendo a su jefe combatir con bravura e inteligencia. 

En eso estaban cuando alguien en la muralla observó algo extraño. A su espalda, dentro del recinto de la ciudadela, se veían soldados, no muchos, que portaban unos estandartes que se parecían demasiado a los de los enemigos. Más bien, concluyeron los soldados bizantinos, que cada vez en más número observaban con curiosidad, no es que se parecieran, sino que eran banderas otomanas. 

No hace falta explicar que el pánico tardó segundos en generalizarse. Mientras algunos atacaban a los enemigos que estaban dentro de la muralla, otros huían despavoridos pues el boca a boca iba exagerando el número de infiltrados. 

Para el fin de la jornada, el emperador cristiano Constantino XI, último que gobernaría en Constantinopla, había muerto combatiendo y lo que quedaba de su ejército se rendía en el intento de no ser masacrado.

Horas más tarde, Mehmed II entraba triunfante en la monumental basílica de Santa Sofía, ordenando convertirla en una gran mezquita. 
Mehmed estaba inmensamente feliz. Todos lo alababan y felicitaban. Sin perder la sonrisa, en su fuero íntimo el sultán no podía dejar de agradecer al soldado u oficial bizantino que dejó la puerta Kerkoporta abierta. 

Por pura casualidad, un grupo de sus guerreros la había encontrado sin tranca y, sin dudarlo, habían ingresado sigilosamente. Ver a los enemigos adentro de la ciudad, sumado a la confusión y a la falta de decisión, en minutos había causado un pánico tan general que toda la defensa se vino abajo. 

Al final, reflexionó Mehmed, quizá su sueño realmente había sido premonitorio. 

La caída de Constantinopla en 1453 puede verse como algo inevitable. La ciudad y el imperio eran cada día más débiles y sus enemigos se fortalecían año a año. 

Sin embargo, tal situación se venía viviendo desde mucho tiempo atrás y nada aseguraba que, con los vaivenes de la política internacional o de alianzas, no hubiera podido seguir así otro siglo más. 

Pero una puerta mal cerrada determinó que cayera, con enormes consecuencias: fin del imperio romano de Oriente, cierre de las rutas comerciales a China y Lejano Oriente, fortalecimiento del poder musulmán en el mediterráneo y, como corolario, el descubrimiento de América queriendo encontrar un camino alternativo.

Reflexiones

“Errar es humano, perdonar es divino”, dice el refrán. ¿Hay que perdonar el error?  Todos nos equivocamos, así que mejor perdonemos para poder reclamar que nos perdonen a nosotros cuando nos toque. 

Dejemos el verbo perdonar y pasemos a tolerar. Ya es algo diferente. ¿Hay que tolerar los errores?, ¿algunos?, ¿cuáles?
Dejar la puerta mal cerrada en las murallas fue un error. ¿Un error pequeño o un error grande? Pequeño deberíamos responder si reconocemos que en nuestra vida alguna vez hemos dejado una puerta sin cerrar. Enorme, si lo medimos por sus consecuencias. 
Por lo tanto, un error sería grande o pequeño no tanto debido a la sencillez o trivialidad con que lo cometemos, como a las consecuencias que se derivan de él. 

De aquí podemos avanzar a considerar que no existen los errores pequeños, al menos a priori. Dado que solo a posteriori podemos conocer sus consecuencias, solo en tal momento podremos juzgar si el error fue “importante”. Como final de todo este trabalenguas, quizá lo más recomendable es asumir que no hay error poco relevante. 

Las grandes desgracias, cuando las analizamos, muestran que las causas estuvieron en errores tan nimios, que de no haber sucedido nada, ni siquiera hubieran sido tenidos en cuenta. Una sana actitud de “abominación” del error, que algunos le pueden llamar buscar la excelencia, pero que nada tiene que ver con ella, es lo más recomendable para ahorrarse las amarguras que las desgracias conllevan.

Seguro que Constantino XI, desde donde sea que esté ahora, y si tuviera la oportunidad, nos diría que tantos actos heroicos y arrojados a lo largo de sesenta días, todos ellos exitosos, fueron compensados para mal por un “gol en contra” tan tonto como dejar una puerta mal cerrada. 

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