Estilo de vida > Los nuevos en el tránsito

Una tarde de velocidad a bordo de un monopatín, el vehículo del momento

Todo lo que sucedió en una recorrida por el centro a bordo de uno de estos vehículos eléctricos que ya están por todos lados

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20 de febrero de 2019 a las 05:03

“Romper las bolas, eso hacen”. La respuesta es seca y categórica. Razonable, de todas maneras. Inapelable. Hago una mueca cómplice y lanzo un comentario hipócrita. Miro por la ventana. Mi pregunta, en principio, no auguraba ninguna radicalización semejante a la que ocasionó; a lo sumo tantear el terreno, ver qué tal esta cosa nueva que está pasando. Pero así fue; un estallido contenido en el asiento delantero del auto. Y la pregunta que lo desató fue: “¿Y que tal los monopatines estos en el tránsito?”. 

Según él, entonces, molestan. Está claro por su reacción que el disruptor fue demasiado abrupto para los cánones del tránsito montevideano. Los nuevos monopatines de Grin –la empresa mexicana recientemente instalada en Uruguay y que gestiona la uruguaya Mono– son un fenómeno lo suficientemente masivo y espontáneo como para que ese chofer de Easy/Uber con varias horas de manejo encima, se ofusque así. Es de suponer que cualquiera en su situación –metido en el tránsito increíblemente caótico de Montevideo durante horas, puteando a diestra y siniestra una cuadra sí y la otra también– lo haga. Es lógico. Pero la culpa no es de los monopatines, sino del conjunto. ¿O es al revés? No está claro. 

Sí está claro, en cambio, que hasta hace un rato quien ahora escribe –y antes se sentaba al lado del alterado chofer– manejaba uno de estos nuevos vehículos eléctricos pintados de verde e impulsados por el uso compartido por las calles de la ciudad. En ese momento, el monopatín levantó 33 kilómetros por hora cuesta abajo por la calle Charrúa. Lo marcó el tablero electrónico, aunque aceleran hasta 25. Treinta y tres kilómetros por hora es bastante.

Más allá de esta anécdota, el monopatín eléctrico de Grin ha sido el gran protagonista vial en los últimos días montevideanos. Testimonios que lo demuestren hay muchos, pero a continuación se seleccionan dos que se escucharon en la redacción de este medio. 

Primer testimonio:

Hombre de 43 años junto a su pareja de, más o menos, la misma edad (o menos). Lugar de descubrimiento: la rambla, mientras tomaban mate el sábado de tarde. ¿Impulso automático de ir tras uno de ellos? No. Se fueron a dormir la siesta, pero la curiosidad picó y volvieron y se bajaron la app en cada celular. ¿Conformes con su uso? Sí, pero con diferencias. La mujer no pudo instalar la aplicación y tuvieron que recorrer varias cuadras hasta encontrar uno disponible. Se cansaron. Pero se divirtieron. ¿La mejor frase del testimonio? “Es divertido, pero un poco caro. En la rambla está bueno. Ahora, en la calle va a ser divertido hasta que se mate a alguno”.

Segundo testimonio:

Mujer de 25 años junto a su pareja de, más o menos, la misma edad (o más). Lugar de descubrimiento: Pocitos/Cordón, sitios varios. ¿Impulso automático de ir tras uno de ellos? Sí. Pero no encontraron. Caminaron un montón hasta que, milagrosamente, hallaron dos libres. ¿Conformes con su uso? Sí, pero tuvieron el mismo problema que está teniendo la mayoría de los que intenta usarlos: casi todos los que encuentran están sin batería después del mediodía, más aún un sábado. ¿La mejor frase del testimonio? “Nos sentimos como si estuviéramos buscando pokemones por la ciudad con el celular”. Nota de color: en Ciudad Vieja tuvieron que disputar el uso de dos monopatines con un grupo de mozos de un restaurante que pretendía restringirlos todo el día para su labor (cosa que no se puede, a menos que pagues todo el día, claro).

Ahora bien, hay un concepto que podría definir la doble experiencia que se acaba de contar y es el de los sentimientos encontrados. En primer lugar, se despierta la curiosidad. Uno divisa uno de esos nuevos monopatines y quiere probarlo. Encima, la descarga de la app viene con viaje gratis de 10 minutos. La novedad es poderosa y en Montevideo se expande rápido. El pasado sábado, el mismo día en que estas cuatro personas probaron Grin, la rambla pululaba de gente experimentando con el vehículo.

Pero después de la curiosidad, aparece el desconocimiento y el descuido. Surgen personas que no entienden su carácter compartido, usuarios que transitan de manera inadecuada por las calles más caóticas de la ciudad, gente que se ofusca porque no puede desbloquearlo o lo encuentra sin autonomía. También, hay confusión en cuanto a la hora de soltarlo; sí, se puede dejar en cualquier lugar dentro del área permitida, pero la idea es que se devuelvan en los más de 600 puntos Grin que hay en la ciudad.

El resquemor también aparece con el precio: para destrabarlo son $19, después, $4 por minuto. Como dijo uno de los usuarios consultados “Para pasear los domingos está buenísimo. Ahora, para usarlo todos los días, lo pienso”. También por algunos fallos de su app, todavía a prueba –a veces es complicado terminar el viaje, por ejemplo–.

Montevideo en monopatín

La experiencia personal de quien escribe fue de buena para arriba. El primer acercamiento fue un intento semi exitoso en la rambla el sábado. Tras varias búsquedas frustradas –hay veces que el mapa marca que hay un monopatín pero uno llega y no hay nada–, apareció uno con carga que permitió un trayecto estimulante por Punta Carretas entre transeúntes curiosos y ciclistas ofuscados que reclamaban su espacio en la ciclovía.

Pero el lunes fue distinto, porque la prueba fue en la calle de verdad, la que aguanta el tránsito pesado de la semana. El punto de inicio fue Avenida Brasil y Libertad; el destino, Maldonado y Yaro. 

Mientras el monopatín corría por Av. Brasil, fue un paseo. Es una calle amplia, lisa, poco transitada a las 2 de la tarde de un lunes. Se podía ir a buena velocidad. Los problemas –bah, las incomodidades– surgieron en Charrúa, Canelones y calles aledañas. Allí, el monopatín debió padecer algunos “finitos” de autos desacostumbrados a compartir calle y responder con desentendimiento algunas pocas advertencias molestas de determinados conductores. Quizás del chofer que luego me trasladaría. En resumen: fue un viaje bastante apacible, con unos pocos baches en el camino.

Tras el pequeño viaje, queda la duda de si Montevideo –el Montevideo céntrico, el de los días de semana a horario laboral, no el de los parques y la rambla los domingos– está preparada para recibir 200 monopatines eléctricos que alcanzan buenas velocidades. Hasta ahora los roces han sido solo verbales, producto del asombro y la falta de costumbre. Pero cuesta creer que se mantendrá así. Lo mismo piensan los socios propietarios de Grin, que incentivan el uso de casco, las velocidades bajas y la circulación por ciclovías. 

Más allá de los pequeños contratiempos que se generan, la prueba concluye de forma exitosa y con la adrenalina lo suficientemente alta como para seguir reincidiendo en su uso. El aire libre, la velocidad y el viento en la cara colaboran para que el trayecto en Grin sea satisfactorio. Sí, el saldo económico no fue el mejor: el viaje salió $87. Supongo que por esa misma cuestión varios seguiremos subiendo al ómnibus para ir de una punta de la ciudad a la otra, pero aún así, el monopatín es una opción. Polémica y un poco cara, sí, pero bastante divertida.

A tener en cuenta para usar Grin
  • Hay que bajarse la app, que tiene algunos fallos a corregir.
  • Es para mayores de 18 años. Lo ideal es utilizar casco para andar en ellos.
  • Los monopatines que se encuentran por la calle no siempre tienen carga. Tienen una autonomía de 22 kilómetros.
  • Solo pueden dejarse en determinadas zonas de la ciudad (Av. Italia al sur, Ciudad Vieja, Centro y Aguada Park) y lo ideal es dejarlos en las estaciones Grin
  • El costo por desbloquearlo es de $19 y sale $4 el minuto de uso.
     
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