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29 de enero 2022 - 5:01hs

Una mujer denunció que fue violada por dos hombres. En una noche calurosa de fin de semana fue a un boliche del Cordón y decidió mantener relaciones sexuales con un hombre que conoció allí. Mientras estaba en un apartamento con él, otros dos la violaron. La mujer de 30 años denunció el crimen en el lugar donde había sido cometido. Fue atendida por médicos que constataron la violación y se tomaron muestras de ADN para identificar a las personas que la violentaron. Todo este horror sucedió hace una semana. Todavía no hay novedades judiciales sobre si los acusados, que se negaron a dar muestras de ADN, son efectivamente culpables y por eso están en libertad, a disposición de la Justicia.

Lo que pasó apenas se conoció la noticia fue una explosión de sentimientos –miedo, rabia, indignación– que se tradujo en reclamos pero también en expresiones que suman a la hoguera de la violencia: críticas –veladas y de las otras– a la mujer que se fue con el hombre del boliche, consejos no solicitados sobre cómo debe “cuidarse” una mujer en el Uruguay de 2022 e incluso repaso de cuentas sobre la LUC, una discusión hacia el 27 de marzo que incluso se cuela en las vetas de las situaciones más traumáticas que puede sufrir una persona.

Lo que dejó al descubierto este hecho bestial es algo que ya sabíamos, pero que casi siempre barremos abajo de la alfombra porque es más fácil no recordar a cada paso que los casos de violación y abuso sexual abundan y que el sistema judicial no da abasto para atender en tiempo y forma los que se denuncian, muchos menos de los que ocurren.

En cuatro años Uruguay pasó de tener dos fiscalías especializadas en Delitos Sexuales a tener ocho. De las 16 mil personas que la Unidad de Víctimas ha atendido desde su creación, 60% sufrieron delitos sexuales, informó Búsqueda esta semana a partir de un reporte de la Fiscalía General de la Nación que contesta un pedido de informes de la Intersocial Feminista. “En delitos sexuales a mí ya nada me asombra ni me llama la atención”, dijo la fiscal Sylvia Lovesio, a cargo de este caso, al programa Doble click de FM Del Sol; “La realidad supera ampliamente a la ficción”, agregó y aseguró que el aumento de este tipo de delitos es significativo.

Dos de cada tres casos que atendió en 2021 el Consultorio Jurídico Penal de la Facultad de Derecho de la Universidad de la República fueron por abuso sexual o por violencia de género. Actualmente tiene en carpeta 150 casos en estudio. El consultorio asesora y ayuda a personas sin los recursos económicos suficientes para contratar a un abogado particular. 

La indignación por la violación grupal se multiplicó cuando se supo que la Justicia no tenía forma de mantener encarcelados a los sospechosos más de las 48 horas legales, sin que mediara el fallo de un juez, porque faltaban pruebas. Además, quedó en evidencia nuevamente el desborde del sistema, en el que una fiscal como la que lleva este caso tiene otros 800 en carpeta.

Todavía no sabemos qué sucederá en este caso pero el hecho de que la mujer haya denunciado inmediatamente es un punto a favor en la investigación, aunque no es lo que suele ocurrir. No es fácil para una persona violentada en su intimidad más dolorosa tomar la decisión de exponer su situación ante la Justicia, y de esta manera, ante la opinión pública. Como pasó en otros casos, de nuevo no son pocos los uruguayos que consideran que “de alguna manera” ella tuvo cuota de culpa de lo que le sucedió porque decidió irse del boliche con un desconocido. Ni son pocos los que deciden dar consejos de cómo debe vestirse una mujer o qué comportamiento debe tener para evitar “males mayores”.

Expertos y organismos internacionales que trabajan sobre el tema y apuntan a educar para evitar estos hechos aberrantes y para cambiar percepciones añejas sobre los roles de género, señalan que la violación es una manifestación de poder y dominación que se relaciona estrechamente con una historia de siglos y siglos en que las mujeres estuvieron –y están en muchas partes del mundo y en muchas situaciones en este país también– supeditadas a las decisiones del género aún dominante.

A pesar de las campañas, de la educación en escuelas y liceos, del tema presente cada vez más en las mesas familiares, los casos de abuso sexual abundan y son muchos más que los que efectivamente se denuncian. Según el mismo informe de Fiscalía, en 2020 hubo 3.387 denuncias de agresiones sexuales, 11% más que en 2019, que incluyen violaciones pero también abuso, explotación o exhibiciones pornográficas. El 80% de las víctimas que denunciaron fueron mujeres y solo en el 13% de los casos hubo condenas. 

Es entendible que las personas violentadas sexualmente tengan miedo de denunciar por un sinfín de razones, incluyendo el escarnio público. ¿Quién no tendría dudas si de antemano sabemos que hay pocas chances de hacer justicia y muchas de terminar escuchando y leyendo que de alguna manera –¿de alguna manera?– te la buscaste? 

En un delito grupal como este “se anestesia la moral individual”, explicó al Informativo Sarandí Gustavo Álvarez, especialista en psicología criminal. La moral colectiva también tiene grandes islotes anestesiados por una historia persistente que sigue afirmando estereotipos que se atrincheran en las mentes de hombres y mujeres. Es en realidad una moralina que recurre a la excusa de que “hay que cuidarse como nos cuidaríamos todos” para señalar cómo debe cuidarse una mujer, lo que incluye su vestimenta y sus decisiones sexuales. Es una moralina que compara una violación grupal a un robo en un asentamiento si te paseás por ahí en un BMW (leído en redes, sic), o que aconseja no hacer “trompita” en Instagram porque vaya a saber qué impulsos primitivos despierta eso en personas que deciden abusar de otras. Parece que lo de las “trompitas” o la forma de vestir solo aplica para mujeres; todo indica que una eventual trompita de hombre no despierta los “impulsos irrefrenables” de una mujer.

“Casi siempre son tipos comunes y corrientes”, dijo a Búsqueda Darviña Viera, fiscal de Delitos Sexuales que estuvo a cargo de la investigación de la Operación Océano, un caso con más de 30 imputados por abuso sexual y promesa de retribución a menores de edad. 

Tal vez por eso mismo estos delitos nos ponen los pelos de punta: son tipos comunes y corrientes los que abusan de personas más débiles en un boliche, en un trabajo, en el grupo de amigos, en la propia casa en la que vive la víctima. ¿No es suficiente con esta vulnerabilidad constante? ¿Debemos además asistir a la discusión permanente de lo indiscutible?

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