Denis le tendió la mano y Alexander estrechó los dedos con fuerza, apoyó la cabeza en el pecho musculoso de su pareja y escuchó —como tantas veces lo había hecho con su estetoscopio de médico— cómo los latidos aumentaban su frecuencia: 80, 81, 82…
Pensó que era la señal del miedo, esa que había sentido en el cine de Moscú aquella tarde en la que, en la mitad de exhibición de Ford versus Ferrari, también le dio la mano a su novio y un señor le increpó: “¡Qué hacen estos gays aquí, váyanse!”.
Pero estos nuevos latidos eran diferentes, era el sonido de la libertad: 90, 91, 92…
La primavera no había llegado, pero en la rambla de Montevideo, a más de 13.000 kilómetros de Moscú, lejos de la guerra de Ucrania y de la familia que habían construido antes de “salir del closet” empezaba a florecer la nueva vida “en libertad” de Denis y Alexander.
—¿Por qué Uruguay?
—Es uno de los países más lejos del conflicto, con gente buena, con respeto a los derechos humanos y comida rica, que intenta abrirse al mundo…
Denis —46 años, cirujano de profesión y entrenador de fitness de dedicación, caravana en la oreja derecha y un español en vías de perfección— enumera las razones como quien repasa la lista de compras del supermercado. Pero, tras una pequeña pausa y un sorbo de café frío que le acerca por un instante a su clima nativo, reconoce: “El primer motivo por el que nos vinimos hace más de un año fue para vivir la vida sin el dedo acusador… para hacer nuestra revolución”.
En Uruguay no se consigue la nacionalidad por haber tenido hijos en el país, por lo cual no existe un “turismo de parto” como se le llamó al fenómeno de mujeres rusas embarazadas que iban a parir a Argentina. En Uruguay, los pasaportes dicen el país de nacimiento en el renglón de la nacionalidad, por lo cual los rusos no se evitan las visas pese a que viajen con ese documento oficial. Pero en Uruguay hay tres diferenciales que, según Denis y Alexander, explican el auge de la inmigración rusa: libertad, paz, y estabilidad política.
Durante el último año hubo más rusos solicitando la residencia uruguaya que en todo el decenio previo a la pandemia. Y entre los recién llegados hay muchos profesionales, muchas parejas del mismo sexo, o las dos cosas a la vez.
“Los rusos no saben mucho sobre Uruguay y sus oportunidades, sino que se van enterando por las redes sociales. Hay mucha gente fuera de Rusia desde febrero de 2022 —cuando inició la invasión a Ucrania— que busca un lugar seguro para quedarse a vivir durante largos años”, cuenta una de las gestoras que suele orientar con la documentación y las traducciones a muchos inmigrantes recientes, pero que prefirió el anonimato para preservar su labor.
Alexander no tenía la más remota idea de qué era Uruguay. Su intención —y la de su pareja— era irse a Alemania donde los médicos rusos contaban con una rápida inserción. Pero la guerra con Ucrania —y las sanciones a Rusia— complicaron la seguridad de esos programas, por lo que empezó a buscar en internet las condiciones de vida en Sudamérica.
“En YouTube vimos que Uruguay ofrecía buenas posibilidades y que era un país destacado en la protección de los derechos humanos”, dice Alexander en inglés mezcla con español, porque a diferencia de su pareja trabaja remoto como diseñador web hasta en tanto les revaliden los títulos universitarios.
Rusia figura entre los países más hostiles para la comunidad LGBTIQ. Como muestran los siguientes mapas de la Asociación Internacional de Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans e Intersex, es una zona del mundo en que las parejas del mismo sexo son discriminadas. Su status es más parecido a África que a Europa.
Cuando la guerra con Ucrania agitó el nacionalismo ruso, el presidente Vladimir Putin impulsó una ley que prohíbe la "propaganda de relaciones sexuales no tradicionales". Ni siquiera en la cosmopolita Moscú, a donde Alexander se fue a vivir cuando Denis lo enamoró en San Petersburgo, se permiten los besos entre hombres, los boliches para el levante entre el mismo sexo o las apps de citas.
"Parece cuando la Unión Soviética quería 'curar' a los homosexuales con terapia de conversión", cuenta Denis con una mezcla de pena y emoción. Porque el mismo Denis que prepara su casamiento en Uruguay para el próximo febrero, extraña a sus hijos que quedaron en Rusia y son el resultado de una relación anterior cuando "debía ocultar" su homosexualidad.
El reencuentro con los hijos no es sencillo. Un pasaje en avión oscila los 3.000 dólares por cabeza, sin contar los gastos de la estadía de Uruguay. Porque hay dos obstáculos que complejizan la llegada más masiva de rusos: los prejuicios que cargan sus ciudadanos por provenir del mismo rincón del mundo implicado en la trama de pasaportes de Alejandro Astesiano, y porque “el país es caro, muy caro”.
Algunos rusos se fueron a Paraguay, un destino que les ofrece "menos libertad, pero mejores condiciones de inversión". Denis y Alexander, sin embargo, no lo ven como una opción.
—Nos gusta este país, queremos vivir aquí, aportar desde nuestros conocimientos y cultura, hacernos amigos y vivir como queremos ser.
A Denis se le humedecen los ojos. Recién después de los 40 años pudo demostrarle a sus padres conservadores quién quería ser. Pudo hablar sobre su homosexualidad como jamás lo había hecho con sus compañeros del liceo. Pudo explicarle a sus hijos por qué armó una familia heterosexual para "disimular" aquello que lo oprimía. Pudo deshacerse del confort, del auto de lujo, del departamento y la vida "cómoda" de profesional para disfrutar de un fainá de orillo mano con mano con el "amor de su vida".
—Puede entender que los latidos también son de amor. —100, 101, 102...