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Vagabundeos urbanos

La aparición de un libro de la escritora inglesa Virginia Woolf sobre sus paseos por Londres es la excusa perfecta para repasar las historias de amor entre el asfalto y la página 

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09 de septiembre de 2018 a las 05:00

Las ciudades forjan con los escritores relaciones intensas: amor, odio, desazón, depresión, alegría; son trampolines de impulso o pozos de almas que entierran destinos estrellados. Una ciudad puede colocar a un escritor en la cima o derrumbarlo hasta el precipicio más hondo. 
Son muchos los ejemplos. Hay ciudades que no pueden pensarse sin la presencia de un escritor, que puede o no haber nacido allí. Praga y Kafka, Dublín y Joyce, Borges y Buenos Aires, Moravia y Roma, Thomas Mann y Venecia, Octavio Paz y Ciudad de México, Pamuk y Estambul, Roth y Viena, Vargas Llosa y Lima, Pessoa y Lisboa, Ellroy y Los Ángeles, Cabrera Infante y La Habana, Colette y París, Morosoli y Minas, solo por nombrar los primeros que me vienen a la mente. Letras y cuadras, oraciones con puentes, calles, teatros, cafés, simples habitaciones o sótanos, se reflejan y se potencian en la prosa de los autores; la ficción engrosa la realidad y el símbolo conjura y alimenta los sentidos, de otra forma.   


La reciente aparición de Paseos por Londres (Ediciones La Línea del Horizonte), un libro de la escritora inglesa Virginia Woolf sobre sus vagabundeos por la capital británica, es la excusa perfecta para repasar otra de las historias de amor entre el asfalto y la página.  


Woolf había nacido en Londres un día de enero de 1882 y se crió y se trasmutó de tal forma en la ciudad que consideraba que pasear por la ciudad–a diferencia de aquel cuento de Edgar Allan Poe en que un ser anónimo no dejaba nunca de transitar por el ritmo endemoniado de la city– era un descanso. “Londres, eres una joya entre las joyas…”, anotó la escritora en su célebre diario, a comienzos de 1924. 


Atrincherada en su célebre residencia de la plaza Tavistock, en el barrio de Bloomsbury, la Woolf salía a vagabundear por Londres por las tardes (“la hora entre el té y la cena”, según el particular ritmo diario inglés), se perdía por sus callejuelas, observaba con el poder de una mirada privilegiada –que poco rato después se traducía en formaciones de palabras sutilmente agrupadas–, para regresar a la caída del sol, cuando la ausencia de luz ya le había devuelto el misterio a todas las cosas.  Los rigores de las estaciones no fueron impedimento para que Woolf ejercitara tanto las suelas como la pluma. “¡Qué hermosa es una calle en invierno! Resulta a las vez reveladora y enigmática”, escribió en 1928. 

“Londres, eres una joya entre las joyas...”, anotó la escritora en su célebre diario, a comienzos de 1924


La pujanza de Londres en las décadas de 1920 y 1930, como auténtica metrópolis capital del mundo, con sus personajes y sus situaciones, sus equívocos y pequeños milagros, se destila en las anotaciones de Woolf, a veces,  de la manera más sorpresiva. Describe los edificios emblema, como la catedral de Saint Paul, pero dice que solo se puede ver de lejos, “como una burbuja gris”, porque de cerca la gran mole religiosa se difumina, “desaparece”. Recorre el centro del poder político, la Cámara de los Comunes y compara los debates de los representantes, que cambian los destinos del mundo, con bandadas de pájaros. El Londres industrial y tosco de los muelles del río se refina y se presenta al público en su mejor vidriera, la calle Oxford. Visita los famosos jardines de Kew Gardens, con sus refinados techos de vidrio estilo palais de glàs.  


Todo lo anota Woolf. Con minucia recorre las casas de los grandes escritores: Carlyle, Keats, Dickens. De cada objeto saca deducciones que se vuelven vías de comprensión de la vida y la obra del susodicho. Si la casa de Carlyle no tenía agua corriente, cómo sería su higiene y los tiempos de cada día en base a esa complicación práctica. 


El apunte documental en Woolf luego se transforma en materia de ficción. La señora Dalloway transita bajo el Big Ben, siente el efecto de su sombra, la solemnidad en el ritmo cadencioso de las campanas, la vida de la ciudad regida por la uña afilada de esa aguja del tiempo. “Los círculos de plomo se desvanecían en el aire”, escribió para definir con una exquisita sinestesia las campanadas del gigantesco reloj. Si leer es viajar sin moverse, este libro comete magia de la buena: Virginia toma al lector de la mano y lo pasea invisiblemente por una ciudad sugerida, por la palabra, y solo escondida en el papel. 
 

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