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Vientos en contra

En la economía, salvo una catástrofe monetaria y financiera en Europa que parece postergada, no se avizoran grandes problemas. Donde los hay, sí, es en nuestra política exterior

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04 de julio de 2012 a las 00:00

No es que se avizoren vientos contrarios en el área económica, más allá de la desaceleración que se está produciendo y que estaba prevista. En la actividad económica, salvo una catástrofe monetaria y financiera en Europa que parece haber sido postergada, no se avizoran grandes problemas. Donde los hay, sí, es en nuestra situación institucional y en nuestra política exterior.

El episodio de la semana pasada en la cumbre de Mendoza que culminó con Paraguay suspendido del Mercosur hasta que se realicen nuevas elecciones y Venezuela ingresando por la ventana marca un claro retroceso en ese sentido. No se respetan las reglas del Mercosur que exigen la aprobación parlamentaria unánime de los cuatro países para el ingreso de nuevos miembros, se toman resoluciones sumarias (de la misma celeridad que se le critican al Senado paraguayo en el juicio político a Lugo), no se concede al Paraguay ni un mínimo derecho de defensa en juicio (al menos, Lugo tuvo 3 horas para hacerlo). Y para peor, resulta que ninguno de los 3 gobiernos tuvo intención de hacer ingresar a Venezuela en estas condiciones.

Almagro dice que eso no fue lo pactado y que Uruguay se vio obligado a seguir a Brasil y Argentina; Argentina dice no saber nada al respecto y Brasil asegura que reinó la unanimidad más plena en el ingreso de Venezuela pese a que la ausencia de Almagro cuando se votó y la presencia de Mujica solo en un segundo plano, sentado detrás de los presidentes, sugiere que si Uruguay votó el ingreso venezolano en esta instancia fue de mala gana y por no hacer uso del derecho de veto frente a nuestros dos principales socios comerciales (Argentina lo es a través del turismo y no de bienes).

Sea como sea, lo de Mendoza fue un papelón y las disidencias en el gobierno uruguayo otro tanto. Mirando desde fuera, todo parece fruto de una gran improvisación: no sabíamos bien lo que queríamos o no supimos plantearlo adecuadamente. Nos trajimos una posibilidad (aún solo de palabra y sujeta a las veleidades de nuestros socios, antiguos y nuevos) de hacer acuerdos bilaterales con países de la región. Poca cosa, aún si ello se concreta. Lo cierto es que lo que pretendía ser “cumbre” fue un “valle” de falta de reglas de juego claras. Después vayamos a explicar en el mundo lo que es el Mercosur.

Pero yendo más hondo, todas estas cosas tienen un denominador común. No son meramente un problema de política exterior, donde juegan muchos grandes y podemos perder con facilidad. Hay una sensación de que lo que está en juego no son valores económicos, acuerdos bilaterales o posibilidades de comercio. Está en juego el estado de derecho y las libertades individuales, entre las que se cuentan las de comerciar pero también las de estar protegido frente al poder del más grande y las de cumplir la palabra empeñada, que es el activo más fuerte de una persona y una nación.

Más allá de si nos conviene la estrategia X o Z para comerciar, exportar y relacionarnos con los vecinos o con lo no tan vecinos, lo grave de lo que está pasando en política exterior, seguridad, medios de comunicación, política de drogas, es que predomina la improvisación, que no hay respeto a las normas, a las instituciones, a los tratados, a la palabra dada, a la institucionalidad que nos dimos en su momento para regirnos.

Es un denominador común, para el que da lo mismo decir una cosa hoy y otra mañana. Y eso es muy grave. No da lo mismo: en el acierto o en el error, uno sigue una ruta. Si se equivoca y se cambia, bienvenido sea. Si no cambia, pues algún día se cambiará. Pero debemos rescatar el valor de la palabra dada (y por eso duelen mucho las actitudes del gobierno de la Sra. Kirchner que no respeta ni su propia palabra), del cumplimiento de los tratados (y si no los vamos a cumplir, digámoslo claramente que es lo de que debería hacer Argentina con el Mercosur: decir que no le interesa ni lo va a cumplir), de la generación de un clima de previsibilidad y de la generación de expectativas de poder avanzar en puntos en los que gobierno y oposición están de acuerdo.

Ese fue el aire renovador que trajo el presidente Mujica el día de su asunción y que, más allá de divisas y posiciones, generó optimismo. Hoy ese aire se ha perdido y no por culpa ajena. Se han creado problemas donde no los había y ha faltado rumbo claro y timón fijo. El gobierno está por llegar a la mitad de su recorrido: si relee y aplica el discurso del 1 de marzo de 2010, mucho se podrá hacer aún. De lo contrario, tendremos que vérnoslas con vientos contrarios que nos hemos fabricado nosotros mismos.

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