8 de agosto 2020 - 5:01hs

La decisión de Facebook y Twitter de silenciar a Trump es solo un hilo de una madeja que parece imposible de desenredar y en la que la mayoría nos enredamos voluntariamente.

Qué vida complicada nos hemos inventado. Una tan pero tan complicada que quien decide qué se puede decir y qué no no es un rey ni un dictador ni un presidente ni un consejo de ancianos de la tribu; es un algoritmo.

Esta semana muchos se horrorizaron con la decisión de Facebook y Twitter de eliminar un video que posteó el comando de campaña del presidente de Estados Unidos, por contravenir las normas de ambas redes sobre la información referida al covid-19. Trump dijo que los niños eran inmunes -o “casi inmunes”- al coronavirus, algo que no es cierto. Ambas redes definieron que esta era una violación de sus reglas para evitar la difusión de información errónea sobre el virus.

La afirmación de Trump es inexacta pero ciertamente se cuenta entre las menos dañinas que ha hecho en referencia al virus. Basta recordar que en una conferencia de prensa en vivo llegó a sugerir que tal vez si uno tomaba algún desinfectante (de los que se usan para limpieza) se podía parar al bicho. Sus palabras dieron vuelta al mundo y así como medio planeta se río y horrorizó, un buen porcentaje se lo creyó.

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Lo mismo pasa en las redes sociales. Todo el mundo dice lo que quiere, al menos en los países en los que se puede decir lo que uno quiera. Pero una red social no es un país, ni siquiera una pequeña comunidad con reglas democráticas. Una red social es solo una plataforma en la que cada uno, incluyendo líderes y manipuladores, dicen lo que quieran sin casi ningún tipo de control.

Es por esta razón que incluso cortes de Justicia de varios países (sobre todo de Estados Unidos) le han exigido a los responsables de estas redes que se pongan las pilas y dejen de esgrimir a la libertad de expresión como patética excusa para hacer la gran Poncio Pilatos. Casi todo los años vemos a Mark Zuckerberg (el uno de Facebook) convocado por el Congreso de EEUU; lo bombardean a preguntas, se hace el sota, dice “Mr. Congressman y Mrs Congresswoman” con cara de yo no fui y se vuelve para su mansión, sin muchas más consecuencias.

Este año algunas cosas empezaron a cambiar, no solo porque a Zuckerberg y a sus colegas los aprietan para que controlen a cuanta basura habita este planeta (supremacistas blancos, nazis, racistas, terroristas, pederastas, torturadores y siguen nombres) sino porque por primera vez tanta mala prensa comienza a ser un mal negocio para estas plataformas.

En julio un grupo de grandes anunciantes se sumaron a una movida convocada originalmente por grupos activistas por los derechos civiles. Esta vez el catalizador fue el racismo y la violencia rampante en la vida y en las redes, que hizo eclosión con la cadena de protestas que se sucedieron en las principales ciudades estadounidenses a raíz de abusos policiales que terminaron con el asesinato de ciudadanos negros.

En los hechos a Facebook el blackout le pega solo en su reputación que, aunque muy venida a menos, no se traduce en menos usuarios ni menos crecimiento. La compañía informó esta semana que cerró el segundo trimestre con 2.700 millones de usuarios y crecimiento en sus ingresos. En el medio hubo boicot, Cambridge Analytics, rusos y ucranianos con campañas focalizadas para que vos creyeras que una mentira era verdad y votaras en consecuencia.

Uno puede estar o no de acuerdo con las decisiones de regulación de Facebook, Twitter y del resto de los señores que dominan el mundo ya no de la tecnología, sino el mundo (punto). Está claro que es muy peligroso que estos mega gigantes tecno sean los designados para decidir qué puede o no decir el presidente de uno de los países más poderosos del mundo. Pero en los hechos somos nosotros, las personas comunes y corrientes, y también los jueces, fiscales y reguladores de todo el mundo los que hemos reclamado una y otra vez que la redes sociales se responsabilicen de los que se escribe o publica en ellas.

El club de los 5.000 millones está bien blindado y no parece haber ciudadano, parlamento, gobierno u organismo internacional que pueda contra su poderío. Ese club integrado por los CEOs de Google, Facebook, Amazon y Apple debió presentarse esta semana ante un comité de la cámara de Diputados de EEUU que investiga prácticas desleales de monopolio. De nuevo quedó en evidencia que lo que sobra en las redes son historias de abusos que derivan en daños muy dolorosos para la vida de muchas personas.

La realidad es que toda esta madeja enredada tiene su parte oscura, oscurísima, y su parte iluminada. Esta última es la que nos permite ejercer una voz que se reproduce aunque no seamos ni legisladores ni presidentes ni millonarios. Sobre la parte oscura he abundado en esta columna.

Ese toma y daca entre lo que nos dan los gigantes de la tecnología y lo que nos quitan, es una cuenta bien difícil de hacer y una sobre la que, en la mayoría de los casos, no estamos dispuestos a pasar raya. Casi la mitad de la población mundial decide (decidimos) expresarnos e interactuar a través de redes sociales para amplificar nuestros mensajes, informarnos, entretenernos y, cada vez más, para polarizar, manipular y mentir. Luego, horrorizados, pedimos que alguien controle esas torres de Babel donde cualquiera dice cualquier cosa. Cuando empiezan los controles, volvemos a escandalizarnos, porque ¿quién te creés que sos?

 “Nuestros padres fundadores no le harían la reverencia a un rey. Tampoco debemos inclinarnos ante los emperadores de la economía online”, dijo el legislador demócrata por Rhode Island en la sesión del miércoles.

Tenemos memoria selectiva o de corto plazo pero vale la pena recordar que nada de lo que ahora pasa es casualidad. Hay hechos que sucedieron en y por estas plataformas, que influyeron fuertemente para que el ahora censurado Trump llegara a la presidencia. Hubo campañas manipuladores que eligieron a personas comunes y corrientes para venderles mentiras por verdades. No es un juego de niños: fueron mentiras que ganaron votos.

Si algo hemos aprendido de esta dinámica perversa de las redes sociales que nosotros mismos alimentamos, es que el victimario se transforma en víctima en un abrir y cerrar de ojos. Y viceversa. Trump, y también sus competidores, fueron y son victimarios que apoyan conscientemente o mirando para el costado toda esa desinformación. Trump, sus competidores y “we the people” somos lo que hoy sí y mañana también nos indignamos cuando leemos mentiras que rompen los ojos o medias verdades que pueden generar consecuencias catastróficas. Y somos los mismo que pedimos, exigimos, a esta plataformas que se pongan las pilas para monitorear y limpiarlas de mentiras y mensajes discriminatorios y violentos.

Pero pronto nos convertimos de acusadores en víctimas. Le tocó a Trump esta semana y nos puede tocar a cualquiera mañana. Esto sucede en buena parte porque seguimos derivando nuestra responsabilidad hacia entidades.

Trump, como todos nosotros, está bien enredado en una madeja que lo molesta pero de la que tampoco está dispuesto a salir.

El miércoles aprovechó la citación parlamentaria de los líderes para atacarlos. En una publicación en Twitter dijo que emitiría órdenes ejecutivas para controlar a las empresas si el Congreso no lo hacía.

En el mundo del revés uno protesta en Twitter contra Twitter. Que viva la libertad de expresión. ¿Que viva? 

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