Aquel partido que irrumpió en la escena política nacional como un vendaval derechista y popular que se llevó el 11% de los votos bajo el mando del general retirado Guido Manini Ríos, es hoy una sombra que se arrastra apenas por los pasillos de la Cámara de Diputado sin líder y con un futuro incierto.
Ese derrumbe y esa deriva ya eran bastante explícitas, pero quedaron otra vez expuestas en las últimas horas luego de una reunión de Manini Ríos este jueves con el presidente Yamandú Orsi que ni siquiera quedó retratada en una foto oficial, como si su existencia, que en otros tiempos hubiera despertado expectativas, hoy tuviera una importancia mínima.
Ya pasaron los días de gloria política del militar y exsenador. Si bien preside su partido, los que deciden finalmente son otros. Porque por esas paradojas de la matemática parlamentaria, la falta de mayorías absolutas del Frente Amplio le otorgó una relevancia inesperada a los dos únicos diputados de Cabildo, Álvaro Perrone y Silvana Pérez Bonavita. Son ellos los que votan. Y los que votan decidieron no acompañar a Manini a la reunión con Orsi y, según informó El País, ni siquiera están de acuerdo con la propuesta presentada por su presunto jefe.
Manini le llevó a Orsi una carpeta con un listado de condiciones que, a primera vista, parecían salidas de algún sector de la ortodoxia frenteamplista.
Una jugada que parecía buscar que Cabildo corriera por izquierda al Frente Amplio para obligarlo a un incómodo zigzagueo ideológico con el fin de encontrar los dos votos que blancos y colorados le negaron en la Cámara Baja para aprobar la Rendición de Cuentas.
Al menú que Manini le dejó sobre la mesa a Orsi no le faltaba audacia: duplicar las transferencias para los sectores más pobres, sumar US$ 20 millones anuales para el Ministerio de Vivienda; poner plata en el Instituto Nacional de Rehabilitación para talleres en las cárceles, entre otras cosas.
Para financiar este gasto, Manini propuso crear un impuesto temporal a las ganancias de la banca privada y las administradoras de crédito que, según el general, “ganan más de mil millones de dólares por año y bien pueden devolverle un 5% a la sociedad”.
La jugada tenía su encanto. Si el gobierno de Orsi, enfocado en mantener la prudencia fiscal trazada por el ministro Gabriel Oddone, le decía que no a la propuesta cabildante, el Frente Amplio quedaría expuesto ante su propio electorado como mezquino y avaro, rechazando cobrarle a los banqueros para darle a los niños pobres. Si le decía que sí, terminaba financiando la agenda social de la izquierda de la mano de la derecha.
Pero ahí termina la fantasía. Porque Perrone, el cabildante que lleva la voz cantante en la Cámara de Diputados, advirtió que los cambios que el sector proponga se deberán llevar a cabo redirigiendo el dinero que ya trae la Rendición de Cuentas del gobierno. Y, como fue dicho, se desmarcó de la propuesta de Manini y ni siquiera participó de la reunión con Orsi.
En el Frente Amplio la miran de afuera. “Hasta que se demuestre lo contrario nosotros vamos a negociar con Perrone. Es el que vota”, dijo a El Observador un parlamentario frenteamplista.
Por más que se reúna con el presidente de la República, la presencia de Manini Ríos en la escena nacional –es el dirigente más impopular, según la última encuesta de Equipos– parece esfumarse.
En tanto, los diputados Perrone y Bonavita juegan libres, desautorizan a su exjefe y viven su primavera parlamentaria convertidos en el fiel de un gobierno que los necesita para legislar y salvar el escollo de una oposición blanca y colorada que le muestra los dientes.
A esta altura el problema de Cabildo no pasa solamente por su drástica caída electoral luego de asociarse con la Coalición Republicana durante el gobierno de Luis Lacalle Pou; su verdadero drama, acaso, se dibuje en esa imagen de Manini –aquel que prometía el fin del recreo– redactando propuestas en el aire y sin poder ordenar ni siquiera a una tropa de dos soldados.