29 de julio 2025 - 11:09hs

Por Joan Cwaik

Durante días fue la app más descargada del App Store. Un ranking que no suele ocupar el nicho del dating, y menos aún el de las plataformas que dicen cuidar. Tea llegó a ese podio con una promesa concreta: ayudar a las mujeres a verificar con quién estaban saliendo. Una suerte de Yelp afectivo, donde no se puntuaban platos, sino hombres. No importaba si era una experiencia incómoda, una actitud extraña o algo más grave. La lógica era simple: antes de responder un mensaje o ir a un bar, se podía chequear si ese nombre ya había dejado una huella.

La idea, en sí misma, no nacía del escándalo ni del morbo. Nacía de una demanda legítima: la de tener herramientas que acompañen los vínculos con alguna forma de protección previa, o al menos con contexto. En medio de un sistema que desde hace años habilita encuentros inmediatos con desconocidos, la promesa de verificación se volvió una especie de escudo emocional, pero también una garantía simbólica: la idea de que alguien te respalda, aunque no esté ahí. Esa garantía duró poco.

El 25 de julio, el caso se dio vuelta por completo. Más de 70.000 fotos fueron filtradas. Verificaciones de identidad, chats, perfiles, ubicaciones, incluso material de personas que nunca dieron su consentimiento para ser parte de una base de datos. Algunas imágenes terminaron en 4chan. Otras, en Reddit. Se habló de geolocalizaciones, de empleadas públicas expuestas, de una promesa rota que había operado como anzuelo. Lo más grave no fue la filtración en sí. Lo más grave fue enterarse que las fotos que “no se guardaban” en realidad sí se guardaban. Que estaban almacenadas sin encriptar. Que los servidores eran antiguos, frágiles, mal protegidos. Que el marketing de la privacidad era apenas un efecto visual sobre un sistema lleno de fisuras.

Y no es que esto no haya pasado antes. Las filtraciones, el mal manejo de datos, las infraestructuras débiles: todo eso forma parte de la historia reciente de las plataformas. Lo que vuelve este caso particularmente complejo es la lógica con la que se vendía la herramienta. Tea no era una app de entretenimiento. Era una app que decía cuidar. Que ofrecía seguridad. Que prometía confidencialidad. Y fue justamente ese marco lo que hizo que miles de personas depositaran ahí su foto, su miedo, su confianza, su intento de protegerse en un espacio donde casi todo funciona sin red.

Cuando una app que se presenta como aliada termina operando como vector de exposición, el problema deja de ser técnico. No alcanza con decir que el sistema era viejo, que el equipo trabaja 24/7, que los usuarios nuevos no fueron afectados. Lo que se quiebra es otra cosa: el pacto. Ese contrato invisible que se firma cuando alguien sube su imagen creyendo que hay algo del otro lado que la resguarda. Porque la confianza en una herramienta no se construye con diseño, se construye con coherencia. Y si lo que se promete es cuidado, lo que no se puede permitir es desprotección sistemática.

Un reflejo más de cómo la retórica del cuidado digital a veces funciona como fachada para seguir acumulando datos, validaciones, comportamientos. Y de cómo ciertas plataformas logran instalarse no por lo que realmente ofrecen, sino por el miedo que logran encapsular y por la respuesta rápida que aparentan brindar.

El deseo de tener herramientas que acompañen las relaciones no desaparece con este caso. Lo que sí queda dañado es el margen para creer. Para confiar sin revisar cada línea de código. Para asumir que lo seguro está garantizado porque alguien lo dijo en un eslogan.

Y mientras todo eso ocurre, las fotos siguen en circulación. Las respuestas llegan tarde. La protección aparece después de la exposición. Y la app que decía cuidarte termina pareciéndose demasiado a todo lo que prometía combatir.

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