La política no se construye solo con hechos, sino también con narrativas: es, ante todo, un escenario de disputas simbólicas. El relato no es otra cosa que una porción de verdad diluida en interpretaciones.
Pero la eficacia del relato no reside únicamente en el contenido, sino en su capacidad de expandirse, de filtrarse y esparcirse por todos los intersticios del entramado social. Y para eso, son imprescindibles los “relatores”: aquellos agentes con la habilidad de propagar, amplificar y esparcirlo.
Por lo dicho, como los relatos no dejan ante todo de ser espacios interpretativos, las sociedades politizadas necesitan –para acercarse a la verdad-, dos cosas. Primero, que a los relatos con aspiración dominante, se les oponga un contrarrelato,
En segundo lugar, vinculado a ello, develar a los difusores, a los relatores.
El contrarrelato no es simplemente una negación, por el contrario, es una trabajada creación, que debe tener como base una identidad que se defiende, que se yergue; es una manera de interpretar la realidad. Pero una interpretación con pretensiones -y derecho- de constituirse en “verdad” dentro de la configuración de la realidad. Para ello, hay que disputar significados y desafiar pretendidas y pretenciosas hegemonías simbólicas. El contrarrelato no es un relato alternativo, y por eso tiene otras “responsabilidades”: tiene la carga de presentar “datos” sí (para desmontar el relato), pero además, organizar una visión “del mundo”.
Así las cosas, si no se realiza la disputa simbólica, la sociedad pierde, porque una parte de la sociedad queda sin la posibilidad de ser representada. Y por supuesto, pierden quienes deberían ser los responsables institucionales de defender la porción de verdad que no se refleja en el relato dominante. Como no hay neutralidad en el campo simbólico, la ausencia de contrarrelato supone ceder en el terreno donde se ganan -o se pierden- las batallas políticas.
Se pierde entonces, cuando se cede -cuando se aceptan los términos del adversario- o cuando ni siquiera si articula el contrarrelato.
A su vez, el develamiento de los relatores es necesario para distinguir a quienes militan un relato de quienes no.
La izquierda comprendió la importancia del relato hace décadas. Por eso no solo creó un relato, sino que lo alimentó con símbolos, lenguaje, medios, referentes culturales y académicos, con “relatores”. No solo impuso el marco referencial dominante sino que generó cuadros que, desde posiciones de privilegio ante la ciudadanía, por anclarse en sitiales de respetabilidad, ya sea por las credenciales técnicas, o por funciones sociales como la prensa, predican una visión que no es ni neutral ni objetiva sino que está adscripta a un relato.
Veamos un ejemplo de relato -y de la necesidad de “contrarrelatar”- para poder acercarnos a la realidad.
El relato, bien ejecutado por numerosos y calificados relatores marca que “hay muchos privados de libertad”. Que “las cárceles están llenas de pobres”. Que “el delito tiene causas sociales”.
Algunas de esas afirmaciones son posiblemente ciertas, pero solo explican parte del asunto. Intentan explicar pero terminan justificando el fenómeno criminal. Omiten que también las víctimas del delito suelen ser los más pobres, que están expuestos sin protección alguna frente al delito. Omiten decir que la cárcel no es la primera respuesta al delito, sino que, por ejemplo en Uruguay hay casi 10.000 medidas alternativas (a la cárcel). Y omiten poner en la ecuación a la seguridad pública.
Cuando bajó la población carcelaria, el número de rapiñas aumentó.
Veamos algunos datos:
Entre julio de 2017 y julio de 2018 la población carcelaria bajó. En julio de 2017 había 11.216 privados de libertad. En ese mes hubo 1.444 rapiñas. En julio de 2018 hubo 2469 rapiñas, con una población carcelaria de 9.951 privados de libertad. O sea que entre julio de 2017 y julio de 2018, cuando la población carcelaria disminuyó, las rapiñas aumentaron 70%.
Recién en setiembre de 2019 la población carcelaria llegó a los guarismos de 2017 (11.193 Ppl), y allí las rapiñas estaban en 2282.
Si vemos el promedio, en el año previo a julio de 2017 las rapiñas eran 1604, a partir del descenso de la población carcelaria y hasta que se alcanzó el número de privados de libertad de julio de 2017, ese promedio pasó a 2370, un aumento de 47%.
Sin ese contexto en la discusión sobre el asunto cárcel y seguridad, la discusión queda incompleta. Y una discusión incompleta deforma la comprensión del problema.
Por eso, frente al relato, hay que oponer el contrarrelato. Sin eso, se concede, y el que concede, pierde y hace también que la sociedad pierda una perspectiva a la que tiene derecho.