Desde hace un tiempo se ha instalado un debate sobre las estadísticas referidas a la comisión de delitos en nuestro país. No es nada bueno que existan discrepancias sobre la medición de temas relevantes. Es más, una de las características positivas que destaca a nuestro país a nivel internacional, es la capacidad de respetar la seriedad de la información que se produce sobre diferentes dimensiones de nuestra sociedad.
Sin embargo, lamentablemente nada menos que sobre el tema de la inseguridad se ha instalado un contencioso sobre las estadísticas que deberíamos resolver con criterios racionales y dejando de lado a quién de los actores políticos beneficia la información.
Otro elemento que debemos tener en cuenta es que un criterio científico de carácter estadístico implica reconocer cuáles de las variabilidades en las cifras son significativas y representan tendencias claras y cuáles son meras oscilaciones numéricas que no alcanzan para establecer reducciones o aumentos. Además, es necesario tomar un período suficientemente extenso como para poder constatar si ciertas variaciones son tendencias efectivas o son fenómenos puntuales de carácter coyuntural.
Un caso particularmente claro que ha estado como tema de debate en estos últimos días es la cifra de los homicidios. Ciertamente es una variable muy sensible y, por lo tanto, es una tentación para los actores políticos tratar de identificar tendencias que apoyen sus diferentes posicionamientos, sea del lado del gobierno y de la oposición.
Por eso vale la pena, “bajar la pelota” y tratar de observar la realidad delictiva con la mayor rigurosidad científica.
Sobre todo, porque sea cual sea el resultado de este análisis, nadie puede dudar que tenemos delante el mayor problema que afecta a nuestra sociedad. En efecto, la inseguridad y, especialmente, el aumento de la violencia en diferentes dimensiones, que no sólo abarcan las conductas delictivas, son factores presentes y que están pegando muy duro en nuestra convivencia colectiva.
Cuando se observan las cifras de homicidios y rapiñas encontramos algunas tendencias, así como algunas estabilidades notorias, más allá de pequeñas variaciones numéricas.
En efecto, las rapiñas han experimentado una notoria reducción en los últimos tiempos después de haber experimentado un crecimiento exponencial. En tal sentido, esta reducción, sin embargo, no ha logrado volver al nivel previo a su explosión cuantitativa.
Veamos los números. En el año 2000 las rapiñas se ubicaban en 6.751 al año; cinco años más tarde en 2005 alcanzaron 9.142. Entre esa fecha y 2014 las rapiñas llegaron a más que duplicarse superando la barrera de las 20 mil al año. Pero, aún se dispararon más en el período 2015-19 llegando a 24.310 promedio anual en el quinquenio.
Sin embargo, en el quinquenio 2020-24 comienza un periplo descendente (obviamente con la precaución de los años de pandemia que redujeron la movilidad social) ubicándose en un promedio de 23.399 al año, para luego bajar en 2024 ya significativamente a 17.490 y en el 2025 nuevamente a 15.656.
Como se desprende de un análisis desapasionado de las cifras, las rapiñas comenzaron a disminuir desde el 2020 en adelante, pero aún se encuentran en un número equiparable a 2010, muy lejos de las 6.700 del año 2000.
Con los homicidios ocurre algo diferente. Las cifras se mantienen desde el año 2000 hasta el año 2014 oscilando entre 200 y 240 al año. Es a partir de 2015 que comienzan a aumentar gradualmente para presentar un salto estadísticamente muy relevante en 2018, año en el que se alcanza la cifra de 416 que constituyó el pico máximo hasta ahora. Al año siguiente, en 2019, fue un poco menos, pero casi vuelve a superar la barrera de los 400 (394).
A partir de 2020 los homicidios se ubican en cifras lamentablemente muy estables en el entorno de un poco más de 350 por año.
Un análisis con criterio estadístico firme demuestra que en los primeros quince años de este siglo los homicidios se mantuvieron en el entorno de 200 a 250 y que en los diez años siguientes (2016 a 2025) se ubicaron en más de 350 por año representando un crecimiento importante en el quiebre del 2016 y estabilizándose desde allí hasta el presente.
Discutir si hubo 10 o 15 homicidios más o menos de un año para el otro es una discusión inconducente e irrelevante. Simplemente hay que asumir que nuestro país desde hace ya diez años presenta una preocupante estabilidad que ubica nuestro promedio en niveles internacionales que no son aceptables.
Tenemos que salir del debate de pequeños números y no caer en la tentación de “cantar goles” que no son tales. El desafío de la inseguridad y la violencia sigue siendo muy grave, a lo que se agregan las contundentes muestras de que el crimen organizado a gran escala busca instalarse y desarrollarse en nuestro país.
El atentado contra la vida de nuestra Fiscal General, Mónica Ferrero, en setiembre del año pasado marca un “antes y un después” en la vida delictiva de nuestro país.
Por si quedaba alguna duda los episodios de estos días con respecto a la tentativa frustrada del túnel de la Ciudad Vieja y la determinación de quienes están detrás de esta maniobra, más la sombra sobre nuestro país, de uno de los delincuentes más buscados en el mundo, nos indican que el debate sobre el número de homicidios, además de ser irrelevante desde el punto de vista estadístico, está muy lejos de ser el punto medular de la atención de la política de seguridad.