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El Observador | Daniel Supervielle

Por  Daniel Supervielle

Periodista, analista, director de comunicación estratégica y política de CERES
18 de mayo 2024 - 5:05hs

Yuval Noah Harari, el pensador israelí cuyas ideas repercuten en el pensamiento moderno, ofrece una visión perturbadora del futuro de la humanidad en la era de la inteligencia artificial (IA). En sus obras, Harari no solo contempla las implicaciones de la IA desde una perspectiva tecnológica o económica, sino que nos desafía a considerar su impacto en el curso mismo de la historia.

Según Harari, estamos al borde de una revolución que podría marcar el fin de la historia humana tal como la conocimos. No se trata de un fin literal, sino del término de una era definida por las decisiones y acciones humanas como principales motores del cambio mundial. La IA, con su capacidad para aprender, adaptarse y potencialmente superar la inteligencia humana, introduce nuevos centros de poder y decisión que son fundamentales y ajenos a los seres humanos.

Uno de los conceptos más intrigantes que Harari ha popularizado es el del "dataísmo", un nuevo sistema de creencias basado en la fe en los algoritmos y el poder de los grandes datos. Este movimiento propone que los datos son el alpha y el omega, el principio y el fin de todo conocimiento posible. En este contexto, los algoritmos, no los seres humanos, podrían convertirse en los principales tomadores de decisiones, relegando la experiencia humana, la emoción y la intuición a un segundo plano.

Harari advierte sobre la centralización de la información y el poder en manos de unas pocas plataformas tecnológicas gigantescas. Este fenómeno podría llevar a una desigualdad sin precedentes y a una nueva forma de dictadura digital, donde unos pocos dictan los destinos de muchos.

El desafío ético es monumental. Harari plantea interrogantes esenciales sobre la privacidad, la autonomía y la libertad en una época definida por la supervisión omnipresente y las decisiones algorítmicas. ¿Cómo podemos asegurar que la IA se desarrolle de manera que sus beneficios sean compartidos equitativamente, en lugar de concentrarse en manos de aquellos que ya poseen la tecnología y los datos?

El autor nos invita a reflexionar sobre el significado de ser humano en un mundo donde nuestras decisiones pueden ser anticipadas, nuestras preferencias manipuladas y nuestros comportamientos dirigidos por algoritmos.

Si la historia humana tal como la conocíamos llega a su fin, ¿qué historia nueva se escribirá? ¿Y quién? En las respuestas a estas preguntas, quizás descubramos no solo los límites de la tecnología, sino también las infinitas posibilidades ligadas a la condición humana.

Este enfoque que combina la historia, la tecnología, la filosofía y la ética, es lo que hace del pensamiento de Harari una brújula para navegar el futuro incierto que la IA nos depara.

Este último párrafo fue realizado por Chat GPT en base a una serie de artículos basados en columna de Yuval Harari para The Economist que le proporcioné y un prompt donde le pedía que escribiese una columna para un diario. Le hice breves correcciones y puntualizaciones.

Tras la muerte del escritor norteamericano Paul Auster volví a leer una de sus noveles breves, La Ciudad de Cristal (1982). En ese texto magnífico recrea una historia llena de historias que sucede en Nueva York y habla, entre muchas otras cosas, del origen del lenguaje, de la importancia de las palabras, de los significados, de la búsqueda de un paraíso donde los significados eran perfectos.

Pero es sobre todo una profunda reflexión sobre las palabras, su aprendizaje y su pureza original. Habla también de cómo los significados de las palabras hacen a la esencia de las cosas y que no siempre significan lo que quieren decir. Y puso como ejemplo a la Torre de Babel.

Recordemos: la Torre de Babel es un mito bíblico del que todos hemos escuchado hablar. Después del diluvio universal, los hombres de La Tierra quisieron llegar al Cielo construyendo una torre. Según el Libro del Génesis en el Antiguo Testamento los seres humanos querían llegar a Dios y alcanzar el paraíso perdido por lo que iniciaron este trabajo. Dios se molestó por la ambición desmedida de los humanos y decidió confundirlos al entreverar las lenguas que hablaban los constructores. Esto llevó a confusiones y contradicciones por la falta de entendimiento. La intervención divina que alteró el lenguaje con que se comunicaban fue determinante para el naufragio del proyecto: fue así como la humanidad se quedó sin una Torre de Babel que los llevara al Cielo y así encontrar el paraíso perdido tras las nubes.

¿Qué tendrá que ver la Torre de Babel con la Inteligencia Artificial? La unanimidad y su peligro. Todo indicaría que la humanidad se entrega a la IA sin capacidad crítica y empieza a poner en mano de ella absolutamente todo. Algo que no es una mente humana empieza a escribir, pensar, resolver, sugerir cosas que condicionan el comportamiento y la libertad de los seres humanos.

Son momentos en que es tal el desnorte de la academia, legisladores y hacedores de políticas públicas que la IA se parece a los constructores de la Torre de Babel cuando se entendían y jugaban a ser Dios.

La Inteligencia Artificial poco a poco se convierte en el patrón de nuestras decisiones. ¿O no miramos la aplicación waze cuando tenemos que ir a una dirección que desconocemos y creemos ciegamente en el camino en el mapa que nos indica el algoritmo, que se hace justamente a partir de información de los GPS de los celulares y nos resuelven una ecuación? ¿O no es cierto que las aplicaciones de citas nos conectan con parejas en función de algoritmos de los likes que le ponemos a las cosas que vemos? Todo sin intervención alguna de la mente humana.

SI dejamos de pensar, o peor aún, si dejamos de escribir ensayos, reflexiones, cartas, críticas, columnas como estas con pensamiento, dudas y certezas propias y le pedimos que lo haga la IA: ¿qué nos queda?

Nos queda el arte. Esa fue mi respuesta. Hasta que leí lo que escribió la genial artista de vanguardia Laurie Anderson sobre el ya muerto músico neoyorquino Lou Reed, de quien fue pareja. Anderson contó en The Guardian que se ha “obsesionado” con la IA y que la aprovecha para chatear con su marido muerto y a partir de esa charla escribir nuevas canciones con el sello de Reed.

La IA a la que le cargan los datos correctos puede recrear hasta la propia voz de quien quiera y elaborar pensamientos artificiales dentro de la lógica propia del personaje. Anderson dice: “Cuando, tras la muerte de alguien, escuchas sus canciones o lees sus textos, es como si estuviera vivo, ¿no?”.

La IA se empieza a erigir como una Torre de Babel digital a la que hay que ponerle algún tipo de limite ya que si no lo hacemos va por el conocimiento absoluto y el control total. Estamos viviendo un cambio incalculable para el que no estamos prontos. Es un desafío mayor pensar humanamente para que la IA complemente y ayude al desarrollo del mundo, pero sin que se apropie ni del pensamiento crítico ni del libre albedrío de las personas.

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