16 de junio de 2026 12:40 hs

América Latina atraviesa una época compleja. A los desafíos económicos, sociales y de seguridad se suma una creciente crisis de confianza. En muchos países, los ciudadanos se sienten cada vez más distantes de sus dirigentes, más escépticos frente a las instituciones y menos convencidos de que la política sea capaz de ofrecer respuestas duraderas a los problemas que afectan sus vidas.

En ese contexto, resulta interesante observar un fenómeno aparentemente ajeno a la política: la admiración que despierta Lionel Messi. No porque sea futbolista. No porque haya ganado títulos. Tampoco porque deba servir como modelo para gobernar un país. La razón es otra. Messi representa una forma de liderazgo que parece cada vez más escasa en la vida pública latinoamericana. Millones de personas de diferentes ideologías, religiones, edades y nacionalidades lo respetan y admiran. En una región marcada por la polarización, ese consenso ya constituye un hecho extraordinario.

La pregunta entonces no es qué podría hacer Messi en política. La verdadera pregunta es qué puede aprender la política de algunas de las cualidades que explican el reconocimiento que ha construido a lo largo de su vida. La primera es la humildad.

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Vivimos en una época en la que la exposición permanente parece haberse convertido en una condición indispensable para ejercer liderazgo. Las redes sociales premian la visibilidad. Los medios suelen privilegiar la confrontación. La política, en muchos casos, termina atrapada en una competencia constante por ocupar el centro de la escena. Messi ha recorrido exactamente el camino contrario.

Después de conquistar prácticamente todo lo que un deportista puede conquistar, nunca necesitó proclamarse el mejor. Nunca construyó su imagen sobre la descalificación de otros. Nunca hizo del protagonismo una obsesión.

Su trayectoria demuestra que la autoridad puede construirse sin arrogancia.

La humildad no implica falta de confianza. Implica comprender que ningún logro es exclusivamente individual y que siempre existe algo que aprender de los demás.

Los ciudadanos no esperan dirigentes perfectos. Esperan dirigentes auténticos. La segunda característica es la perseverancia.

La historia de Messi está lejos de ser una sucesión lineal de éxitos. Durante años convivió con críticas, derrotas y frustraciones. Perdió finales importantes. Escuchó cuestionamientos. Experimentó decepciones que habrían llevado a muchas personas a abandonar sus objetivos. Sin embargo, continuó.

Persistió cuando parecía más fácil renunciar. Siguió trabajando cuando otros dudaban. Mantuvo el rumbo incluso en los momentos más difíciles. Finalmente llegaron la Copa América y la Copa del Mundo.

Los países también atraviesan crisis, retrocesos y momentos de incertidumbre. Ninguna sociedad progresa de manera lineal. El desarrollo exige paciencia, continuidad y capacidad para sostener esfuerzos a largo plazo. Los grandes líderes no son quienes nunca fracasan. Son quienes encuentran la fortaleza para volver a intentarlo. La tercera lección tiene que ver con el trabajo en equipo.

Aunque muchos lo consideran el mejor futbolista de su generación, Messi jamás ganó solo. Detrás de cada logro hubo entrenadores, compañeros, preparadores físicos, médicos y especialistas que contribuyeron a alcanzar los resultados. Su grandeza nunca consistió en eclipsar a quienes lo rodeaban. Por el contrario, consistió en potenciar sus capacidades y ponerlas al servicio de un objetivo común.

La política suele olvidar una verdad elemental: ningún presidente, ningún ministro y ningún dirigente puede transformar una realidad compleja por sí solo. Los avances duraderos requieren instituciones sólidas, equipos competentes y capacidad para construir consensos.

Los personalismos pueden generar popularidad momentánea. Son los equipos los que generan resultados sostenibles.

Existe además una característica particularmente importante en el momento actual: la coherencia.

Durante más de dos décadas, Messi ha vivido bajo una observación permanente. Medios de comunicación, redes sociales y millones de aficionados han seguido cada uno de sus movimientos. A pesar de ello, ha mantenido una conducta notablemente estable.

No adapta sus principios según las circunstancias. No modifica su personalidad en función de las encuestas. No cambia de discurso dependiendo de la audiencia. Esa coherencia genera confianza. Y la confianza es probablemente el recurso más escaso de nuestras democracias.

Los ciudadanos pueden aceptar errores. Lo que les resulta mucho más difícil aceptar es la inconsistencia permanente. La credibilidad se construye lentamente. Pero puede desaparecer en cuestión de segundos.

Detrás de su talento existe además una enorme disciplina. Ningún especialista atribuye el éxito de Messi únicamente a condiciones naturales excepcionales. Su trayectoria está construida sobre miles de horas de entrenamiento, preparación física, sacrificios y dedicación.

Lo mismo ocurre con las sociedades. Los países no progresan gracias a discursos inspiradores. Progresan mediante planificación, continuidad, esfuerzo, evaluación y capacidad de ejecución. También resulta especialmente relevante su capacidad para unir.

En sociedades cada vez más fragmentadas, Messi representa uno de los pocos consensos posibles. Un dirigente democrático no tiene la obligación de agradar a todos. Pero sí tiene la responsabilidad de gobernar para todos. Quizás la lección más importante sea que Messi ha sabido rodearse de los mejores.

Los grandes líderes entienden que nadie puede ser experto en todo. Su fortaleza consiste en identificar talento, convocarlo, escucharlo y permitir que contribuya plenamente al proyecto colectivo. Finalmente, Messi lidera mediante el ejemplo. Su influencia nació de la coherencia entre lo que decía y lo que hacía. Quizás allí se encuentre la enseñanza más valiosa para nuestra región.

Las sociedades latinoamericanas están cansadas de promesas. Lo que buscan son resultados. Quizás América Latina no necesite más líderes que hablen de sí mismos. Quizás necesite más líderes capaces de hacer lo que Messi hizo durante toda su carrera: poner el talento al servicio de un proyecto colectivo.

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