14 de septiembre de 2026 5:00 hs

Agosto de 2026 ha sido el mes más cálido para el planeta Tierra en muchos miles de años y, si se pone el foco exclusivamente en esta zona del castigado mundo, las peores consecuencias para el territorio de Uruguay están por venir.

Justamente en agosto se ha publicado un libro que exhorta a tomar el tema con la responsabilidad que lo requiere.

El filtro de la evolución, editado por Penguin Random House, escrito por Eduardo Blasina, es un llamado a entender lo que está sucediendo, que si bien es importante para toda la sociedad, para el agro uruguayo es de importancia crucial.

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Los servicios meteorológicos europeos Copernico anunciaron esta semana que un triste récord se ha batido: “Agosto de 2026 fue un mes extraordinario en los registros climáticos mundiales. Fue tanto el agosto más cálido como el mes más cálido jamás registrado, con temperaturas globales que alcanzaron 1,65° C por encima de los niveles preindustriales. Sumado a las temperaturas récord de la superficie del mar a nivel mundial y al verano más cálido registrado en Europa Occidental, estas observaciones demuestran cómo el cambio climático está impulsando fenómenos extremos tanto en la atmósfera como en los océanos. Las comunidades, las economías y los ecosistemas de todo el mundo perciben cada vez más los efectos de estas condiciones”, expresa la comunicación firmada por Samantha Burgess, responsable de estrategia climática del ECMWF.

El Niño, el peor de todos, todavía en pañales

Si a eso agregamos que apenas está comenzando el mayor fenómeno El Niño del que haya registros, si sumamos la proliferación de incendios y el desprendimiento de hielos del Himalaya que causaron más de mil muertes, cabe preguntarse... ¿cómo se ha llegado a una situación así sobre la que desde hace décadas nos han advertido?

La falta de un nivel adecuado de precipitaciones incide en los sistemas ganaderos.

La falta de un nivel adecuado de precipitaciones incide en los sistemas ganaderos.

Carl Sagan y Margaret Tatcher avisaron

A mediados de los años 80 del siglo pasado el célebre director de la NASA, Carl Sagan, advirtió al Congreso de Estados Unidos con prístina claridad los problemas que se avecinaban por la emisión de miles de millones de toneladas de gases a la atmósfera.

Estos efectos se conocían desde comienzos del siglo XX, pero el crecimiento persistente del volumen de las emisiones en la posguerra llevó a que la comunidad científica hiciera la advertencia que en su momento fue recibida con la misma atención con la que escuchamos a un médico reportar sobre la salud de nuestro cuerpo.

Ante advertencias similares, la primera ministra británica, Margaret Thatcher, hizo un brillante discurso ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU), exhortando a la comunidad internacional a trabajar con urgencia sobre el tema.

En tiempos de menor polarización política, la comunidad de naciones comenzó a trabajar junto con científicos de todos los países para establecer una hoja de ruta que mantuviera al clima dentro de los parámetros de estabilidad que han permitido el desarrollo civilizatorio.

Los acuerdos de Montreal y París

El fruto de esos trabajos fueron diversos acuerdos, los más importante los de Montreal para abandonar el uso de los compuestos químicos que estaban horadando la capa de ozono que nos protege de las radiaciones ultravioletas, y los acuerdos de París, que plantearon como objetivo que la temperatura del planeta no sobrepasara una anomalía de 1,5º C. Durante los últimos 10.000 años la temperatura planetaria no ha variado en esa magnitud.

El acuerdo de Montreal fue un éxito. Era un problema simple y para resolverlo no se alteraban intereses económicos de gran magnitud. Fue adoptado y tal como los científicos habían previsto, sustituidas unas pocas sustancias que se usaban en heladeras y aerosoles, el problema se fue resolviendo.

Pero tocar los intereses de las empresas petroleras es otra historia.

Los acuerdos de París, firmados en 2015, fueron olímpicamente ignorados. El límite de temperatura que los científicos pidieron no cruzáramos se han cruzado en este mes de agosto.

Y mientras en Salto se cuentan los daños irreparables para decenas y decenas de productores hortícolas, lo más grave está por venir.

Los meteorólogos Mario Bidegain y José Serra, entre otros, han advertido por diversos medios la gravedad de la situación.

Respecto a El Niño, Bidegain expresó que el 6 de setiembre la anomalía en la zona clave superó los 2,5° C, con lo que queda configurado como de gran magnitud. Esta anomalía seguirá aumentando hasta noviembre y diciembre. Supone una amenaza climática, por ejemplo, por inundaciones en costa del Pacífico en Perú y Ecuador, sobre el sur Brasil, en Uruguay y en el noreste de Argentina.

Para un país productor de alimentos y fibras naturales, entender la importancia del cambio climático en general y de las crecientes alteraciones en el Océanos Pacífico es de importancia crucial.

Los productores agropecuarios, expuestos a que su resultado económico derive directamente de los vaivenes del clima, ganarán mucho en comprender la importancia de lo que está pasando.

El riesgo climático será creciente por décadas y la volatilidad de precios en las materias primas también.

Campos bajo agua, en Florida, Uruguay.

Campos bajo agua, en Florida, Uruguay.

Uruguay y una ruleta rusa

En ese casino, a veces nos podrá ir mejor. Si los efectos de El Niño llegan tarde, por ejemplo en diciembre, con las cosechas ya levantadas y los cultivos de verano ya sembrados, hasta puede que para algunos sectores sea un buen año. Si el precio del arroz sube por las desgracias que sucedan con los cultivos asiáticos, puede ser positivo para los arroceros de Uruguay. Nada que sea para celebrar, pero ciertamente el efecto económico de corto plazo de este fenómeno terrible no se puede saber.

Si su impacto en Uruguay, más allá de lo que ya ha sucedido, se demora, será un gran alivio para la agricultura.

Si llega en octubre será muy negativo para trigo y cebada y, por supuesto, para el sector granjero.

En cualquier caso Bidegain ha mostrado que los modelos indican una anomalía inédita de entre 3,7º C y 4,3º C sobre finales de año para la temperatura en la zona clave del Pacífico (la llamada Niño 3.4).

En realidad, el calentamiento y la crisis climática son solo una expresión de síntesis de otros variados factores subyacentes: la pérdida de áreas silvestres y de biodiversidad; la contaminación; la erosión; y la desertificación son algunos de los factores que contribuyen a una inestabilidad creciente, que se expresa entre otras formas en sequías e inundaciones.

El libro plantea el enorme potencial que tiene Uruguay como país capaz de plantarse ante el mundo como una plataforma de soluciones en base a su biodiversidad, su matriz energética renovable, su legislación de protección al monte nativo y el campo natural entre otros factores.

Repasa, entre otros, los trabajos del grupo internacional de científicos liderados por Johan Rockström, director del Instituto Potsdam para la investigación del clima.

Estamos en la era geológica del Antropoceno, en la que somos la especie determinante del comportamiento de las variables planetarias.

Ser conscientes de esa responsabilidad puede llevar a corregir los crecientes desequilibrios.

La situación es genuinamente alarmante, como lo ha vuelto a advertir la Organización Meteorológica Mundial este 10 de setiembre, ante el récord de temperaturas de agosto.

El libro busca contribuir a que se restauren y regeneren los necesarios equilibrios planetarios.

Antes de que sea tarde.

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