Pasó de ser referente en Ciencia Política a sentirse prisionera en una institución de salud mental, ahora empieza su nueva vida emprendiendo con las manos en la tierra
Un accidente provocó que Lucía Selios cayera al vacío, el golpe más fuerte estuvo en su salud mental que la llevó a caminar en la cornisa entre la vida y la muerte. Ahora, con una nueva vida en marcha cuenta su historia marcada por la ciencia, la naturaleza y la resiliencia.
“Soy politóloga”, dice, aunque ya no use ese sayo. Y es verdad, la carrera que la apasionó durante años vive en ella aunque ahora no analice la coyuntura política. Su currículum de 79 páginas de la facultad de Ciencias Sociales recopila algunos de los hitos que marcaron su vida académica y la llevaron ser una de las referentes de las encuestas de opinión pública en Uruguay.
La devoción por su trabajo no tenía fronteras."Aunque es el amor de mi vida, no iba a dejar que un bebé pospusiera mi carrera", dice con certeza. Así fue como a sus 30 años viajó con su hijo de dos a Salamanca donde cursó su doctorado y vivió tres años en esa ciudad a la que ahora promete regresar para visitar a los amigos que cosechó durante su estadía.
Allí estuvo hasta que se sintió en la obligación de volver para acercar a su hijo a sus raíces uruguayas y ejercer la dedicación exclusiva en la docencia como grado dos en la Facultad de Ciencias Sociales.
En el último tiempo de actividad en las ciencias abstractas también fue coordinadora de proyectos internacionales. "Estuve en Harvard, en Vanderbilt, en Porto". A eso se sumó la vocación por la docencia que se materializaba en dictar siete cursos entre grado y posgrado y otros extra sobre opinión pública. El recuerdo de sus clases, a la distancia, le llena los ojos de lágrimas. "Me encantaba". "Abría la oficina a las 8 de la mañana y me iba a las 10 de la noche, pero no era tedioso. Me apasionaba. Era genial".
El punto de quiebre
Hasta ahí la historia de Lucía Selios podía equipararse a la de sus colegas profesionales, pero en su vida hubo un punto de quiebre que comienza, según detalla, con la adopción de una mascota. "Mi hijo quería tener ajolotes, pero le dije que no, así que rescatamos un gatito negro de la calle: Justo".
Justo, el gato, borró de plano su histórico temor por los animales, se encariñó. El felino que llevaba una chapita con el número telefónico de Lucía una día, durante la pandemia, se cayó de su azotea y fue a parar al garaje de un edificio lindero. Lucía lo rescató y tres años después la escena se repitió, pero esta vez la gatita accidentada era otra que frecuentaba esa azotea. Los vecinos que ya sabían de la pericia de Lucía para rescatar gatos de ese lugar, la llamaron y la politóloga fue nuevamente al rescate. Puso a la gatita salvo, pero el desenlace de ese salvataje cambiaría su vida. "Cuando me fui a bajar de ese techo de garaje que estaba a más o menos cinco metros zafé el pie de la escalera y me fui al cemento".
Fractura de cráneo. Ocho coágulos en su cerebro. Costillas y una vértebra rotas. No sabe cuántos días estuvo internada. Sabe que está viva de milagro.
Las consecuencias físicas de la caída la lastimaron, pero el verdadero pozo fue la profunda depresión en la que cayó en los meses siguientes que la llevaron, incluso, a no querer seguir viviendo.
En ese momento no podía ver lo bueno de su vida. "Caminaba por la cornisa de la azotea a ver si me caía otra vez porque me parecía que la suerte no había hecho bien su trabajo. Todo una locura". "No era yo, no podía hacer lo que me apasionaba, no entendía nada", cuenta con la voz entrecortada sucedida por una larga pausa que le permite continuar con el relato.
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El delicado cuadro de su salud mental la llevó a permanecer durante un tiempo en una clínica psiquiátrica que vivió como una cárcel. "Me sentí presa y todavía tengo sueños de prisión ahí", confiesa aunque reconoce que la ayudó a recapacitar "sobre que era mejor estar viendo a mi hijo en mi casa que no estar más, que era mi idea". Allí pasó su cumpleaños número 46, vio a los amigos que la fueron a visitar a través de una reja, "me regalaron flores, pero no dejaron entrar el florero porque era de vidrio. Ahí los espejos no son ni de plástico, son una lámina y no te ves".
A pesar del encierro, Lucía encontró allí un grupo que la acompañó en esa recuperación y con quienes se sentía a gusto. "Ellos decían: ´en realidad todo el mundo está loco, a nosotros porque nos agarraron´" y recuerda la historia de uno de ellos que estaba ahí porque su esposa lo había engañado y él, en un ataque de ira, rompió toda su casa. "¿A quién no le puede pasar?", se pregunta.
Lucía tuvo que aprender a vivir entendiendo menos y olvidándose de las cosas. "La junta médica de la Universidad me declaró no apta permanente después de dos años y viendo los test neurológicos que me siguen sin salir perfectos".
Lloró días y noches, siente que dio lo mejor de ella durante su carrera como docente e investigadora. "Todavía me duele", dice y se afianza en las palabras que su hijo le repite cada tanto: "Hiciste lo que hiciste, estuvo buenísimo. Publicaste tanto que capaz que en los 15 años que te quedan no llegabas a ser tan reconocida. Eso ya no lo podés volver a hacer, ahora hay que hacer otra cosa".
De ese pasado queda la letra escrita, el reconocimiento de sus colegas y el legado. "Mi hijo está haciendo Historia en Humanidades y me cuenta que los docentes me conocen. También él me citó en un trabajo y eso fue un orgullo".
No recuerda su diagnóstico concreto, pero sigue trabajando para mejorar cada día con terapias, la ayuda de sus amigas que le dieron una mano para salir del pozo y una afición a la naturaleza que pasó de ser un hobby a convertirse en un emprendimiento.
Rosas y tomates: una nueva oportunidad
Lucía nació en Montevideo, pero se crió en Soriano rodeada de naturaleza. Sus abuelos y su madre fueron un pilar en su vida. Su abuelo Alejandro, era wilsonista y a menudo le hablaba de la justicia social. Su abuela paterna era aficionada a la ciencia y profesora. De ellos tomó el amor por la ciencia y la política, y de su abuela materna el cariño por la naturaleza. "Ella hacía huerta y yo la ayudaba", evoca. Ahora, algo de cada uno de ellos se encarna en su nueva vida.
Sus amigas la impulsaron a tomar el camino de las huertas y jardines como una ocupación e incluso le crearon el logo de su emprendimiento Rosas y Tomates. Lucía puso lo suyo y se preparó para sumarle profesionalismo a lo que ya tenía en su ADN. Hizo cursos en el instituto de Jardinería y Paisajismo sobre huertas en espacios reducidos y en ese camino se dio cuenta de que volvía a entender lo que aprendía.
Con una sonrisa de oreja a oreja habla sin pausa de su emprendimiento que nació hace un mes y revela que aplica algunos valores compartidos con las ciencias políticas que repite como un mantra: Planificación, esperanza, amor, cuidado y disciplina.
En esta nueva Lucía también hay pasión, "estoy orgullosa de lo que estoy haciendo" reconoce mientras cuenta recetas propias y orgánicas para controlar el avance de los insectos en las plantas y que la ilusiona seguir la carrera de paisajismo en el Instituto de Paisajismo o en la UTU. "Es mi objetivo y lo que me impulsa para adelante”.
Su proyecto que dio los primeros pasos en los jardines y balcones de sus amigos hace un mes, espera poder llegar a más hogares uruguayos. "Me ayudó a sanar y ahora me llena", sostiene la politóloga que recuerda que antes siempre quería tener plantas, pero nunca tenía tiempo y ahora quiere ayudar a quienes les pasa lo mismo.
En Rosas y Tomates hace el diseño y mantenimiento de jardinería y huertas orgánicas urbanas, se especializa en patios y espacios reducidos como terrazas, azoteas, balcones y cocinas. Además, ofrece el servicio de cuidado de plantas y mascotas durante las vacaciones. "Ahora tengo todo el tiempo del mundo", dice y afirma que el emprendimiento la hizo "volver a sonreír y tener un propósito". Su nueva felicidad está, hoy en día, en cuidar y en transmitir con su trabajo esa dicha a los demás.