El segundo hallazgo: cuanto más temprano se recibe el primer celular propio con acceso a internet, más uso problemático se reporta después. La edad promedio de ese primer celular ronda los 9 o 10 años y, según el investigador, viene bajando.
"Esto no es un tema digital", insistió. "Si el niño come bien, duerme bien, juega con amigos, le va bien en el colegio, no importa mucho si está más o menos en pantalla". No es, aclaró, una cuestión de mediación de internet por parte de la familia —qué controlo, qué no—, sino de algo anterior: si el niño se siente respetado y escuchado en su hogar. El patrón se repite en Chile, Costa Rica, Argentina y Bolivia, y los datos uruguayos apuntan en la misma dirección.
Kids Online contempla que en internet conviven oportunidades y riesgos al mismo tiempo. Los chicos que más usan internet tienen más chances de desarrollar habilidades digitales, acceder a información y participar políticamente, y también más chances de enfrentar situaciones de uso problemático.
"Si uno cierra las canillas por completo, cierra las cosas buenas y las malas", dijo el investigador. Y marcó una contradicción frecuente: cuando ejecutivos de grandes tecnológicas anuncian que sus hijos no tienen celular, omiten que sí tienen computadoras, tablets y otros dispositivos en casa. La clave, según Dodel, es el concepto de autonomía relativa: regular según la edad y el contexto, sin caer en la falsa oposición entre prohibir y no hacer nada.
"Regular no implica prohibir, y no prohibir no implica no hacer nada", resumió. La evidencia, remató, permite tomar decisiones más fundadas "más allá de lo que la gente crea o no crea, porque en esto también hay un montón de gritos, y no siempre el que grita más fuerte es el que tiene la mejor evidencia".
Las denuncias sobre violencia sexual digital
Pablo López, de la Facultad de Psicología de la Udelar, presentó el análisis de 511 denuncias de violencia sexual digital recibidas entre 2019 y 2023 por la División de Políticas de Género del Ministerio del Interior. El estudio ordenó una información que, según explicó, "está tremendamente fragmentada" y llega por distintas vías: la novedad policial, las capturas de pantalla, las declaraciones y las actuaciones judiciales.
El primer dato: cinco de cada seis víctimas son mujeres. López aclaró que esto no significa que los varones no sufran estas situaciones, sino que denuncian menos. "Los varones y las mujeres emparejan casi todos los fenómenos vinculados a violencia" cuando se les pregunta directamente en encuestas de victimización, dijo, pero en los varones "esa situación no se la comunicaron a nadie y por lo tanto nunca fue a ninguna denuncia".
La edad que más se repite son los 12 años. Las plataformas cambian según la franja: entre los 13 y 17, la violencia llega principalmente por redes sociales (sobre todo Instagram) y mensajería tipo WhatsApp; entre los 7 y 12, el vector son los videojuegos online. "El peligro está en donde ellos estén más allá de lo que uno les permita o no les permita", resumió el investigador.
Otro hallazgo es que en casi el 70% de los casos es un adulto quien descubre la situación, no el propio niño. En dos de cada tres casos es la madre, y suele enterarse revisando el celular. Según López, el niño revela poco y, cuando lo hace, revela tarde: "Cuando realmente está fuera de su control la situación es cuando se decide a hablar". Eso pasa, típicamente, cuando el agresor ya lo está amenazando con algo que el chico no puede manejar solo.
La detección, entonces, depende casi siempre de que haya un adulto mirando. En los casos relevados, la madre se entera al notar cambios de conducta y terminar revisando el dispositivo. También aparecen situaciones en que se enteran por terceros, porque el material ya está circulando.
López subrayó que esto conecta con otro hallazgo del estudio: cuando el entorno familiar es protector, el niño tiene más probabilidades de contar lo que le pasa. Y cuando no lo es, el problema puede seguir por meses sin que nadie lo registre.
Cuando la violencia es exclusivamente digital, el agresor es mayoritariamente desconocido. Cuando deriva en contacto físico, en cambio, suele ser alguien del entorno conocido: "profesor, vecino, lo que sea".
El 53,5% de la explotación sexual comercial pasa por entornos digitales
No fue el único estudio sobre violencia digital presentado este martes.
Valeria Ramos, oficial a cargo del Fondo de Población de Naciones Unidas (UNFPA), presentó el primer estudio nacional sobre explotación sexual comercial de niños, niñas y adolescentes en entornos digitales, realizado junto a Conapees (Comité Nacional para la Erradicación de la Explotación Sexual Comercial y No Comercial de la Niñez y la Adolescencia en Uruguay), INAU, Unicef y la Facultad de Psicología. La investigación encuestó a 135 operadores de primera línea: docentes, policías, operadores de INAU, equipos de salud que acumulaban 2.500 casos atendidos en 10 años.
El resultado principal: en un 53,5% de los casos los entornos digitales son parte de la dinámica de explotación, y cuando entran, no lo hacen levemente. "Es estructural", dijo Ramos. "El entorno digital tiene una importancia muy grande y se rompen los límites de lo virtual y lo presencial", dijo.
El estudio identificó modalidades nuevas: sex-extortion (chantaje donde se extorsiona con contenido sexual de la víctima para entrar a la explotación o para conseguir más material), imágenes producidas con inteligencia artificial a partir de fotos reales de adolescentes, producción de material en plataformas de adultos como OnlyFans —con incidencia especialmente alta entre adolescentes que viven en hogares de amparo— y fiestas relámpago convocadas por TikTok o Telegram, de duración acotada "para que sea de difícil rastreo".
La principal víctima son las adolescentes entre 14 y 18 años, aunque también hay casos en edad escolar y primera infancia. Los agresores son mayoritariamente varones y casi el 70% son conocidos: madres, padres, padrastros y otros vínculos cercanos. "Las tecnologías vienen a facilitar una explotación que muchas veces está facilitada por el entorno comunitario, incluso por el entorno familiar", planteó.
Cuatro modelos de regulación en el aula
Pablo Pagés, jefe de Ciudadanía Digital de Ceibal, presentó un estudio realizado junto a Unesco y la UCU sobre gestión de celulares en la Educación Media pública. Se relevaron 36 prácticas y se seleccionaron 12 experiencias significativas en liceos, escuelas técnicas y escuelas agrarias.
A las tres tipologías previstas —prohibición total, habilitación parcial y habilitación total— la realidad sumó una cuarta: la restricción parcial, donde el celular está habilitado por defecto y el docente decide cuándo se guarda y cuándo se saca.
Según Pagés, la mayor adhesión se da cuando la regulación se construye con participación estudiantil y el control opera entre pares. "Cuando el ámbito integra en su opinión y palabra a los propios estudiantes", dijo, las reglas se sostienen mejor.
El estudio confirma que el afán regulatorio en cualquiera de sus niveles tiene resultado, pero que la propuesta debe ser de cada territorio.
La prohibición total, señaló Pagés, "impide al docente integrar el celular como práctica pedagógica", mientras que la integración total exige compromiso explícito de la dirección y el cuerpo docente para usarlo como herramienta.