19 de octubre de 2026 5:00 hs

Desde hace algunos días, el mundo de la literatura mira a Anne Carson. A ver: no es que antes no tuviera los focos de atención, pero no existe nada comparable al torbellino de entusiasmo que genera el premio Nobel. Este año le tocó a la autora canadiense de 77 años y a mí en particular me alegró: hace tiempo que quería inmiscuirme en sus universos de mitos grecolatinos revisitados y ahora ya no tengo excusas.

En ese sentido, poco te puedo acercar sobre ella más que lo que se ha publicado por aquí y allá. Mis pareceres vendrán en el futuro, cuando haya transitado libros como Eros. El dulce-amargo o Autobiografía de Rojo. Por ahora, me limito a las voces ajenas, que en general siempre son más pertinentes que la propia.

Una de las que te traigo es la de la autora española Luna Miguel, a cuya newsletter estoy suscripto y que hace unos días escribió sobre el Nobel a Carson.

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Uno de sus rescates es que, con este premio, también se le entrega un Nobel simbólico a ese legado del que la canadiense es deudora: Safo, Catulo, Proust, Keats, Simone Weil, Platón, Paul Celan.

También, Miguel escribe esto sobre lo que implica la poesía de Carson:

«Entrar por primera vez en la literatura de Anne Carson significa darse cuenta de que aquello a lo que llamábamos poesía estaba incompleto.La poesía, de hecho, es la conciencia de la incompletitud del mundo. No en vano, Carson es la mayor especialista viva en el estudio y la traducción de la obra de la tan muerta Safo, poeta y cantora griega de la que hoy nos quedan más silencios que certezas. La recién estrenada Nobel de Literatura canadiense entendió pronto la potencia de ese no decir, de ese dudar, de ese entregarse a lo desaparecido para, desde el respeto a la tradición —un respeto que también es sinónimo de enloquecimiento: cuánta ironía hay en sus revisiones de los mitos, en sus eróticas babas al pronunciar las lenguas muertas, en sus ganas de reír y romper con lo heredado— ensanchar el género lírico, ensayar y experimentar con él, extendiéndolo siempre más allá de todos sus límites.»

Me gustaría que me contaras si ya leiste a Carson, si te seduce esta autora, si la vas a ir a buscar. Sé de buena fuente —mi amigo Fernando Medina— que Penguin Random House puso todas las rotativas a trabajar en los dos títulos de los que tiene derechos, Eros. El dulce amargo y La belleza del marido, y que también habrá más desembarco de los títulos de aquellos que publicó Vaso Roto. Oportunidades para leerla existirán.

Dicho esto, yo ya me voy pero dejo otras tres voces de lectores fieles de Anne Carson a quienes convoqué para que escribieran unas pocas líneas sobre un libro de la canadiense. Colaboraron el escritor y músico Daniel Mella —que estará dando un taller sobre ella en Escaramuza próximamente, búsquenlo—, la periodista y escritora Ana Fornaro y mi querida amiga y compañera de Oír con los ojos Iara López, la primera persona en la que pensé cuando me enteré del Nobel a Carson y, con seguridad, la lectora más constante y entusiasta suya que conozco.

Daniel Mella

Voy a jugar el juego imposible de decir cuál es mi libro preferido de Anne Carson y voy a decir que se llama Plainwater, y dentro de ese libro, específicamente, la cuarta sección, titulada The Anthropology of Water, y dentro de esa sección, los textos Kinds of Water: An Essay on the Road to Compostela, y Just for the Thrill: An Essay on the Difference Between Men and Women. Se trata de dos textos que conversan. Son dos diarios de viaje. En cada uno viajan un hombre y una mujer. En el camino a Compostela se camina, se conversa, y reinan las preguntas y no hay tensión sexual. Lo erótico es caminar hacia un destino y hacerse preguntas sin respuesta. En el otro diario, una pareja viaja en auto cruzando los Estados Unidos de este a oeste y el destino es California y el fin anunciado y asegurado de la relación. Son, quizá, los textos en los que Carson mezcla los géneros de modo más libre y contundente. Está el ensayo, el diario, la narración, la poesía siempre, el pensamiento y el sentimiento integrados, el vértigo de su escritura.

Ana Fornaro

Recomiendo Charlas breves, que fue el primer libro de poesía que publicó. Antes había publicado un par de libros de ensayos académicos y con este despuntó en la escritura creativa. Tenía 42 años y ese dato siempre me gustó: aunque escribía desde siempre fue recién en la mediana edad que se permitió publicar su poesía. A su vez este libro es una especie de transición, porque es un juego, casi un chiste, toma temas más o menos académicos y los reduce a una mínima expresión para evitar el tedio. Es una escritura híbrida que mezcla el ensayo, la poesía y la narración. Creo que fue un poco su pasaporte a la libertad, todo lo que escribió después siguió esa experimentación.

Iara López

Tipos de agua: El camino de Santiago (Vaso Roto, 2018) podría describirse como un diario que registra la vivencia de una peregrina sedienta transitando el Camino de Santiago. Pero, como se trata de Anne Carson, no será un registro anodino. En este texto, la escritura como movimiento –que es una de las claves en las que puede pensarse su obra– se acompasa con el pensamiento y sus pies para dar lugar a una obra de belleza. Emprende el camino en compañía de un hombre: «lo llamaré Mi Cid», un hombre que será un misterio que no llegará a conocer. Su viaje es personal –«Me siento tan sola, como si regresara a mi niñez»–, pero en él retumban los ecos de todas las historias de Compostela. Semejante al modo en que el camino fue construido por los peregrinos mientras caminaban, trama el suyo –también dorado–, con palabras, sed, ideas sobre el tiempo, el amor y el agua. «Así como ninguna montaña termina en la cima, ningún peregrino termina en Santiago»; el peregrino descansa y luego despierta: el viaje no ha cesado, acaba en Finisterre, el borde del mundo. ¿Qué encuentra allí? El agua y la noción de que el final nunca es el punto.

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