17 de octubre de 2026 5:00 hs

Los logros “inútiles” de la vida a veces son los que dan más satisfacción. Y los logros se disfrutan más cuanto más requieren de nosotros. El periodista, músico y escritor argentino Marcos Aramburu lo vio de cerca cuando su padre y su mejor amigo pudieron cumplir el sueño de su vida con más de 70 años: construir un barco y usarlo para remontar el Río Paraná desde Buenos Aires hasta el Pantanal brasileño, en el Mato Grosso.

Los dos septuagenarios, más algunos compañeros de expedición, dedicaron cuatro meses a esa expedición que pensaron durante décadas. Y Aramburu se dio cuenta que en ese viaje había más que una colección de buenas anécdotas y escenas pintorescas que incluyen contrabandistas de combustible, yaguaretés, pescadores y artistas.

Se dio cuenta que había una historia sobre esa “conquista de lo inútil” de la que hablaba el cineasta alemán Werner Herzog. Que había una historia sobre la amistad masculina. Que había una historia sobre los vínculos entre hombres de una cierta generación y cómo se llevan con el mundo.

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Así que se puso a escribir. Aramburu, conocido sobre todo por su trabajo en los canales de streaming Gelatina y Olga, además de miembro de la banda Terrores nocturnos, llegó así a su segundo libro, la novela Pantanal.

Y novela es una categorización que le calza bien a este título porque, si bien tiene como eje esa aventura real que protagonizó su padre, no deja de ser una versión ficcionalizada. Sobre ese libro, que este sábado 17 presentará en Montevideo en la Feria del Libro, fue esta charla con El Observador:

Tu libro anterior, Las ceremonias, reúne relatos de consumo de drogas; este es sobre un recorrido aventurero en barco por el Paraná que hicieron tu padre y su mejor amigo. ¿Ya se puede decir que haces literatura de “viajes”?

De alguna forma sí. También, si me pongo a pensar en libros que me hayan gustado de chico o que recuerde mucho, también tienen viajes. Es un cliché lo que te voy a decir, pero casi todos los libros tienen viajes, entendiendo un viaje como alguien que se desplaza de un lado a otro sea de forma mental o físicamente, un traslado. Porque si no es la nada. Entonces resulta difícil pensar en un libro que no incluya un viaje de algún tipo.

El libro anterior tenía la historia de tu madre, este tiene como punto de partida esa aventura de tu padre. ¿Sentiste la necesidad de analizar esos dos vínculos o vino como algo más casual?

Las Ceremonias no nació con esa idea. De hecho, la última crónica, que incluye la historia de mi mamá, la sumé al final de todo, a último momento. No sabía si iba a estar, si valía la pena o no. En cambio Pantanal ya nació de la idea de este viaje de mi papá, fue más consciente. Pero lo tengo presente, lo que me digo a mí mismo es que el próximo libro que escriba tiene que ser sobre algo que esté bien lejos, no puedo ir y escribir de mi tío. Uno empieza por el lugar que conoce, entonces tiene sentido que haya sucedido lo que pasó, pero lo próximo va a tener que ser sobre mundos más lejanos.

¿Cómo fue la charla con tu padre para decirle “quiero convertir este viaje en un libro”?

Fue cuando él estaba haciendo el viaje, que me llegó la propuesta de la editorial de hacer un libro. Antes de decidir quería tener una idea más o menos concreta sobre qué escribir, no era hacer por hacer. Entonces tenía la idea de escribir sobre la amistad, y eso derivó en esta historia. No recuerdo exactamente la conversación, pero creo que fue medio misteriosa de mi lado, le fui soltando poca información a mi viejo. Mismo se sorprendió cuando le llegó el libro, porque pensaba que era más sobre la expedición y sobre el viaje que sobre él.

¿Le resultó incómodo?

Creo que la primera lectura lo tomó un poco por asalto. Ya lo leyó dos veces y no sé si no está en una tercera, porque me dijo que la primera fue muy intimidante de alguna forma. Hasta que el libro estuvo terminado no lo dejé leer nada, entonces estaba medio a ciegas.

¿Y cambió el vínculo entre ustedes de alguna forma después de esto?

No sé si cambió, creo que no, pero sí me ayudó a ordenar mucha información que uno tiene en la cabeza y la empieza a ver de otra manera. También algo que hablé mucho con él y que trato de recordar todo el tiempo es que esto es una ficción. Si bien soy totalmente consciente de que es difícil, trato de separarlo. Es como una especie de constelación familiar. Es complejo porque está lleno de elementos de la realidad, obviamente, pero en definitiva es una ficción, y de hecho yo a mi padre le abrí el paraguas y le dije “no confrontes esto con la realidad, que no compita con cómo fue, porque no es la idea”. Así que sí, organizó la data, y me hizo pensar mucho en los padres en general, en los hombres de cierta edad, creo que ahí hizo su trabajo modificador el libro.

¿Fue como un ejercicio de autoficción, aunque vos no sos el protagonista, pero sí un personaje dentro de la narrativa?

Es difícil separarlo, pero mereció el intento porque ayuda a hacer una división, a resguardar un poco la intimidad. Si esto fuese todo 100% cierto sería una apertura de la intimidad muy grande. Que lo es, pero manteniendo la intriga de qué es cierto y qué no, se resguarda un poco.

Es una historia con referencias muy claras, aparece mucho por ejemplo la película Fitzcarraldo. ¿Te pasaba mientras estabas escribiendo que volvías a ciertas referencias o que se te cruzaran todo el tiempo conexiones posibles?

Sí, re. Muchas las fui a buscar: Fitzcarraldo la había visto varias veces pero la volví a ver; leí los libros y los diarios de rodaje de Werner Herzog. También me empezaron a aparecer muchas referencias posteriores, ahora leo libros que digo “¡Esto lo podría haber incluido!” Un par de semanas después de terminar vi Apocalipsis now y dije “lo podría haber tenido más presente”, y me pasó con otros libros y pelis. Pero es medio infinito, entrás en el libro y todo te lleva ahí. Pero durante el proceso busqué y leí muchos libros que tuvieran al Paraná como escenario, libros de aventuras, y me iba a notando frases, pasajes, cositas. Algunas las usé y otras no. Para mí es algo fundamental, y ahora siento que para escribir otro libro primero tengo que leer cien más, porque si no va a ser un libro muy parecido a este.

Tu dupla de protagonistas son septuagenarios, y hay una cuestión ahí que es la de prestarle atención a la gente más grande, y que ellos puedan tener sus aventuras, cuando por ahí en el imaginario habitual son figuras más pasivas. Es hasta una cuestión de época, de que cada vez hay gente mayor y a ellos también les pasan cosas. ¿Eso se te cruzó en el proceso?

Los jóvenes hemos creado el mundo de la digitalidad para dominarlo, pero el mundo real de carne y hueso sigue siendo para mi dominado por los viejos. No sé si hoy una persona de 18 años sale, como pasaba antes, a recorrer Latinoamérica o a conocer el mundo. A ciertas generaciones el mundo de carne y hueso le da ansiedad. Los viejos son más débiles en la digitalidad, pero todavía son más fuertes en la experiencia tangible. No sé cuantos jóvenes saben arreglar un motor, un aire acondicionado. Y capaz tu viejo no sabe usar Instagram. Pero mi papá tiene 75 años y se sube a una escalera, poda un árbol con un hacha. Está vital. Obviamente, uno tiene una visión muy urbana, capaz en otros tipos de ciudades, pueblos o en el campo hay otras lógicas y un pibe agarra una pala o una tijera de podar sin mucho misterio. Pero en las ciudades el viejo sigue mandando en la vida real.

Como que a los de cierta generación nos cuesta dar el paso y dejar de ser hijos, aunque ya no seamos tan chicos o ya hayamos cumplido ciertos hitos de la vida adulta promedio.

Mismo en cómo nos vestimos, en las cosas que nos interesan. No sé si eso es necesariamente malo. Pero si hay una idea del viejo débil que no sé si se corresponde tanto con la realidad.

¿Vos pensás en la vejez? ¿Te ves de viejo?

Constantemente. Pienso todos los días de mi vida en eso, es algo que me entusiasma de alguna forma. No lo pienso con miedo, pienso mucho en algún día poder construir mi casa, que eso es parte de pensar en la vejez digamos, pienso muchísimo en tener una casa con un jardín y ser un viejo que riega las plantas, está ahí tranquilo. También pienso en trabajar hoy para tener una vejez más calma desde lo mental. Me sentiría muy defraudado si un día me doy cuenta que soy un viejo enojado, un viejo cascarrabias. A mí me gustan los viejos relajados, los viejos panchos, y creo que eso es un trabajo de toda la vida. Veo a los viejos que están enojados y los entiendo, la vida es difícil, pero no es lo que quiero y me preocupa.

¿Vos tenés algún plan así como esta aventura de tu padre, para hacer de grande?

Hoy te diría que el plan es ese de la casa. Sé que es menos épico que un viaje en bote hasta el medio de Brasil, pero al menos en Argentina, hoy es más épico tener una casa propia. Además de que me costaría muy poco emprender un viaje por el mundo. Agarrar la mochila e irme a la India me significaría comerme mis ahorros, pero no es una locura, no es una epopeya como capaz era antes. Construir una casa sí. Entonces creo que en ese sentido cambiaron las cosas, y hoy en día mi Fitzcarraldo es hacer una casa. Porque también tiene eso de lo inútil, hay gente que toma decisiones que te dice que hoy capaz no es una buena inversión hacer una casa, que te rinde más alquilar, eso va cambiando. Pero bueno, no importa. Entonces tiene esa cosa de lo inútil, porque no quiero la casa para poner una granja de bitcoins, la quiero para estar tirado al sol. Entonces hay algo de esa epopeya hacia el ocio.

¿Ya estás pensando en tu próximo libro, te ves siguiendo ese camino?

Sí. Todavía no sé que voy a hacer, pero este libro me dio esa certeza de decir “quiero hacer esto”. Me di cuenta de que me hace re bien escribir, tener un proyecto a largo plazo, repensar y releer lo que escribí. Hoy en día es muy difícil tener ese tipo de ritmo con las cosas que uno hace, con las que yo hago al menos. Todo se pudre rápido. Y como es tan rápido, como que nunca le ponés del todo el alma a nada. Es como si fuese un partido de tenis, lo importante es pasar la pelota para el otro lado y seguir. Y los dos libros me dieron esa paz de tener algo que hacer, atravesar una crisis y sobreponerte a ella, pensar hacia donde querés llevar el proyecto, cambiarle el rumbo. Muchas cosas. Así que si, ojalá pueda seguir publicando, y aún si no aparecieran esas oportunidades es algo que me doy cuenta que necesito seguir haciendo.

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