30 de agosto de 2026 5:00 hs

De la pandemia en adelante, la llamada nature writing —escritura de la naturaleza— se ha convertido en una de las grandes cartas ganadoras del mercado editorial. Si hoy vas a una librería de tu ciudad y te asomás a alguna de las estanterías reservadas para los ensayos, seguramente vas a encontrar títulos que orbitan en torno a los bosques, la conservación del planeta, la incidencia de los glaciares en los océanos, la relación entre la humanidad y el resto del reino animalia y, por supuesto, una de las estrellas contemporáneas: los hongos. De hecho, muchos de esos textos han trascendido a las editoriales especializadas y a los autores más académicos, y terminan siendo libros exitosos que se apropian de formatos híbridos. Aparecen, en ese sentido, editoriales que hacen confluir la literatura y la divulgación con diseños cuidados, como pasa con la española Errata Naturae o la argentina Fiordo.

En otras entregas de Epígrafe hablé ocasionalmente de títulos que podrían ocupar ese rincón de las librerías —Una guía sobre el arte de perderse, de Rebecca Solnit; Vuelos vespertinos, de Helen MacDonald; o Islas del abandono, de Cal Flyn—, y también de novelas que no son precisamente familiares directos, pero algo de parentesco tienen: Los llanos, de Federico Falco; Tiempo sin lluvia, de Cynan Jones; Leñador, de Mike Wilson; o Sobre esta tierra, de la uruguaya Lalo Barrubia.

De alguna manera, estos tiempos acelerados e hiperconectados habilitan la búsqueda de un remanso natural, y si no se puede en la vida material, que sea en la vida lectora. Yo, al menos, lo busco. Y en ese sentido, venía esperando desde hace bastante tiempo la llegada del libro de esta semana: Llamada por las montañas, de Anuradha Roy, editado hace muy pocos meses por Fiordo.

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Lo esperaba porque las montañas me fascinan. No tengo ninguna certeza respecto a la razón, pero tengo pistas. Debe tener que ver con la inmensidad y la fuerza telúrica del planeta imponiéndose, porque también me vuelven loco los volcanes. Sé, por ejemplo, que cada vez que estuve ante las montañas todo se volvió distinto: el aire, el tiempo, la concepción de lo que soy, la línea de la vida, el vínculo físico con mi cuerpo al treparlas durante horas y horas. Sé que me gustaría emprender una travesía de días por alguna cadena montañosa, ver pasar el cielo estrellado a miles de metros sobre el nivel del mar, sé que quiero ver la cordillera del Himalaya antes de morirme.

Algo de eso sentía la autora de este libro, y algo de eso pautó la decisión que tomó: mudarse de la bulliciosa Nueva Delhi a una localidad de montaña llamada Ranikhet, a las faldas del techo del mundo: el Himalaya.

En Llamada por las montañas, entonces, Roy reconstruye lo que significó para la pareja pasar de sus trabajos de oficina en la capital de la India a vivir entre bosques, laderas que reflejan el sol, leopardos que se aparecen de vez en cuando y se quieren comer los perros, nieves eternas en las cumbres que se ven de fondo, vecinos acostumbrados a otra forma de relacionamiento y una cabaña que va creciendo y ganando forma a medida que ellos aprenden a vivir allí.

Ambos, además, mantienen su pequeña editorial independiente desde su nueva localidad, y de esa forma la incidencia de la escritura y la literatura también se cuela en este ensayo que se lee con los tiempos de una vida muy diferente a la que tenemos por este lado del mundo.

Como casi todo en la montaña, se trata de una cuestión de supervivencia. Sales a dar un paseo y regresas todo hinchado por las picaduras de los insectos. Culebras de Esculapio tan grandes como pitones se deslizan por la carretera, a unos pocos metros, y desaparecen entre los matorrales mientras les decimos a nuestras rodillas temblorosas que el peligro ya ha pasado. Las nubes y la neblina vuelven noche al día, confundiendo a los animales nocturnos que han sido desplazados hasta compartir los bosques con nosotros. Los leopardos, que ven mejor después del atardecer, salen a cazar a media tarde si está oscuro, y los jabalíes buscan raíces a la hora de la merienda. A los zapatos les crecen hongos. Escasean las provisiones de verduras y leche. Las flores del jardín, que tanto nos ha costado mantener vivas durante la sequía del verano, quedan aplastadas en cuestión de segundos. La lluvia golpea los techos en rachas que duran varios días. Cuando cesa un poco, hay momentos en que las nubes están tan bajas que no se ve un palmo de la nariz, y en otros son suaves volutas que se estremecen atrasadas por bosques acuosos. El sol se pone en un resplandor rosa y naranja y púrpura, y reaparecen las cumbres nevadas, emborronadas por las nubes persistentes.

La prosa de Roy, como explicita el párrafo anterior, abunda en detalles sensoriales que ayudan a pintar una vida cargada de belleza, aunque no exenta de riesgos y peligros, como dan cuenta fenómenos tan inmensos como los monzones que azotan a toda la India, incluido este rincón del mapa desde donde escribe la autora.

Aquí es una época extraña, la del monzón. No es una estación para la poesía, para las danzas en saris mojados y las canciones de amor como en las películas de Bollywood. En los cerros el monzón siempre ha sido una cuestión elemental. Peligrosa. Últimamente, su violencia renovada nos hace temer por nuestras vidas. Un estallido de relámpagos quiebra el cielo como una cáscara de huevo, los truenos que recorren la casa la ponen a temblar.

Pesa, al final, la mirada de la autora sobre el paisaje que se despliega ante ella y una decisión que cambia el rumbo de una pareja y entrega, de paso, un libro para paladear de a poco, como el descenso al llano luego de respirar una bocanada del aire más puro del mundo, allí arriba, donde el sonido muere y el mundo se abre de formas inimaginables.

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