29 de marzo de 2026 5:00 hs

El Arbolito era un mar de gente. El galpón del emblemático club de barrio de La Teja, devenido entonces en un circuito electoral, esperaba a que Tabaré Vázquez pusiera su voto en la urna. Era octubre de 2004, primera vuelta electoral, y los fotógrafos se habían subido a bancos y sillas, habían llevado hasta escaleras, para obtener la mejor imagen. Decenas de cámaras apuntaban al mismo lugar, todas amuchadas lo más cerca posible de la mesa que se llevaba el centro de la atención. No había certezas, pero se sospechaba: el que ponía su sobre en la caja de votación, pocas horas después, sería quien llevaría al Frente Amplio al gobierno nacional por primera vez en la historia. Y, además, sin ir a balotaje. Más tarde, la gente colmaría las calles como nunca antes en una elección nacional.

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Por eso, la imagen del fotógrafo Martín Cerchiari sintetiza todo aquello que no se ve pero se vuelve indispensable para estar en el momento justo: adelantarse a los hechos. Imaginar antes.

La historia avanza; el fotógrafo la petrifica.
La historia, dice Cerchiari, se cuenta en imágenes.

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Es Vázquez votando antes de ser el primer presidente de izquierda en Uruguay. Es Jorge Batlle, sentado en un banquito de una escuela rural del interior del país conversando con los niños, es Luis Lacalle Pou mostrando su fortaleza física al hacer una bandera en un poste. Es Marta Canessa acomodando las cejas de Julio María Sanguinetti. Es José Mujica, en su chacra, con su perra, o subido a una bicicleta en medio del pelotón.

La foto cuenta, también, quiénes son ellos.

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Cerchiari trabajaba como fotoperiodista en El Observador y desde ese lugar tuvo la oportunidad de ver de cerca al presidente Tabaré Vázquez, alguien que, según describe, “siempre sabía cómo pararse frente a la cámaras” en un contexto de aumento de medios y en medio de la presión de las preguntas que se le hacían. “Sabía absorberlo, a veces con una sonrisita, a veces diciendo una cosa medio irónica, pero como que tenía unas vueltas y lo lograba”.

La sonrisa de Vázquez es, quizá, la característica más recordada por quienes lo miraron de cerca.

“Tabaré Vázquez tenía una tono de voz y siempre las pausas estaban acompañadas por una sonrisa, una sonrisa muy Monalisa, pero que le daba tono a lo que estaba diciendo. En el período que él era intendente, yo lo había notado. La primera vez que lo noté fue en un enfrentamiento que tuvo con el sindicato en la explanada. Salió a hablar y yo creo que la primera vez que percibí esa sonrisa, una sonrisa de escucha, de aparentar comprender lo que está pidiendo el otro, sé que bajó los ánimos de la protesta al punto que se terminó levantando la protesta”, cuenta el fotógrafo Armando Sartorotti.

José Mujica, ante el lente fotográfico, transmitía algo distinto. Primero, por la cercanía. Los protocolos quedaron atrás y eso implicaba, al final del día, mayor proximidad.

Sin embargo, dice Armando Sartorotti, Mujica fue el presidente más consciente de lo que comunicaba. Nada, dice el fotógrafo, era parte de un descuido.

El personaje más fotografiable que encontré fue Batlle por masacre. El que más trabajaba para que se lo mostrara de una determinada forma, fue Mujica. No digo que fuera impostura. Él lo que quería era que se lo viera como lo que era, absoluta y totalmente. Si iban cámaras a la casa y él estaba de chancletas, es porque él quería mostrarse de chancletas, con las uñas medio mal y los dedos torcidos. Él quería mostrarse así. Había una construcción de imagen de parte de Mujica que le hacía al personaje. El discurso estaba acompañado por la imagen que él quería generar de sí mismo”, dice Sartorotti.

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Algo similar recuerda en relación a Julio María Sanguinetti: un hombre que intencionalmente se proyectaba como un estadista. “Es la imagen que él quiere transmitir hasta hoy. Podríamos no haberlo votado o votar exactamente lo opuesto. Sin embargo, no podemos negar que él tiene una construcción de estadista”.

O la actitud “campechana” de Luis Lacalle Pou en las recorridas por el interior del país. Esa cercanía y la forma de aproximarse a quien le extiende la mano, una interacción que le recordaba a Sartorotti por momentos a las formas de su padre, el expresidente Luis Lacalle Herrera. Eso que Cerchiari llama cercanía: un presidente menos protocolar.

"A mí el caso que más me llamó la atención es el caso de Lacalle Pou. Es una persona que está 100 % atenta a todas las personas que lo rodean. Cuando asumió estaba en la presidencia de Diputados esperando con Martín Lema y estaban mirando para afuera por la ventana. Yo me acerqué por atrás y saqué una foto. Él escuchó el disparo, escuchó el clic, y giró, vino y me saludó", recuerda Cerchari que en ese momento trabajaba como parte del staff del Parlamento.

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Todas son, a fin de cuentas, características del personaje a fotografiar. Un fotógrafo conoce de memoria cómo se mueve un presidente, cómo se muestra en un buen día y cómo se ve en medio de una tormenta. Anticipa sus movimientos, sus gestos involuntarios, sus lugares comunes e identifica las fugas, los furcios, los flancos más expuestos de su imagen pública. Y el momento de la foto, dicen, es “intuición plena”.

Fotoperiodismo vs. cobertura oficial

David Puig cuenta que, un día en medio de la campaña electoral de 2014, en medio de una recorrida por el interior, recibió un pedido del hombre al que venía fotografiando para mostrar su mejor versión. Estaban en Cardona, Soriano, cuando Luis Lacalle Pou, en plena calle, le sugiere:

—Prepará la cámara.

Inmediatamente después, Lacalle se agarró del poste de la esquina y posicionó su cuerpo en perfecto horizontal. Después de seguir caminando entre la gente, comentó.

—Díganle a Tabaré que lo espero en esa bandera.

El momento, de los más icónicos de esa campaña electoral, no fue captado por la cámara de su fotógrafo.

“Yo contaba una historia que a la gente le gustara. No era fotoperiodista, lo mío era contar una historia y permanentemente contaba historias de lo que pasaba en la campaña. Una historia probablemente desde la visión de la agencia interesada, pero lo mío era contar historias fotográficamente y lo que quería era hacer buenas fotos, bellas fotos. Me costaban mucho los recados. Este recado, por ejemplo, yo no lo hice”, dice Puig.

Una fotografía es una forma de contar una historia, que varía según quién sostenga la cámara. El criterio periodístico y la mirada institucional persiguen, frecuentemente, fines diferentes. “Cuando yo hago las fotografías de una asunción presidencial estoy haciendo fotoperiodismo puro y duro. Y en el fotoperiodismo puro y duro lo que tiene que primar es, como en cualquier rama del periodismo, la honestidad”, sostiene Satorotti.

Para Cerchiari, que supo trabajar desde la vereda periodística y desde el costado institucional, la gran diferencia es el cuidado del presidente. “Esos cuidados no solamente tienen que ver con cuestiones de imagen –si se cae, si se está bostezando, si tiene los ojos cerrados– sino también de cierto respeto que hay que tener. En la prensa uno no lo tiene porque ese es su trabajo, es un fotógrafo que está buscando otras cosas y que de alguna manera tiene un hambre mayor”, dice Cerchiari.

“Yo no tengo que cuidar a nadie, yo tengo que hacer periodismo”, reafirma Satorotti, que recuerda, por ejemplo, el caso del expresidente Vázquez. “Eso es un problema de ellos, no mío. Si yo tenía que sacarlo desde arriba y se le veía la pelada, honestamente era un problema de Vázquez, no mío. Y yo publicaba esa foto”.

En más de cuatro décadas detrás del lente fotográfico, en los que trabajó en redacciones como la del Semanario Búsqueda y El Observador, nunca nadie, editor o periodista, le pidió que cuidara al presidente. “En 45 años que tengo trabajando profesionalmente en fotografía de prensa, nunca encontré a nadie que me vetara una fotografía, ni siquiera un dueño de diario”, dice.

"La historia se cuenta en imágenes", dice Martín Cerchiari. Y en ese sentido, identifica un aspecto clave en el trabajo diario con los presidentes: "Hacer sentir a los mandatarios que la imagen que ellos reflejan y que el fotógrafo consigue, es sumamente importante para la opinión pública".

"Testigos de la historia"

En la habitación contigua a la que ahora se encuentra había un gentío apretujado a punto de disparar. Los recuerda así: 500 personas metidas en una sala. Un presidente, el presidente de la restauración democrática, y todos detrás de una foto. La foto.

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Aquella fue, para Armando Sartorotti, su primera cobertura de una asunción presidencial. La primera de una serie de fotos presidenciales que continúa coleccionando desde 1985 hasta el día de hoy. También, la que está más nítida en su memoria.

“Fue una cobertura muy emotiva, sobre todo para los que teníamos amigos que todavía estaban presos o que habían pasado por la experiencia de la cárcel e incluso de la tortura durante la dictadura. Quienes directa o indirectamente habíamos vivido las consecuencias”.

Desde entonces los ojos de Armando Sartorotti vieron cómo la banda presidencial caía sobre el pecho de cada presidente desde la restauración democrática, y su cámara capturó el bautismo de cada gobernante. Un trabajo extenuante. Especialmente desde que comienza en el Palacio Legislativo, se extiende por Avenida Libertador en un trote ágil junto a la dupla de gobierno, y termina allí, en el balcón del Palacio Estévez.

"Hay una emoción y una esperanza en el futuro", dice Cerchiari. Una sensación de nuevo comienzo que se cuela en las imágenes del trayecto entre la gente. Una forma de retratar también otra cara de la ciudadanía. Un perfil que se renueva cada cinco años. "Uno lo puede sentir en el recorrido que hace en la fórmula presidencial".

Sartorotti fue el primer editor de Fotografía de lo que comenzó como El Observador Económico en 1991. Un equipo de fotógrafos que imprimió una nueva forma de hacer periodismo. Uno de los cambios, quizás el más removedor e identificable, fue una manera de retratar desde los pequeños gestos. O, como dice él, “anecdotrizar” a los personajes sin ridiculizarlos.

“Para nosotros era muy importante porque esos personajes se humanizaran cuando los mostrábamos de una forma determinada. Me acuerdo, como ejemplo, una foto de Magela Ferrero cuando asumió la segunda presidencia Sanguinetti. En la previa a lo protocolar, cuando estaban esperando para recibir a embajadores y dignatarios extranjeros para saludarlos, Marta le arregla las cejas a Sanguinetti”.

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Marta Canessa le arregla el pelo al presidente Julio María Sanguinetti en 1996
Marta Canessa le arregla el pelo al presidente Julio María Sanguinetti en 1996

Es una fotografía prácticamente de entrecasa. Un gesto delicado, de cariño, de cuidado. Un segundo de ternura en medio de la vorágine protocolar y el peso de la historia. La única fotografía que recuerda de aquel día. Algo similar sucede son su foto de Lacalle Herrera acomodando la banda presidencial minutos antes de saludar en el balcón.

“Son fotos que no son el pico, no son la cumbre del evento. Son fotos que dan rasgos de personalidad de los fotografiados. Y eso yo creo que es mucho más importante que generar desde el fotoperiodismo que una imagen cuidada”.

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Eso que Sartorotti llama “humanización”, Gastón Britos lo llama “picardía”. Esa atención al gesto, a pose, a la expresión, que muestre al sujeto fuera de los márgenes preestablecidos. Con un único límite: la ridiculización del sujeto fotografiado.

Camilo Dos Santos trabajó una década como fotoperiodista, antes de convertirse en el fotógrafo presidencial de Yamandú Orsi. Y en cualquier momento de su carrera identifica una responsabilidad histórica. “Más allá de mi trabajo como fotógrafo, que está todos los días con el presidente, entiendo también a la profesión como algo importantísimo en el momento de documentar la historia de todo lo que sucede en la vida de este país”, sostiene.

Pero la historia también modifica el trabajo de los fotógrafos. En un contexto de avances tecnológicos, de estímulos visuales, redes sociales e hiperconectividad. Tomar una foto tiene nuevos desafíos. “En medio de esta revolución digital que es maravillosa, los fotógrafos estamos desnudos. Ya no es el manejo de la técnica lo que nos distancia del resto de los mortales, ahora lo único que nos queda es el ojo. Hay que ejercitarlo”, dice Sartorotti.

En este sentido, el fotógrafo hace un ejercicio permanente y constante con su cámara de bolsillo: fotografiar aquello que puede pasar desapercibido. Una búsqueda estética que después va a volcar a la fotografía documental.

"¿Qué es lo que dice que una fotografía tiene un valor estético? El tiempo. Una foto que ven dentro de diez años y sin importar su contexto dicen qué foto potente. Esa es mi mayor aspiración, es el Nirvana, es la olla de monedas de oro al final del arcoíris. El lugar utópico al que quiero llegar: que algún día una fotografía mía se sostenga en el tiempo, al punto de que alguien diga merece estar colgada en esta pared”.

Fotografiar el ritmo y el sentir de su tiempo. De su historia. La sociedad en la que está inmerso y su forma de ejercer la democracia, su forma de habitar la ciudad y hasta la manera de celebrar un triunfo. También, cómo afronta un evento global desde este rincón de América del Sur. Fotografiar, a fin de cuentas, cómo se vive en el Uruguay de este tiempo.

Sartorotti lo resume en una simple frase: “Siempre nos queda aquello de ser testigos de la historia”.

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