Hay libros que marcan principios y finales, y para Valeria Luiselli hay uno que es indivisible de esos dos vértices temporales que, sin embargo, se confunden: Desierto sonoro. Esa novela publicada en 2019 le dio a la autora mexicana de 42 años algunas cosas que, hasta el momento, no eran tan representativas de su vida, pero a partir de allí pasaron a serlo. Por ejemplo, que alguien como Barack Obama te sume a una de sus influyentes listas de fin de año. Que a partir de eso te llueva una popularidad inmensa, que desde allí tu nombre quede bien arriba en la lista de autores latinoamericanos que están dominando buena parte de la literatura contemporánea actual. Y por fuera de todo eso, Desierto sonoro, una novelaza con todas las letras por su ambición, su deriva narrativa y su hibridación con el ensayo —seña de identidad, a esta altura—, le regaló a Luiselli algo más: el sonido.
Unas dos horas antes la autora mexicana conversó, café mediante, con El Observador. Allí Luiselli se extendió sobre los vericuetos de su nueva historia —que pone a una madre y a una hija de viaje en Sicilia, luego de un divorcio que desarma a la familia y que las tiene buscando nuevos comienzos, nuevos intermedios, nuevas conclusiones—, y también sobre el peso de los clásicos en su escritura, su relación con la autoficción y la preguntas que, por ejemplo, la pusieron cara a cara con una nueva forma de entender su vínculo con el tiempo. De nuevo, un nuevo principio. Siempre el principio.
En una de las primeras entrevistas que diste a raíz de Principio, medio, fin, decías: “Iré entendiendo de qué va a medida que hable con otras personas”. ¿Ya lo sabés? ¿Y cómo ha cambiado tu mirada sobre el libro a partir de esa construcción colectiva de significado?
Entiendo más y sí, fue a raíz de tener conversaciones bonitas e intensas con diferentes lectores, periodistas y libreros. Así voy coleccionando una subtrama, una especie de texto fantasma detrás del texto. Ahora bien, sigo pensándolo porque no es un libro que se pueda abordar fácilmente a partir de la pregunta sobre la trama Y creo que es porque está construido a partir de una constelación de preguntas y ensaya, en torno a esas preguntas, un trayecto que poco a poco va emergiendo. Esas preguntas derivaron de una pregunta original sobre el origen, sobre los principios, una pregunta que no es no mía, por cierto, sino de mi hija. Yo le leía mitos griegos por las noches y un día me preguntó por qué en estos mitos de origen siempre todo estaba partido en dos mitades, qué significa que las cosas siempre estén rotas al principio. Es una pregunta enorme que yo jamás me había hecho a pesar de haber leído treinta veces el Génesis, muchos mitos griegos y la epopeya de Gilgamesh, en los que siempre hay un episodio de destrucción o una gran división. De hecho, en algunas interpretaciones de la recuperación de mitos de Hesíodo se dice que todo viene del caos, pero el caos en ese momento no significaba lo que significa hoy, sino que se asociaba más bien a la apertura, a algo que se abre para dar luz a otra cosa. La novela comenzó explorando esa pregunta por el origen y el principio como resultado de algo que se rompe o se abre. Allí están esta madre y esta hija, que después de una ruptura, de la pérdida de una pequeña tribu, una pequeña familia, tienen que volver a empezar. Y esa, quizás, sea una de las experiencias humanas más constantes: volvemos a empezar tantas veces.
En la novela esos principios se fusionan con los finales, y viceversa. ¿Qué relación tiene eso con tu trabajo en la escritura? Pienso, por ejemplo, que el principio del proceso de este libro quizás estuvo tamizado por el final de otro que fue el de Desierto sonoro, un título muy importante en la línea temporal de tu carrera.
Sí, claro. Lo que sucede es que, como en mi proceso de escritura no hay una pauta clara dictada por una trama y voy explorando un poco la deriva de los libros, un poco gracias al azar pero sobre todo gracias a la continuidad de una curiosidad que me lleva a un lugar o a otro, me quedan muchas cosas en el camino sin responder. En todos mis libros trazo puertas que dejo nada más que entreabiertas y se quedan allí, son semillas que no terminan de crecer del todo. Me ha ocurrido a lo largo de esta vida de escritura que esos lugares, esas puertas semiabiertas, son luego puertas que abro más ampliamente y que cruzo del todo en una siguiente etapa, en una siguiente búsqueda, en un siguiente libro. Entonces, por ejemplo, en Desierto Sonoro empecé a explorar de manera teórica y dentro de la ficción el sonido y los paisajes sonoros, cómo escuchar y cómo grabar, cómo se entiende el mundo de las historias orales junto con el mundo de la grabación de paisajes y qué es eso. Ese fue un trabajo que hice sobre la página y que nunca exploré de modo real en el mundo, pero me quedé con la curiosidad.
Valeria Luiselli ©Clayton Cubitt 3
Y a partir de allí sí empezaste a trabajar con el sonido, ¿no?
Sí, llevo cinco años grabando paisajes sonoros en la frontera México-Estados Unidos con un equipo de ingenieros de sonido. Y eso, a su vez, produjo a lo largo de la escritura de esta novela una forma de acercarme al sonido de la naturaleza. A mí el sonido del mar siempre me ha gustado, el del viento, pero nunca le presté tanta atención al mundo natural desde ese lugar como sí lo pude empezar a hacer a partir de estar cinco años grabando lo que antes consideraba silencio. Porque nunca es silencio: hay grillos, pájaros, rumores de la tierra, el polvo. Para este libro, antes de terminar de escribir hice un par de viajes con uno de mis colaboradores en otro proyecto y mi pareja, que es ingeniero sonoro, y grabamos sonidos en la isla de Sicilia. Este libro está escrito pensando en el sonido. Fuimos a grabar volcanes porque queríamos grabar los cuatro elementos de Empédocles: fuego, tierra, agua y aire.
Los volcanes están muy presentes en este libro.
Desierto Sonoro me condujo al sonido y Principio, medio, fin para mí fue un pasaje a los volcanes. Soy de una ciudad volcánica, tengo tatuada en la conciencia al Popo y a Itza (Ndr: el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, los dos volcanes que custodian la Ciudad de México), pero nunca le había prestado la atención que merece un volcán. Y ahora me he vuelto una obsesiva de ellos. Porque cuando uno escribe y conoce un poco más de algo, se abre un mundo. Creo que los siguientes 10 años de mi vida necesito pasarlo con los volcanes. En la novela forman parte del paisaje de Sicilia, y yo la pienso como un territorio fronterizo en un sentido tectónico, porque ahí están las placas africanas y europeas chocando todo el tiempo y generando esta actividad volcánica, pero también es una frontera histórica del Mediterráneo, a donde llegaron todos los mediterráneos en su momento, los cartagineses, fenicios, árabes, romanos, griegos. Me interesa además pensar en Sicilia luego fue una frontera hacia afuera, porque mandaba afuera todos esos barcos que se fueron llenos de italianos que llegaron a nuestros países, y ahora es una frontera que recibe pero que también rechaza. Pensé mucho en esa amnesia de la historia y qué rápido se le puede olvidar a un pueblo que también fueron migrantes.
Una característica de tu obra es la intertextualidad. Da la sensación de que siempre estás escribiendo con libros a tu lado, y dejando que esos textos ingresen al tuyo. En Los ingrávidos pasaba con el poeta Gilberto Owen, en este caso aparecen continuamente Plinio El Viejo y otros autores clásicos, como Hesíodo, Homero y más. ¿Qué te da trabajar con este combustible?
Es que para mí la escritura es una conversación. No ocurre en el vacío, nunca. Siempre hay otros que han explorado esas preguntas de las que hablaba antes con profundidad, con atención. Los respeto, entonces, como amigos en el camino, como voces mentoras, de compañía, como los fantasmas de los que hablaba Quevedo de su biblioteca: “vivo en conversación con los difuntos y escucho con mis ojos a los muertos”. Esa conversación es de una atemporalidad absoluta, en ella todo el pasado es presente y el presente es pasado. Estamos todos ahí hablando. Por eso me gusta pensar que en este libro los antiguos no están ahí como fundadores de un canon ni de la última palabra, sino al contrario, de la primera palabra que se puso sobre algo, la primera piedrita, la primera vez que se documentó un volcán por escrito, la primera vez que se trató de darle nombre a los vientos y de entender cómo funcionaban las corrientes, por qué el mar era salado y por qué variaba de profundidad, de dónde vienen las montañas.
La novela se adentra varias veces en la cuestión de escribir a partir de los trazos de la vida y de cómo ficción y realidad se confunden, y en lo que les sucede a los otros, a los lectores, frente a esa confusión. ¿Qué te interesa trabajar de eso? Imagino que ya estás cansada de que te pregunten constantemente si lo que escribís está basado en tu vida.
Cuando eso pasa es culpa mía, porque yo misma juego a eso. Pero para mí es interesante de dónde sale ese juego. Porque cuanto más pasa el tiempo y los libros, más me divierto. Por un lado, me divierto cuando una ficción se establece como real por fuera. Por ejemplo, en esta novela la abuela siciliana de la protagonista se roba un mosaico de Proteo y es un objeto heredado en la familia, que está en el centro de la novela todo el tiempo. Hace poco, en un viaje a la Villa Romana del Casale, que existe y está Sicilia como en la novela, fui a grabar unas cosas con la editorial. Habíamos pedido permiso para filmar ahí, y le habían mandado la novela al jefe de cultura de Casale y al jefe del ayuntamiento. Cuando llegamos nos recibieron en comitiva y de pronto se me acerca el jefe de cultura de la villa y me dice “Valeria, te tengo que preguntar si en efecto tienes un mosaico que posiblemente nos pertenezca”.
Supuso que estabas confesando en la novela un crimen heredado contra la arqueología.
Claro, imagínate. Obviamente es ficción, ya me gustaría que no fuera (rie). Pero en ese momento decidí no confesarle que era ficción. O sea, más bien decidí solo sonreír y dejarlo pasar. Cuando la ficción rebasa sus bordes como en ese caso, para mí empieza un juego muy rico, porque es cuando la literatura encuentra su modo más travieso y jode con la realidad. Por otro lado, también me importa en el sentido opuesto: cuando la ficción es nuestra mejor guía para la urdimbre de nuestras vidas. Hay un cuento de Borges, La memoria de Shakespeare, que Piglia interpreta como una gran alegoría de los lectores, es decir, todos somos ese protagonista que de repente hereda una memoria ajena y también tiene la suya propia. Y nuestras dos memorias, la literaria y la propia, conviven una con la otra. Yo iría un pasito más allá de lo que dijo Piglia: no conviven en un espacio reservado para cada una, sino que son aguas que se mezclan todo el tiempo. Hay una marea que une todo lo que leímos y lo que vivimos, y la escritura misma nos es dada por ese andamiaje de quiénes somos como lectores, de qué libros leímos, cómo vemos la realidad. Eso lo produce la lectura. Y esa es la única libertad que tenemos, por cierto, frente al tiempo y las cosas que nos pasan. Lo que nos pasa no lo podemos elegir casi nunca. Pero cómo lo construimos como historia, eso sí. Y si somos mejores lectores, vamos a ser mejores narradores y constructores de la historia.