Durante casi tres décadas, la economía del bienestar tuvo una figura que se repetía con terquedad en cualquier país donde se la buscara. Si uno ordenaba el bienestar declarado por edad, aparecía una U: jóvenes relativamente satisfechos, un pozo alrededor de los cincuenta y una recuperación en la vejez. Dibujada en un papel, la curva parecía una sonrisa. Más de 600 trabajos académicos la documentaron. Era, en buen romance, el consuelo estadístico de la crisis de la mediana edad: lo peor pasa.
Esa sonrisa perdió una de sus comisuras. The Economist lo volvió a poner sobre la mesa: el extremo izquierdo de la curva, el de los jóvenes, se hundió. La etapa de la vida que debería ser la de los sueños, las esperanzas, la de construcción de un camino vital, parece que para muchos jóvenes ya no lo es.
David Blanchflower, el economista de Dartmouth que más hizo por instalar la U, lo admite con una honestidad poco frecuente en la academia: esa relación fue el centro de buena parte de su investigación "hasta que dejó de serlo". Junto con Alex Bryson encontró que el malestar ya no alcanza su pico a mitad de la vida sino al principio. Un relevamiento global que él mismo cita detecta el deterioro de los jóvenes de 18 a 24 años en 167 de 193 países (NBER Reporter, 2025). El quiebre arranca hacia 2013 y se acelera desde 2017. Las mujeres jóvenes llevan la peor parte. La hipótesis que el propio Blanchflower considera más firme es incómoda por lo cotidiana: las horas frente al teléfono.
Uruguay no tiene su curva dibujada con ese detalle. Tiene algo más crudo. El suicidio es la primera causa de muerte entre los adolescentes de 15 a 19 años. En 2024, la tasa del tramo de 20 a 24 años llegó a 33,2 cada 100.000 habitantes, el máximo registrado para esa franja. Los datos de 2025 traen un matiz que conviene leer sin triunfalismo, como pidió el propio ministerio: 668 muertes, la cifra más baja en diez años, pero 6.140 episodios de intento de autoeliminación, y siete de cada diez personas que lo intentaron fueron mujeres. Menos muertes no es lo mismo que menos dolor.
El suicidio nunca tiene una sola causa y sería irresponsable sugerir lo contrario. Pero hay una pregunta que, como consultor, analista en temas económicos, académico, y como padre no puedo esquivar: ¿qué horizonte le ofrecemos hoy a un joven uruguayo de veinte años? El bienestar no se construye en el vacío. Se apoya en anclas bastante concretas: un vínculo, un lugar donde aprender, un trabajo que le diga "te necesitamos".
Ahí los números vuelven a ser duros. En el primer semestre de 2026, el desempleo de los menores de 25 años se ubicó en 24,3%, más del triple del 7,4% del promedio nacional (INE). Uno de cada cuatro jóvenes que busca trabajo no lo encuentra. Al mismo tiempo, en cualquier reunión con empresarios aparece la queja inversa: no consiguen gente. El fenómeno no es local; el 72% de los empleadores del mundo declara dificultades para cubrir puestos (ManpowerGroup, 2026). Jóvenes que no encuentran empresas y empresas que no encuentran jóvenes. Entre ambas orillas hay una brecha, y esa brecha se llama formación.
Uruguay lleva demasiado tiempo conviviendo con ella. Según el INEEd, apenas el 51,6% de los jóvenes de 21 a 23 años había terminado la educación media superior en 2023. En la región solo quedaban por debajo Honduras y Haití; Chile rondaba el 92%, Paraguay el 73% y Argentina el 65%.
Para un país pequeño, sin mercado interno que lo sostenga y que necesita exportar conocimiento además de alimentos, la inserción internacional inteligente es una aspiración difícil con la mitad de sus jóvenes sin el título que hoy funciona como llave mínima de casi cualquier empleo formal. Es también un problema de crecimiento: muchas empresas que quieren expandirse chocan contra un techo que no es de capital sino de personas.
Hay, sin embargo, una luz. El 17 de setiembre la ANEP presentó su Monitor Educativo: en 2025 egresó el 68,6% de los estudiantes de liceos públicos que cursaban el último año de media superior, contra 60,8% en 2024. Son 7,8 puntos en un año y el registro más alto de la serie.
Conviene leer bien el dato: mide a quienes llegaron a la recta final, no a toda la generación, y no cuenta a los que quedaron por el camino. Pero en un sistema que durante décadas se movió de a décimas, casi ocho puntos recuerdan algo que habíamos olvidado: el egreso no es una fatalidad cultural.
Lo que falta es tender el puente hacia la otra orilla. Que el joven que egresa encuentre una empresa dispuesta a formarlo, que la capacitación se entienda como inversión y no como favor, y que la educación técnica deje de ser la opción de segunda. Y que la salud mental de los jóvenes se discuta como lo que también es: un asunto de desarrollo, no solo sanitario.
La curva del bienestar no es un destino; es un retrato. Durante treinta años mostró una sonrisa que empezaba en la juventud. Hoy esa comisura está caída en casi todo el mundo. Uruguay no va a enderezarla solo, pero puede decidir cuántos de sus jóvenes empiezan la vida adulta con un título, un trabajo y alguien que los espere. Devolverle la sonrisa a la curva empieza bastante más cerca de lo que creemos: en un aula de sexto año.