Para los uruguayos desde el año 1950 la palabra Maracaná es símbolo de muchas cosas. De sentimientos, emociones, la historia de David contra Goliat real en tiempos modernos. Mucho se ha dicho y escrito. Con el paso del tiempo, lejos de que quede como un recuerdo difuso, se ha ido agigantando como una hazaña difícil de repetir. Soy de los que no la cambia por nada. Como no hay alegría sin dolor, queda el sabor amargo del trato final a los campeones del mundo, los protagonistas del Maracanazo.
La incidencia del fútbol en nuestra vida social es contundente y Maracaná tiene su calle, pasaje y barrio en el oeste de la capital, una de las zonas con mayor incidencia de pobreza. Quizás como una factura que nos cobra la historia, nos recuerda los orígenes y situación terminal de muchos de los “campeones”, o tal vez como una triste ironía del presente que subraya a los que difícilmente “triunfen” o reciban galardones en su vida.
Cerca del Estadio Maracaná, en la ciudad de Río de Janeiro, nació el expresidente de Brasil, Fernando Henrique Cardoso. Su actividad pública ha dejado frases que, en lo personal, siempre me llaman a reflexión.
Entre ellas: “varias veces he perdido la popularidad, pero nunca la credibilidad”, transmitiendo que liderar (sobre todo una nación) implica muchas veces tomar decisiones que están lejos del aplauso fácil, pero importa el cómo se toman esas decisiones, cómo se transmiten, y cómo más allá del disenso tener la capacidad de conservar la credibilidad porque se ha sido transparente y consistente.
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Fernando Henrique Cardoso
Otra frase que es un llamado a la acción: “entender lo posible, para conocer y cambiar la realidad”.
Vivimos en tiempos en los que ya no es posible hablar de “la realidad”, así como tampoco (aún más arriesgado) hablar de “la sociedad”. No es intención de esta columna discutir terminologías desde el punto de vista sociológico, pero sí desde el ojo analítico de tipo experimental decir que, con pronunciado énfasis, “la realidad” o “la sociedad” resultan demasiado sintéticos, tanto desde la acepción de síntesis o resumen, como el olor a artificial que desprende.
Existen “realidades” y diría que esas realidades reflejan una profunda fragmentación social, tanto que diría que coexisten “sociedades”. Las normas comunes de convivencia que definen a una sociedad hoy están desdibujadas. La probabilidad de que las diferentes “sociedades” interactúen de igual a igual a lo largo del día es cada vez menor, aún viviendo dentro de las mismas fronteras políticas o en la misma ciudad.
Así, hay barrios para sociedades pudientes, y barrios para sociedades pobres, hay prestadores de salud, educación, medios de transporte, clubes sociales, locales comerciales, espacios públicos, (la lista podría seguir); formas de organizar el día a día social que asegura de algún modo que los cruces sean cada vez más casuales y menos frecuentes. Y por supuesto, hay quienes dedican sus vidas, desde sus vocaciones y organizaciones, a intervenir y resistir para que la fragmentación no se profundice y a pesar de esos esfuerzos es probable que queden cortos.
No es una característica exclusiva del Uruguay, diría más, creo que es un fenómeno que ha ido llegando a posteriori de otras latitudes como tantos otros fenómenos contemporáneos. A veces, el único cruce, la única pausa reflexiva a fórceps, es la cruda crónica roja. Digo a veces porque también nos hemos acostumbrado a esas noticias y es cada tanto, cuando acontece algún hecho que vuelve a sacudir, a conmover, a movilizar los limites de lo que creíamos tolerable despierta la masiva atención, claro solo de forma temporal.
El reciente cuádruple crimen en el barrio Maracaná es una muestra de lo que puede estar aconteciendo en “sociedades” alejadas de quien escribe y probablemente de quien este leyendo estas líneas. Días pasados, una nota de Tomer Urwicz publicada en El Observador, daba cuenta de cómo se distribuyen los ingresos per cápita en los barrios de Montevideo y también de cómo esa situación se asocia a los años de estudio de las personas.
Viene a ratificar, con rigurosidad académica, lo intuitivo de que en aquellos barrios más postergados desde lo económico, viven las personas con menores años de estudio. Esta situación, creo, aparece sumergida en un proceso de retroalimentación. Las probabilidades de desafiar y superar las condiciones de nacimiento, determinantes de base, son escasas y poco frecuentes.
Frente a estas realidades, puede quedarnos la opción de mirar para el costado. De seguir nuestro día a día nutriendo a “nuestra sociedad”, obviando a las otras, o pensar al menos escenarios alternativos y entender qué puede hacer cada uno de nosotros desde el lugar que ocupe.
Es imperioso incluir en la agenda pública cómo nuestro sistema económico entrará en conexión con esta coyuntura social y discutir cómo apostaremos a un crecimiento económico sostenible a tasas dignas, que genere riqueza y dote de recursos al Estado, que es la gran institución común que atraviesa a todos quienes vivimos dentro de fronteras. Cómo se diseñarán políticas públicas de ejecución eficaz que tiendan a zurcir el fragmentado entramado social.
En este Maracaná los de afuera no podemos ser de palo.