“La imagen que dio la vuelta al mundo en un par de horas, y que trajo a la actriz Gwyneth Paltrow a esta historia —lo primero que hizo fue retuitearla, asqueada—, es obra del fotógrafo belga Olivier Ferrac, y muestra a un perro, su raza incierta, clavado en un palo, muerto, a casi dos metros de altura”.
El golpe de efecto es automático y no se puede no seguir leyendo. Manuel Soriano, su autor, lo sabe. El jurado que le dio el último premio Onetti también. Incluso hasta los perros empalados seguramente lo sepan, ahí arriba, en la estaca. Las chicas doradas (Hum, $650)se abre con ellos y abre también un universo nuevo. Es una de las primeras veces que este escritor argentino de 46 años radicado hace más de veinte en Uruguay escapa de su acostumbrado realismo y se hunde en los pantanos de la ¿distopía? ¿La ciencia ficción? No importa demasiado. O en realidad lo que importa es que Las chicas doradas encuentra su propia forma, su propio registro, a medida que se desenvuelve. Al decir de Gustavo Espinosa en su contraportada, "es un artefacto literario del tamaño de los pesos cruceros". Y es una novela ambiciosa y potente, de lo mejor de quien la firma.
Las chicas doradas estuvo guardada durante bastante tiempo. Hace años, en otra entrevista con este medio, Soriano llegó a decir que le quemaba, pero además estaba metido en otras cosas. En el periodismo y la crónica, por ejemplo. Ya fueran sus textos para Gatopardo, Revista Anfibia y otras publicaciones, o los libros Las cosas que veo y ¡Canten, putos! Historia incompleta de los cantitos de cancha, durante los últimos años se ocupó de lo tangible, la materia real de las cosas. Y también de una serie, Ángel, que dirigió y escribió, y que tiene un camino más o menos claro hasta su estreno, que él estima que será sobre fin de año.
Pero el premio Onetti sacó la novela del cajón. Y el veredicto del jurado, compuesto por los autores Gustavo Espinosa, Vera Giaconi y Anne Gauthey fue contundente: “Es una novela vertiginosa, de prosa potente y profesional. Unas tramas asimilables a lo que suele llamarse ‘género’ (como el policial o las distopías) se entretejen de modo eficiente y funcional, pero también generan densidad dramática y aun poética”. Soriano, sentado en un café de la calle Tristán Narvaja, estira una sonrisa incómoda ante estos argumentos. Los halagos no lo fascinan, o eso parece.
“Por primera vez me pasó que la tuve un tiempo sin publicar. Por lo general de las cosas que he escrito las publiqué más o menos rápido. Mientras las escribía, sabía dónde las iba a sacar. Pero acá le di mil vueltas a la edición y tuve dudas”, cuenta cuando repasa la historia editorial de Las chicas doradas. Enseguida agrega que el Onetti le pareció una buena idea para destrabar ese camino, pero no fue el único concurso con el que intentó. Con un Premio Clarín a sus espaldas por ¿Qué se sabe de Patricia Lukastic? en 2015, volvió a probar suerte en el plano internacional. Fue por el Alfaguara y el Herralde, dos premios pesados.
“Son premios en los que, de los 500 que se presentan, competís con al menos cien autores que son buenos o muy buenos. Un agente me lo explicó muy claro: me decía que está bien presentarse al Herralde, por ejemplo, porque no lo vas a ganar pero tal vez quedás finalista y te publican, y después tal vez te publican un par de libros más. Obviamente hay excepciones, pero es como el proceso normal. Y cuando pensás eso te hacés un poco la película y después… No es que te conformás, pero entendés. Porque cuando empezás a trabajar con agentes te dicen ‘tratá de escribir algo más parecido a esto que funciona bien, andá más por este lado que esto es lo que se está vendiendo”. A mí no me sale hacer eso. Y ni siquiera lo digo como una postura de ‘uy, no, mi arte no puede ir por ese lado’. Simplemente no me sale. Además tampoco tenés garantizado que si escribís un libro con una fórmula vas a vender un montón de copias, no es así. Así que llega un momento que elegís hacer lo que querés”, dice.
Efectivamente, en Las chicas doradas hizo lo que quiso, en el mejor de los sentidos. Soriano parte de la base arquetípica de lo que las novelas distópicas suelen plantear —un territorio futuro con guiños familiares, un gobierno cuasi autocrático donde ciertos dispositivos tecnológicos juegan un rol fundamental en el lavado cerebral de la población, un equipo de investigadores que deben resolver un enigma criminal—para luego pasar a una historia que se desborda con gracia y ritmo sobre sus pliegues más insólitos y bizarros: una maratón forzada de películas de Gwyneth Paltrow, una suerte de etnia indígena de mujeres muy bellas y socialmente escindidas, los pormenores íntimos de los detectives protagonistas, cierta crítica al ecosistema artístico y mediático actual y, claro, el misterio de los perros empalados.
“No sé si es ciencia ficción”, dice después de un buche de café. “Comparada con Rugby, que es una novela 100% realista, sí, se corre muchísimo. Creo que uno se va aburriendo de ciertas cosas y va probando otras. En ese sentido, no fue tanto una decisión”.
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La decisión, en todo caso, fue ir por la ambición. Aunque Soriano asegure que delinear sin fisuras cada retazo del universo que estaba creando no le quitó el sueño, mientras se lee Las chicas doradas queda claro que el edificio tiene buenos cimientos.
“Para construir el mundo de la novela seguí un poco los consejos de Kurt Vonnegut: no le des tanta importancia, porque a nadie le va a importar tanto. Si bien la novela tiene un clima policial y distópico, también tiene cierto límite y juega con la parodia, o con algunas cosas más raras. Me di cuenta después: abro ciertos paraguas para no atraparme a mí mismo, para no pintarme contra una esquina y tener cierta libertad de juego”, agrega.
La carrera y la carrera por la novedad
El Onetti puso a Soriano bajo el foco acostumbrado que implican los premios, en este caso uno de los tres grandes de la literatura vernácula —los otros: el Premio Nacional de Literatura y el Bartolomé Hidalgo—, y al bienvenido impulso de publicación —en metálico es el más grande del país, $100 mil— se le suma también una estrellita más en su legajo que tiene varias obras y reconocimientos. Sin embargo, lo que llega después está lejos de lo que en su momento le supuso el Premio Clarín, una vorágine que todavía recuerda con confusión. Como si fueran ecos de una contusión.
“Es una semana de locura en la que te llevan a comer, a que le des la mano a Padura, a Sergio Ramírez, te sacan fotos, das notas, te paran en una sala por la que va pasando la prensa, te arman un show, y después: nada. Al tiempo la novela se publicó en Francia y ahí fue cuando dije ‘mi carrera de escritor despegó por fin’, y después, bueno: me mantuve ahí, o sea, un poco más arriba, un poco más abajo. No sé. Para mí hay un momento que, si querés lo podés asignar a una crisis de mediana edad, pensás en que te vas a morir en un momento y todo esto no es va a importar. Y aunque suene medio cliché, la mejor opción que podés tener a partir de ahí es tratar de escribir lo que vos querés, y después si tiene éxito mejor. Pero no va a pasar de forma inversa”, dice.
“Por eso creo que pensar la escritura en términos de carrera es algo que te agarra si ya entrás con eso. O sea, si empezás a trabajar con un agente y te empiezan a publicar en varios países, pero después tenés que ir a presentarlos a esos países, tenés que hacer ruedas de prensa como, no sé, Mariana Enriquez, aunque su caso es extremo, ya se fue a la mierda. Pero hay casos menores que igual implican un juego mediático”, agrega.
Soriano es un lector paciente. Él no se refiere a sí mismo en esos términos en ningún momento de esta conversación, pero en la forma en la que enumera los títulos que está leyendo, y como de a poco se despega de un imperativo de actualidad que parece pender hoy sobre el mundo de la lectura, se nota. Habla por ejemplo de su descubrimiento de Maggie O’Farrell y su Retrato de casada. De que leyó Mil de fiebre de Juan Andrés Ferreira y le pareció un libro grande, de los que dejan un sedimento ahí en el fondo. Siente que hay libros que lo orbitan como satélite. Algún día lo van a alcanzar.
“No estoy muy pendiente de las novedades, pero si te creés impermeable a ellas estás errado. La noción de que tenés que leer a tal o a cual te va entrando por distintos lados. En la mayoría de los casos al final son buenos. Por ejemplo, ahora estoy me estoy resistiendo a uno se llama Fortuna, de Hernán Díaz, que tiene nombre de puntero izquierdo de River en los 90. Es un libro que yo sé que en algún momento voy a leer. Entonces, a veces lo dejo como orbitarme. Sé que en algún momento lo voy a comprar. O que en algún momento alguien me va a regalar un libro, y voy a ir a la librería y lo voy a cambiar por ese.”