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14 de junio 2024 - 20:01hs

En Uruguay son pocos los lanzamientos editoriales a los que se les puede colocar el mote de “bombas”, pero la semana pasada cayó una y pesada: el libro sobre el caso Astesiano, escrito por el periodista Lucas Silva y editado por Sudamericana, agotó su primera tirada en horas y, sobre todo, volvió a poner la trama de espionaje vinculada al excustodio del Luis Lacalle Pou sobre la mesa con nueva información. Entre otras cosas, el libro reveló una serie de chats entre Astesiano y el presidente de la República que sacudieron el avispero político y que propició nuevo oleaje en torno a un episodio que continúa marcando agenda.

Este libro —que se titula oficialmente El caso Astesiano: una trama de espionaje y corrupción en la Torre Ejecutiva — no fue sin embargo el único lanzamiento vinculado al periodismo de las últimas semanas. Aunque en este caso el registro es otro: el pasado mayo, y coincidiendo de forma fortuita con la identificación de los restos de la detenida desaparecida Amelia Sanjurjo, hallados hace un año en el Batallón 14, Alfaguara llenó las librerías del país con Tierra mínima, la última obra de Fernando Butazzoni. Desde la crónica pura y un acercamiento al trabajo de hormiga del equipo de antropólogos que se encarga de buscar a los desaparecidos de la última dictadura, Butazzoni se plegó otra vez al pasado reciente y sacó un libro redondo. Escribí hace algunos días sobre él por acá.

La convivencia de El caso Astesiano y Tierra mínima en librerías —bueno: y tantos otros libros de no ficción similares uruguayos y extranjeros que existen en los anaqueles y mesas de recomendados— me hizo pensar en cuál es el lugar del periodismo en nuestro mercado editorial, cómo se mide el éxito de un libro de este tipo, qué sucede con su “vida útil”, cómo se trabaja un hecho que todavía está en desarrollo y sobre todo, si podemos entender estos acercamientos como literatura. Yo creo que sí, pero ¿qué dicen los que se encargan de escribirlos? ¿Y sus editores?

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Antes de seguir, me gustaría saber qué opinás vos. ¿Comprás y leés este tipo de libros? ¿Seguís el lanzamiento de libros como el de Astesiano o, sin ir más lejos, los que se publicaron sobre la Operación Océano y casos similares? ¿Te interesa más cuándo el periodismo se aparta de lo más “caliente” y recupera hechos del pasado, cuando establece otro tipo de vínculos con los fenómenos que nos rodean? Te leo.

De mi parte, depende del tema, claro. Podrá ser una respuesta tibia, pero es así: me rijo en base a intereses. Como la mayoría, supongo. Por ejemplo: tenía muchas ganas de leer Tierra mínima. Me gusta como escribe Butazzoni y el tema abordado me seduce. Y, por otro lado, no me entusiasmaba mucho La llamada, lo último de Leila Guerriero, por mencionar un ejemplo extranjero —las referencias que me han llegado, además, tampoco me alentaron a correr a leerlo—. Fue uno de los “tanques” de los últimos meses en el marco de la no ficción internacional

Pedí mucha ayuda para esta edición de Epígrafe. De editores, de autores. Con ellos intenté responder todo lo anterior.

Hablan los editores

Podemos empezar estableciendo certezas. Por ejemplo: la no ficción en Uruguay es lo que más vende y por distancia. Se incluyen los libros de periodismo. Un caso evidente es el de Historias de sicarios en Uruguay, editado por Debate y escrito por Gustavo Leal —que no es periodista, sino sociólogo—, que se quedó dos años seguidos con el Libro de Oro en no ficción nacional. O sea: se publicó, fue el más vendido, pasó un año y siguió siendo el más vendido. Implacable. Historias de sicarios es además un ejemplo interesante porque se publicó en el marco de una colección que, comandada por el periodista Gabriel Pereyra y el escritor Alejandro Ferreiro, busca afianzar la línea periodística del sello Debate, asociada también al ensayo más generalista dentro de la multinacional Penguin Random House.

Julián Ubiría, director editorial de Penguin en Uruguay, lo ve así: “Es notable la diferencia de ventas entre la ficción y la no ficción. Rompe barreras de lectores y llega a más gente. Lo hacen ya sea tocando temas de coyuntura o que tienen que ver con la historia reciente, o incluso con temas de la cultura o el deporte. En general logran un anillo más grande de lectores.”

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Claudia Garín, editora de Planeta Uruguay, también coincide y apunta, además, que este tipo de libros juegan un rol fundamental dentro del esquema anual de las editoriales. Intentan, siempre, tener uno de estos títulos en desarrollo.

“En el Río de la Plata son los libros que más se venden, salvo excepciones, como en nuestro caso los de astrología o los de Diego Fischer. Pero después, las investigaciones periodísticas. En nuestro plan editorial, cuando pensamos a largo plazo, es uno de nuestros ejes claves. Vamos mirando qué podemos encontrar y transformar en libros, y vienen también muchos proyectos de afuera. Y para el mundo del periodismo este tipo de publicaciones, por otro lado, son un muy buen complemento. Desde que trabajo en este rubro estos libros son claves, porque ha cambiado el mundo de los medios y no hay espacio para investigaciones largas. Ni en los tiempos que se pueden tomar los profesionales, ni en las extensiones que se les dan a las notas. Un periodista que quiere trabajar a fondo un caso difícilmente logre reflejar en un artículo un trabajo de este tipo. Por eso aparecen estos libros”, dice.

Por otro lado, Estefanía Canalda, editora de Fin de Siglo —la editorial independiente que más le ha hincado el diente a la no ficción en el país, seguida por Banda Oriental—, resalta que además de vender, en muchos casos este tipo de libros también resaltan en el mapa editorial uruguayo por su calidad.

“Creo que el libro periodístico sigue siendo junto con el histórico el más importante en cuanto a ventas, y en ciertos casos, también en calidad. Hay muchos periodistas talentosos y con ganas de desarrollar historias que no tienen oportunidad de hacerlo en los medios de comunicación tradicionales, con su lógica de la búsqueda constante de noticias o de la velocidad informativa. El libro es uno de los principales espacios para el periodismo narrativo y de investigación, y es indispensable en términos de tener una ciudadanía informada. El material noticioso tiende a ser disperso, disgregado; es complejo, incluso para un ávido consumidor de medios, darle orden y significado, atar una cosa con otra, armar tramas, mapas. Para eso están los libros de periodismo”, asegura.

Los editores, de todos modos, recuerdan que no es algo nuevo. La presencia del periodismo en el mercado editorial tiene larga historia, se puede rastrear a una escuela norteamericana de fines de los 60 y principios de los 70, y que apuntó nombres fundacionales para el oficio, como los de Truman Capote y Gay Talese. O a las que, en otro tipo de registros y desde Europa, fomentó las obras de Günter Wallraff o Ryszard Kapuciski.

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Por otro lado, Garín asegura que la masa de lectores que reciben con más entusiasmo este tipo de títulos está bien identificada: son lectores mayores a los que les interesa particularmente la coyuntura política. Es, asegura, un público enorme.

Más allá de las ventas, con este tipo de libros siempre me pregunto cómo se mide el éxito. ¿Aparece cuando los medios levantan una porción de la investigación? ¿Cuando cambia el rumbo de un caso en proceso? ¿Cuando incide en la conversación pública? ¿Y qué pasa con libros que apuntan a otra cosa, como el de Butazzoni?

Le pregunté específicamente sobre este tema vinculado al libro de Astesiano a Ubiría, que fue su editor: “En este caso es muy temprano para hablar de éxito, lo que sí se puede decir es que impactó con mucha fuerza en la comunidad, en el mundo informativo y en la conversación de la gente. Y hay una doble mirada: es verdad que impactó algo específico, que se podría decir que es lo más novedoso o llamativo como noticia. Pero tenemos claro que este libro es muchísimo más que eso, y de hecho me animo a decir que esa es una de las partes menos importantes. Está escrito con solvencia y hace algo importante que es condensar, agrupar y ordenar algo que todos los uruguayos conocimos de forma dispersa. Lucas Silva reunió todo y lo armó con herramientas de lo narrativo y un campo de trabajo más extenso. El libro se hizo notorio por un detalle, pero es bueno que pase porque evidencia su existencia. Lo importante empieza ahora, cuando la gente sabe que existe. Sino es una noticia más”.

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Pensando en grandes éxitos literarios de la no ficción uruguaya, a Garín se le viene a la mente automáticamente el libro del exvicepresidente Raúl Sendic, publicado en 2017 y escrito por las periodistas Patricia Madrid y Viviana Ruggiero.

“El del caso Sendic fue un libro que buscamos. Llamamos a las autoras, teníamos información y a partir de lo que Patricia Madrid había revelado en un medio sabíamos que había mucho más allá para investigar. Más allá de las ventas, que fueron muy buenas en su momento cuando salió, marcó la agenda. Eso también nos pasó con Relato oculto: las desmemorias de Víctor Hugo Morales, de Leonardo Haberkorn y Luciano Álvarez, pero lo que pasó fue que, aunque en aquel momento fue explosiva la repercusión en medios tanto acá como en Argentina, no se vendió tanto, al menos si tenemos en cuenta su impacto”, recuerda.

Por otro lado, este tipo de títulos también suele echar luz sobre temas poco explorados y lejos de los focos principales de la atención, como sucede con los ejemplos anteriores. Es el caso, por ejemplo, de uno de los libros que Fin de Siglo tiene en gateras para las próximas semanas: una crónica sobre uruguayos exiliados por la dictadura que terminaron en Angola.

“Ahora vamos a publicar Hijos de África. La brigada de comunistas uruguayos en Angola de Roberto López Belloso, director de la edición uruguaya de Le Monde Diplomatique. La historia es apasionante: exiliados en época de dictadura, 43 uruguayos llegan (la mayoría vía Cuba) a Luanda para construir facultades, asistir médicamente, enseñar oficios. La calidez con que son recibidos, el amor con el que, simbólicamente, construyen casas ajenas mientras van construyendo las propias, se conjuga de forma natural en el relato con escenas de muerte y destrucción, de ataques armados y acciones militares. El libro está plagado de episodios insólitos. Y cabe acotar, para este ejemplo y para muchos otros, que el buen periodismo narrativo está siempre acompañado de una profusa investigación que puede llevar meses o años. En este caso, López Belloso acompaña decenas de entrevistas con información extraída de documentos soviéticos y cubanos recientemente desclasificados”, adelanta Canalda.

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Cuando pensaba esta edición de Epígrafe, desde el principio tuve una pregunta molestándome, mordiéndome los talones. En realidad, creo que ni siquiera es una pregunta, es simplemente un disparador para buscar la confirmación de algo que ya siento, de una cuestión que me gusta pensar que está resuelta: que el periodismo es, en muchas de sus expresiones, otra forma de literatura. Un género que puede rotularse bajo esos cánones, incluso ese periodismo que hacemos todos los días desde los medios escritos. Claro, hay matices. Y por eso se lo pregunto a ellos: ¿el periodismo es literatura?

Dice Ubiría: “Es algo que siempre conversamos acá en la editorial. En la ficción está pasando que hay una hibridación con lo autobiográfico, y creo que se está recuperando un proceso inverso, pero complementario y que no es de ahora, que tira líneas a Capote o a Talese, en el que para contar historias reales o hacer periodismo se echa mano a la literatura. Así que sí, es literatura. Y tenemos ejemplos evidentes y cercanos. No hay literatura que esté exenta de la realidad, por lo que es lógico pensar que no hay crónica sobre la realidad que pueda estar exenta de la literatura.

Dice Canalda: “El mejor periodismo es literatura, claro. Recuerdo Las muecas del miedo, novela del argentino Enrique Medina, que dice, en una involuntaria y perfecta definición del periodismo narrativo: «Basta individualizar los ojos del desesperado; su angustia, su temor, su tragedia, su doble vida, su desolación; y se entiende el drama de un país». Podemos pensar en un ejemplo que para mí es perfecto: Un mundo sin Gloria, de Leonardo Haberkorn, publicado originalmente como Crónicas de sangre, sudor y lágrimas: para que las historias de vida impacten en el lector y lo marquen, para que perduren, necesitan convertirse en literatura. Un ejemplo claro de esto en prensa es la crónica Desaparecidas en Uruguay: 30 años de desidia estatal ante indicios de trata sexual de Angelina de los Santos, que obtuvo el premio Marcelo Jelen; un trabajo de un año de investigación que no solo arroja luz sobre un tema profundamente silenciado por toda clase de actores institucionales y políticos, sino que se apropia de las herramientas de la literatura para hacernos sentir el desamparo de aquellas madres cuyas hijas han desaparecido sin dejar rastro. En suma: una crónica periodística capaz de emocionar y de ser leída ahora como dentro de cincuenta años.”

Y dice Garín, para rematar: "Por supuesto".

Hablan los autores

Quise preguntarle a periodistas que ejercieron esta forma del oficio, y que han transitado desde diferentes perfiles el mercado editorial de la no ficción, sobre algunas consideraciones a la hora de leer y trabajar estos proyectos.

Les pregunté dos cosas:

1 - A la hora de elegir un libro periodístico para leer, ¿te seduce más una investigación puntual o algo más vinculado a la crónica pura, u otro género?

2- Como autor de este tipo de libros, ¿cómo resumirías el trabajo que implica, que difiere en muchas cosas con el trabajo diario o semanal, pero que en alguna medida sigue estando dentro de la misma familia?

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Martín Natalevich - periodista, coautor de Luis Almagro. No pide perdón (Planeta, 2020)

1- Voy variando mucho. Me atraen desde libros que reúnen un conjunto de crónicas periodísticas de uno o varios autores hasta investigaciones sobre asuntos puntuales. Tengo predilección por las que abordan asuntos históricos y son capaces de revisar hechos y relatos para aportar elementos nuevos. Al momento de elegir me guío mucho por el autor y el tema en cuestión. Pero fundamentalmente me interesa leer (para aprender) de aquellos que transforman el trabajo periodístico en el arte de contar una historia con voz propia: esos textos en los que se percibe una investigación extraordinaria pero no hay huellas de los caminos emprendidos para llegar a la información.

2- Creo que es un desafío para los periodistas acostumbrados a pensar en términos de notas como unidades individuales. Porque un libro periodístico nunca es una nota ni un conjunto de notas, más allá de que exija la misma rigurosidad y honestidad al momento de trabajar. Desde mi perspectiva requiere un trabajo que está emparentado con los textos de ficción en cuanto a las decisiones que se deben adoptar para contar la historia, el manejo de los tiempos, la construcción de la trama y el perfilado de los personajes. También es verdad que muchas veces pensamos en una nota periodística como el árbol y creo que un libro siempre es una oportunidad para intentar un trazado de un mapa medianamente representativo del bosque. Para pensar, describir, explicar procesos complejos. Para aportar contexto. Para tomarse el tiempo de contar y darle cabida a historias y personajes tangenciales. Para hacer vínculos y ahondar en detalles. Para tomar ventaja de la perspectiva del tiempo si se trabaja con materia histórica. Y también para aplicar todos los recursos que el periodismo escrito tiene.

Azul Cordo - periodista, docente de talleres de crónica desde 2010 y autora de Dicen las raíces (Lumen, 2023)

1- Prefiero leer siempre una investigación periodística en forma de crónica, sea libro o algo más corto. Así como también prefiero hacer ese trabajo cuando investigo, contarlo, hacer una narración literaria de no ficción. Pienso en ese sentido en algunos textos que para mí son referencia, como las crónicas de María Esther Gilio, ahora reunidas en Bendita indiscreción, como Operación Masacre, de Rodolfo Walsh, que me marcó desde la adolescencia. Pienso en Voces de Chernóbil, de Svetlana Aleksiévich , en Oración, de María Moreno, en Los otros de Josefina Licitra, y en muchas crónicas de Martín Caparrós: El hambre, o las de Ñamérica. Pienso sobre todo en Juan Villoro, que es un autor que me marca muchísimo y me inspira. En ese sentido, también lo tomo a él cuando dice que el periodismo es literatura bajo presión. Y me seduce más esto porque me parece que la crónica es uno de los géneros más honestos dentro del periodismo. El cronista explicita su posición en el mundo, lo que piensa, se cuestiona. Y como dice Caparrós, se trata de trabajar más la duda que la certeza. Por eso considero que es un género más honesto y les permite a los lectores ponerse en el lugar de los hechos. Convertirse en testigos.

2- Diría que es el mismo trabajo, y sí está dentro de la misma familia. Hay que hacer el mismo esfuerzo y tener la misma intencionalidad cuando tenemos 5000 caracteres o un libro. Insisto en esta palabra: intencionalidad, que tiene que ver con intención de contar una buena historia, con los mejores recursos, las mejores palabras e imágenes. Pienso en Kapuciski como otro referente ineludible con crónicas como La jungla polaca, donde reflexiona sobre su oficio y la obsesión por ser cronista de guerra. Y lo vincula con su niñez en la guerra y trae esas imágenes. Tiene que ver con reflexionar sobre nuestra experiencia vital y la de los demás, y trabajar siempre en una extrañeza y en un ubicarse en el mundo todo el tiempo. Es un juego muy dual, dúctil y contradictorio que nos pone en jaque y me interesa muchísimo. El desafío del libro es mantener la atención y la tensión de la lectura durante más espacio y tiempo. Y lo que permite en todo caso es trabajar con otros tiempos, y habilita tener un trabajo un poquito más precioso, y tener también un diálogo con el editor o editora. Eso a mí me permitió un laburo que quizás en el periodismo diario o semanal se da de otra manera, y en ese sentido es más profundo.

Emiliano Zecca - periodista de No toquen nada (Del Sol FM), autor de Ángeles de la muerte: los enfermeros que iban a ser asesinos seriales (Debate, 2020)

1- En cualquier caso, lo que me seduce es la manera de contar. Me seducen las palabras, la escritura, la mirada del que escribe. Pienso que cuando hablamos de libros periodísticos se parte de un supuesto que corta de un hachazo entre lo real y lo ficcional. Cuando escribimos vivimos en un mundo capaz de distinguir entre la realidad y la ficción. Pero a veces la cosa está más enredada. Sospecho un poco de las verdades de los relatos que se presentan como verdaderos. Cada vez le creo más a las ficciones reales. Es real la historia que alguien me cuenta y espero que me la cuente bien. Los datos, los documentos y los números dicen cosas, pero no cuentan. Alguien tiene que contar una historia (que nunca es una sola). Ahora estoy leyendo un libro que se llama Desmorir de Anne Boyer. Es una historia contada en primera persona, es la experiencia de alguien con su enfermedad, con el sistema de salud de su país. Es la ficción real de su vida. Creo que eso me gusta, eso elijo.

2- No sé si soy un autor de este tipo de libros. Sé que mi oficio es el periodismo, aunque no sé bien qué es el periodismo en este tiempo. Quiero pensar que soy alguien que se preocupa por contar una historia y nada más. En el camino uso documentos, números, nombres, entrevistas, otras historias de esas que se encuadran en las reales y ficcionales. Y después escribo una historia, que al final es un antojo de mi imaginación. Me parece que mi trabajo se resume en eso, en el día a día también. Escribir me permite hacerlo de la manera que me gusta más. La trama, el lenguaje que percibe cosas, que presupone cosas y presupone percepciones. No me interesa ser Batman. Prefiero contar una historia sobre ese tipo que se pone un disfraz y sale a hacer justicia por mano propia: ¿qué piensa? ¿en qué cree? ¿por qué lo hace? Nunca llego a la respuesta, pero todo eso hace a una historia.

Sebastián Panzl - periodista, autor de Muñecas en el río (Planeta, 2021) y Cartas desde las trincheras (Planeta, 2017), entre otros

1- Me interesan los libros periodísticos que utilizan al mismo tiempo varios géneros. Pienso en El Hambre, de Martín Caparrós, que es una crónica, pero también un ensayo. Tengo un particular interés por los temas históricos y hace un par de meses disfruté Liberaij, de Leonardo Haberkorn. También valoro mucho la mirada de los periodistas que dejan que un tema de agenda se enfríe, trabajan en silencio y publican revelaciones. Por ejemplo, Ángeles de la muerte, un libro del periodista Emiliano Zecca que reconstruye la trama de los dos enfermeros acusados de asesinar pacientes.

2- Publicar un libro periodístico implica un pacto con el lector, según el cual lo que se cuenta sucedió en eso que llamamos realidad. Entonces las reglas respecto al trabajo de redacción son las mismas y cada dato debe estar de alguna manera respaldado. La diferencia radica en que, por su extensión, un libro ofrece más oportunidad de hallar un tono, una manera de narrar, para contar lo investigado. Y en ese proceso queda mejor reflejada la mirada del autor.

Temas:

EPÍGRAFE Caso Astesiano Fernando Butazzoni Newsletter Uruguay Member

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