9 de marzo 2024 - 9:30hs

Me gustaría que esto sirviera como una declaración de amor. Y me gustaría pensar que ese amor se puede contagiar.

A mis 29 años estoy profundamente enamorado de México. Y como todo enamoramiento, no acepta matices ni objetividades: siento una atracción irrefrenable por todo lo que involucra a su gente, su historia, su cultura, su comida, sus problemas, sus contradicciones, su presente. Quiero volver desde que me fui, y la idea de vivir en la monstruosa y por momentos terrible Ciudad de México me seducía en sus calles y acá también, mientras estoy pegado al Río de la Plata. La culpa de esto la tienen los viajes —sobre todo el último, que hice hace dos meses y que todavía tengo pegado a la piel—, los libros y el cine.

Lo tengo claro: sé que idealizo a un país que está atravesado por algunos de los problemas más complejos de Latinoamérica. Sé que mi presunto amor se funda en una imagen parcial, romantizada y sesgada. Sé que es una tierra salpicada por la sangre, la violencia, que el miedo y la injusticia están arraigados en su genética, que es un país terrible para las mujeres y racista hasta los ejes. Y sin embargo, tiene una riqueza y una exuberancia en todas sus formas que es imposible de evitar, que te conquista. México en algún sentido te abduce. Se te mete debajo de la piel.

Más noticias

Los libros de México

El recorrido comienza por la literatura, y en ese plano México es una usina inabarcable. De Octavio Paz a Carlos Fuentes, pasando por Elena Poniatowska y Elena Garro, hacer un repaso de los canónicamente esenciales podría llevarme cuatro Epígrafes enteros, así que voy por mi propio camino, uno trazado a partir, sobre todo, de literatura contemporánea y algún que otro destello del pasado.

Empiezo por la obra fundacional de Juan Rulfo, que tiene la característica de que se puede leer de forma completa en pocos días. Rulfo publicó únicamente tres libros: los cuentos de El llano en llamas, y las novelas  Pedro Páramo  y  El gallo de oro. Sin embargo, buena parte de las influencias que hoy atraviesan a la literatura mexicana están encerradas en esa prosa áspera y por momentos fantasmal. 

Por supuesto:  Pedro Páramo  es inevitable, una de las novelas más importantes del canon universal, primera línea del Boom latinoamericano y dueña de uno de los inicios más recordados —”Vine a Comala porque me dijeron que aquí vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”. Es el cenit de la prosa de Rulfo y una experiencia que encanta a partir de su extrañeza y aridez, pero pienso que para un primer contacto con el autor es mejor ir por los relatos de El llano en llamas. En esas historias del desierto y personajes quebrados está la huella primigenia de un autor fenomenal, una puerta de entrada ideal para conocerlo.

Hablando de influencias, de Pedro Páramo —que además este año tendrá su propia adaptación impulsada por Netflix— se desprende uno de mis libros mexicanos favoritos de los últimos tiempos: Una cita con la lady, de  Mateo García Elizondo. Mateo es nieto de Gabriel García Márquez y el pedigrí es evidente en su trabajo. Esta novela de 2019 es una reescritura de las aventuras narradas en la novela de Rulfo, pero en este caso los fantasmas de Comala están directamente relacionados con la adicción a la heroína (la lady del título) de un narrador poco confiable.

Sigo. Me quedo en los desiertos de la frontera. Dejo dos títulos relacionados, y el primero es Señales que precederán al fin del mundo, de  Yuri Herrera. 

Herrera ha dedicado su obra a explorar las formas en las que el narco se mete en las vidas de los mexicanos que viven en los estados del norte. Esta novela ágil, crudísima y efectiva mete al lector en la cabeza de Makina, una chica que quiere viajar a EEUU a buscar a su hermano, que cruzó el Río Bravo escapando del horror y dejó a su familia atrás. Es brutal, se afianza en una oralidad que para lectores de esta zona del planeta puede ser algo difícil, pero atrapa desde sus primeros compases.

Esos parajes yermos, en extremo violentos y por momentos profundamente terribles son parientes de los escenarios de las historias de la veracruzana Fernanda Melchor, una de las estrellas literarias mexicanas del momento. Temporada de huracanes, Páradais  y  Falsa liebre  forman el corpus de una obra por el momento escueta, pero que ya dejó una huella profunda en el terreno. La recomendé en otras ocasiones, así que me limito a consignar que siento realmente que su voz aporta algo nuevo al panorama de las letras regionales.

Un desierto más amable es el de Valeria Luiselli. A Desierto sonoro  también lo recomendé varias veces, así que solo me gustaría volver a acotar que Luiselli nunca decepciona y que esa es su gran obra. Es una novela en capas, que funciona como una matrioshka familiar que se abre a medida que un viaje en busca de unos archivos de audio quema kilómetros en las rutas de la frontera. En su momento, el mensaje que subyace en el fondo sobre la migración y los niños indocumentados pegó fuerte en la administración Trump y fue un éxito bilingüe.

Pero hay más de Luiselli en el camino, y quiero detenerme en los ensayos de  Papeles falsos,  donde también esboza, de forma menos ficcional, otros aspectos de su país que su escritura logra catalizar con precisión. En especial me detengo en sus radiografías del gran monstruo central, ese corazón neurálgico de todo lo que significa ser latinoamericano, la Ciudad de México.

«Todos los habitantes de la Ciudad de México intuyen que si alguna vez hubo un trazo para ella fue, acaso, una insinuación, y que lo que ahora llaman los urbanistas “planificación urbana” es pura nostalgia del futuro. En todo caso, la Ciudad de México fue su propio plano. Habitamos, como los descendientes de aquel imperio que describe Borges, las “ruinas de un mapa desmesurado”.»

La México desmesurada de Luiselli me da pie para hablar del autor Álvaro Enrigue por dos motivos: fue su pareja —algo que influyó en la obra de los dos— y además su última novela tiene mucho que ver con esta idea de construcción del ex DF, o mejor dicho: con su fundación.

Tu sueños imperios han sido, un libro algo difícil de leer por la cantidad de nombres en náhuatl que tiene, pero muy divertido una vez que se cruza ese umbral, relata el momento en que Hernán Cortés se encuentra con el emperador Moctezuma en la antigua y majestuosa México-Tenochtitlan. Es un libro lleno de hallazgos, que parte de un punto de inflexión para la historia de la humanidad y que incluye un abordaje casi lisérgico al instante en que comenzó el exterminio del imperio Mexica —a quienes la educación uruguaya nos los presentó como los Aztecas—.  A Enrigue, sobre ese libro, lo entrevisté el año pasado cuando nos visitó; podés leer la nota por acá.

De la Ciudad de México también escribe otro chilango, Daniel Saldaña París. Creo que en algún momento recomendé su novela  El baile y el incendio, finalista del Herralde hace algunos años, una historia con tintes surreales que se afianzaba en la ciudad de Cuernavaca, en las fumarolas del Popocatépetl y en el clásico de Malcolm Lowry, Bajo el volcán. Pienso ahora en sus textos de Aviones sobrevolando un monstruo, su libro anterior, un puñado de ensayos que repasan cuestiones vinculadas a la escritura, las drogas y, también, la pertenencia a una ciudad tan difícil y hermosa como la CDMX.

«Escribir en la Ciudad de México es como conversar cuando se está bajo la ruta de despegue y aterrizaje de los aviones: hay que callar de vez en cuando, dejar que el ruido lo ocupe todo, que el cielo se parta en dos antes de retomar la palabra. Entre 2006 y 2015 intenté ser un escritor en la Ciudad de México. El cielo se partió en dos muchísimas veces durante ese tiempo.»

Así como hay autores que escriben sobre lo que significa ser mexicano en México, otros lo hacen desde afuera. Porque ser mexicano en el mundo también tiene sus bemoles. Tengo dos casos para aportar: el de Brenda Navarro y el de Guadalupe Nettel.

La primera está radicada en Madrid desde hace algunos años, y su última novela es justamente una radiografía sobre el vínculo entre esa ciudad y sus migrantes. Pero esta no es una autoficción: la protagonista alterna trabajos de servicio doméstico e intenciones más intelectuales con el hecho de que su hermano se acaba de matar tirándose de un noveno piso.

Entre España y México, entonces, este libro titulado Ceniza en la boca  se hace fuerte a la hora de pintar escenas donde la distancia que nos separa a los latinos de los europeos es evidente, y que tiene varios momentos en los que, como parte de una comunidad que en los últimos treinta años ha mirado al viejo continente a la hora de pensar en un futuro más promisorio, los lectores uruguayos podemos entender de forma clara.


Nettel, por su parte, presenta en Después del invierno  —que le valió el premio Herralde en 2014— un reverso a esa historia con las andanzas de una mexicana suelta en París. Con un dormitorio con vistas al cementerio Père Lachaise​, la protagonista se cruza con un cubano que está de viaje por Francia y que vive en Nueva York, y el vínculo entre ellos comienza a desarrollarse por encima de las ciudades. De Nettel también recomiendo La hija única y los cuentos de El matrimonio de los peces rojos, que hasta son más mexicanos y todo, pero Después del invierno es por lejos su mejor trabajo.

Por último, un destello de México en Uruguay: el mosaico que Ida Vitale construyó en Shakespeare Palace, uno de sus pocos libros escritos esencialmente en prosa, sobre sus años exiliada en el país norteamericano junto a su esposo, Enrique Fierro. Los trabajos, los amigos, las anécdotas, sus pareceres sobre la Ciudad de México, la figura de Octavio Paz, a quien conoció; de eso está hecho este tomo algo atípico en la obra de la ganadora del Cervantes.

Podría seguir. Podría ir hacia Cristina Rivera Garza, a Emiliano Monge, a Jazmina BarreraJuan Villoro, podría detenerme durante muchas líneas sobre aquellos que adoptaron a México, como mis queridos Roberto Bolaño y Alejandro Zambra. Pero esto ya se está yendo largo y, además, quiero pasar al cine.

Las películas de México

Así como sucede con los libros, podríamos trazar una línea que tendiera al infinito para hablar del cine mexicano, una de las industrias más grandes de Latinoamérica y cuna de algunos de los cineastas más destacados que ha tenido el séptimo arte.

Por eso, de nuevo, la lista que sigue abreva en mis preferencias y está delimitada únicamente por mi subjetividad. De estas películas quiero hablar, esto me gustaría recomendar:

  • Roma: Alfonso Cuarón es uno de los directores más importantes del cine contemporáneo y en 2018 quiso volver a sus raíces chilangas para contar una historia familiar en el seno de la colonia Roma, en la CDMX. En blanco y negro, con un amor efervescente por las tradiciones y contradicciones de una familia de clase media de la década de 1960, esta película es una maravilla que tiene, además, a una Yalitza Aparicio deslumbrante. Está en Netflix.
  • Y tu mamá también: otra de Cuarón, esta vez la película que lo terminó de consolidar y que catapultó las carreras de Gael García Bernal y Diego Luna. Junto a la española Maribel Verdú, los tres personajes se embarcan en un viaje a las costas de Oaxaca que los transforma para siempre. Este trayecto en auto, accidentado y revelador, sigue siendo el corazón emocional del cine de Cuarón, una historia sobre la amistad, el erotismo y el alcance de los sueños que todavía pega, 23 años después.
     
  • Tótem: uno de los últimos hits del cine mexicano, esta película de Lila Avilés es una buena forma de entender el vínculo mexicano con la muerte, en este caso vista a través de los ojos de una niña que asiste a la fiesta de “despedida” de su padre, que padece una enfermedad terminal. ¿Te acordás del nieto de García Máquez que también era novelista y que mencioné más arriba? Acá interpreta al padre, en una película preciosa que al mismo tiempo duele como un machetazo al corazón. Acaba de llegar a Netflix.
     
  • Los olvidados:  la etapa mexicana de Luis Buñuel tiene en este título de 1950 su opus magna. Los olvidados es el reverso de la Roma de Cuarón, cuando ese mismo barrio era, en la primera mitad del siglo XX, un enclave marginal donde la delincuencia campeaba a sus anchas. En este caso, el retrato es sobre la adolescencia descarriada, las calles de la Romita, y se convirtió en un ícono del barrio.
  • Coco: los mexicanos lo tienen claro, más aún en los estados de Oaxaca o Guanajuato: hay un antes y un después en México tras el éxito mundial de  Coco. La película de Pixar puso de moda al país y a sus costumbres funerarias, y lo hizo además con una historia que le escapó al estereotipo y se preocupó por retratar de manera fiel a la tradición. Coco es la mejor película de Pixar de los últimos diez años —junto a Intensa-mente— y es pura alegría mexicana. 
     
  • Huesera: hay lugar para el terror en la lista, en este caso para esta película de Michelle Garza Cervera que toma como fuente una leyenda no tan extendida como la de La Llorona, pero igual de presente en los mitos mexicanos.  Huesera habla de los miedos vinculados a la maternidad y tiene algunas escenas, sobre todo en su final, que están entre lo mejor que se ha hecho en el género en este continente. Está en Amazon Prime Video y si te gusta el terror, vale mucho la pena.
     
  • La tempestad / El eco:  un doblete de una de las voces incipientes de la cinematografía mexicana. Tatiana Huezo es esencialmente documentalista y se ha encargado de mostrar el costado más truculento de su país sin caer en los lugares comunes que, con frecuencia, se deslizan en otras producciones que miran hacia México desde afuera. La tempestad, por ejemplo, es un documental crudísimo sobre las desapariciones de mujeres en los estados más peligrosos del país, que sin embargo no muestra una sola imagen del tema y se limita a apoyarse en la fuerza de los testimonios en off. Se puede ver en Mubi. El eco, en tanto, sigue a una familia que, lejos del amparo del estado, construye sus propias redes de contención para administrar la muerte, la alfabetización y los vínculos entre sus miembros.
  • Amores perros: Alejandro González Iñárritu se ha ganado mi desprecio en los últimos años —no soporto ni su discurso, ni sus últimas películas—, pero debo reconocer que su debut en  Amores perros es poderosísimo. Tres historias interconectadas cuyo punto de contacto es la furia de una ciudad gigantesca que se mastica las historias sin piedad. Gael García Bernal brilla. Y está en Netflix.
     
  • Rotten in the sun: mi última recomendación es para quienes estén dispuestos a entregarse a una celebración del hedonismo, las drogas, el sexo casual y el humor negro.  Rotten in the sun, del chileno Sebastián Silva, es una comedia de enredos zafadísima que alterna las playas oaxaqueñas y el centro de la CDMX, y que tiene al influencer Jordan Firstman como investigador de un caso que, cuando explota, deja al espectador de boca abierta. No es para todos los gustos, pero si sus primeros 20 minutos te compran —aparecen no menos de 15 penes en pantalla y delirios místicos producidos por el consumo de estupefacientes sin control—, te espera una hora y media de comedia absoluta. Está en Mubi.

Final

No soy ni el primero ni el último que le declara su amor a México. Me gustaría irme con el poeta Efraín Huerta y uno de los versos de su Declaración de amor a la Ciudad de México, que conocí gracias a Saldaña París.

Ciudad que llevas dentro
mi corazón, mi pena,
la desgracia verdosa
de los hombres del alba,
mil voces descompuestas
por el frío y el hambre.

Ciudad que lloras, mía,
maternal, dolorosa,
bella como camelia
y triste como lágrima,
mírame con tus ojos
de tezontle y granito,
caminar por tus calles
como sombra o neblina.

Ciudad, invernadero,
gruta despedazada.

Temas:

México Member

Seguí leyendo

Te Puede Interesar

Más noticias de Argentina

Más noticias de España

Más noticias de Estados Unidos