Me gustaría que esto sirviera como una declaración de amor. Y me gustaría pensar que ese amor se puede contagiar.
Me gustaría que esto sirviera como una declaración de amor. Y me gustaría pensar que ese amor se puede contagiar.
Esto, entonces, será un tributo, una especie de ofrenda. Tal como hizo Nico Tabárez con su amado Japón en la última edición de la newsletter Doble programa —no sé qué esperás para suscribirte si no lo hiciste todavía—, México emergerá a partir de ahora en forma de versos, de títulos de libros, de recomendaciones, de películas. Mi propuesta es que, si estás para seguirme, te sirvas un mezcal y aprontes los sentidos.
El recorrido comienza por la literatura, y en ese plano México es una usina inabarcable. De Octavio Paz a Carlos Fuentes, pasando por Elena Poniatowska y Elena Garro, hacer un repaso de los canónicamente esenciales podría llevarme cuatro Epígrafes enteros, así que voy por mi propio camino, uno trazado a partir, sobre todo, de literatura contemporánea y algún que otro destello del pasado.
Empiezo por la obra fundacional de Juan Rulfo, que tiene la característica de que se puede leer de forma completa en pocos días. Rulfo publicó únicamente tres libros: los cuentos de El llano en llamas, y las novelas Pedro Páramo y El gallo de oro. Sin embargo, buena parte de las influencias que hoy atraviesan a la literatura mexicana están encerradas en esa prosa áspera y por momentos fantasmal.
Por supuesto: Pedro Páramo es inevitable, una de las novelas más importantes del canon universal, primera línea del Boom latinoamericano y dueña de uno de los inicios más recordados —”Vine a Comala porque me dijeron que aquí vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”. Es el cenit de la prosa de Rulfo y una experiencia que encanta a partir de su extrañeza y aridez, pero pienso que para un primer contacto con el autor es mejor ir por los relatos de El llano en llamas. En esas historias del desierto y personajes quebrados está la huella primigenia de un autor fenomenal, una puerta de entrada ideal para conocerlo.
Hablando de influencias, de Pedro Páramo —que además este año tendrá su propia adaptación impulsada por Netflix— se desprende uno de mis libros mexicanos favoritos de los últimos tiempos: Una cita con la lady, de Mateo García Elizondo. Mateo es nieto de Gabriel García Márquez y el pedigrí es evidente en su trabajo. Esta novela de 2019 es una reescritura de las aventuras narradas en la novela de Rulfo, pero en este caso los fantasmas de Comala están directamente relacionados con la adicción a la heroína (la lady del título) de un narrador poco confiable.
Sigo. Me quedo en los desiertos de la frontera. Dejo dos títulos relacionados, y el primero es Señales que precederán al fin del mundo, de Yuri Herrera.
Herrera ha dedicado su obra a explorar las formas en las que el narco se mete en las vidas de los mexicanos que viven en los estados del norte. Esta novela ágil, crudísima y efectiva mete al lector en la cabeza de Makina, una chica que quiere viajar a EEUU a buscar a su hermano, que cruzó el Río Bravo escapando del horror y dejó a su familia atrás. Es brutal, se afianza en una oralidad que para lectores de esta zona del planeta puede ser algo difícil, pero atrapa desde sus primeros compases.
Esos parajes yermos, en extremo violentos y por momentos profundamente terribles son parientes de los escenarios de las historias de la veracruzana Fernanda Melchor, una de las estrellas literarias mexicanas del momento. Temporada de huracanes, Páradais y Falsa liebre forman el corpus de una obra por el momento escueta, pero que ya dejó una huella profunda en el terreno. La recomendé en otras ocasiones, así que me limito a consignar que siento realmente que su voz aporta algo nuevo al panorama de las letras regionales.
Un desierto más amable es el de Valeria Luiselli. A Desierto sonoro también lo recomendé varias veces, así que solo me gustaría volver a acotar que Luiselli nunca decepciona y que esa es su gran obra. Es una novela en capas, que funciona como una matrioshka familiar que se abre a medida que un viaje en busca de unos archivos de audio quema kilómetros en las rutas de la frontera. En su momento, el mensaje que subyace en el fondo sobre la migración y los niños indocumentados pegó fuerte en la administración Trump y fue un éxito bilingüe.
Pero hay más de Luiselli en el camino, y quiero detenerme en los ensayos de Papeles falsos, donde también esboza, de forma menos ficcional, otros aspectos de su país que su escritura logra catalizar con precisión. En especial me detengo en sus radiografías del gran monstruo central, ese corazón neurálgico de todo lo que significa ser latinoamericano, la Ciudad de México.
«Todos los habitantes de la Ciudad de México intuyen que si alguna vez hubo un trazo para ella fue, acaso, una insinuación, y que lo que ahora llaman los urbanistas “planificación urbana” es pura nostalgia del futuro. En todo caso, la Ciudad de México fue su propio plano. Habitamos, como los descendientes de aquel imperio que describe Borges, las “ruinas de un mapa desmesurado”.»
La México desmesurada de Luiselli me da pie para hablar del autor Álvaro Enrigue por dos motivos: fue su pareja —algo que influyó en la obra de los dos— y además su última novela tiene mucho que ver con esta idea de construcción del ex DF, o mejor dicho: con su fundación.
Tu sueños imperios han sido, un libro algo difícil de leer por la cantidad de nombres en náhuatl que tiene, pero muy divertido una vez que se cruza ese umbral, relata el momento en que Hernán Cortés se encuentra con el emperador Moctezuma en la antigua y majestuosa México-Tenochtitlan. Es un libro lleno de hallazgos, que parte de un punto de inflexión para la historia de la humanidad y que incluye un abordaje casi lisérgico al instante en que comenzó el exterminio del imperio Mexica —a quienes la educación uruguaya nos los presentó como los Aztecas—. A Enrigue, sobre ese libro, lo entrevisté el año pasado cuando nos visitó; podés leer la nota por acá.
De la Ciudad de México también escribe otro chilango, Daniel Saldaña París. Creo que en algún momento recomendé su novela El baile y el incendio, finalista del Herralde hace algunos años, una historia con tintes surreales que se afianzaba en la ciudad de Cuernavaca, en las fumarolas del Popocatépetl y en el clásico de Malcolm Lowry, Bajo el volcán. Pienso ahora en sus textos de Aviones sobrevolando un monstruo, su libro anterior, un puñado de ensayos que repasan cuestiones vinculadas a la escritura, las drogas y, también, la pertenencia a una ciudad tan difícil y hermosa como la CDMX.
«Escribir en la Ciudad de México es como conversar cuando se está bajo la ruta de despegue y aterrizaje de los aviones: hay que callar de vez en cuando, dejar que el ruido lo ocupe todo, que el cielo se parta en dos antes de retomar la palabra. Entre 2006 y 2015 intenté ser un escritor en la Ciudad de México. El cielo se partió en dos muchísimas veces durante ese tiempo.»
Así como hay autores que escriben sobre lo que significa ser mexicano en México, otros lo hacen desde afuera. Porque ser mexicano en el mundo también tiene sus bemoles. Tengo dos casos para aportar: el de Brenda Navarro y el de Guadalupe Nettel.
La primera está radicada en Madrid desde hace algunos años, y su última novela es justamente una radiografía sobre el vínculo entre esa ciudad y sus migrantes. Pero esta no es una autoficción: la protagonista alterna trabajos de servicio doméstico e intenciones más intelectuales con el hecho de que su hermano se acaba de matar tirándose de un noveno piso.
Entre España y México, entonces, este libro titulado Ceniza en la boca se hace fuerte a la hora de pintar escenas donde la distancia que nos separa a los latinos de los europeos es evidente, y que tiene varios momentos en los que, como parte de una comunidad que en los últimos treinta años ha mirado al viejo continente a la hora de pensar en un futuro más promisorio, los lectores uruguayos podemos entender de forma clara.
Nettel, por su parte, presenta en Después del invierno —que le valió el premio Herralde en 2014— un reverso a esa historia con las andanzas de una mexicana suelta en París. Con un dormitorio con vistas al cementerio Père Lachaise, la protagonista se cruza con un cubano que está de viaje por Francia y que vive en Nueva York, y el vínculo entre ellos comienza a desarrollarse por encima de las ciudades. De Nettel también recomiendo La hija única y los cuentos de El matrimonio de los peces rojos, que hasta son más mexicanos y todo, pero Después del invierno es por lejos su mejor trabajo.
Por último, un destello de México en Uruguay: el mosaico que Ida Vitale construyó en Shakespeare Palace, uno de sus pocos libros escritos esencialmente en prosa, sobre sus años exiliada en el país norteamericano junto a su esposo, Enrique Fierro. Los trabajos, los amigos, las anécdotas, sus pareceres sobre la Ciudad de México, la figura de Octavio Paz, a quien conoció; de eso está hecho este tomo algo atípico en la obra de la ganadora del Cervantes.
Podría seguir. Podría ir hacia Cristina Rivera Garza, a Emiliano Monge, a Jazmina Barrera, Juan Villoro, podría detenerme durante muchas líneas sobre aquellos que adoptaron a México, como mis queridos Roberto Bolaño y Alejandro Zambra. Pero esto ya se está yendo largo y, además, quiero pasar al cine.
Así como sucede con los libros, podríamos trazar una línea que tendiera al infinito para hablar del cine mexicano, una de las industrias más grandes de Latinoamérica y cuna de algunos de los cineastas más destacados que ha tenido el séptimo arte.
Por eso, de nuevo, la lista que sigue abreva en mis preferencias y está delimitada únicamente por mi subjetividad. De estas películas quiero hablar, esto me gustaría recomendar:
No soy ni el primero ni el último que le declara su amor a México. Me gustaría irme con el poeta Efraín Huerta y uno de los versos de su Declaración de amor a la Ciudad de México, que conocí gracias a Saldaña París.
Ciudad que llevas dentro
mi corazón, mi pena,
la desgracia verdosa
de los hombres del alba,
mil voces descompuestas
por el frío y el hambre.
Ciudad que lloras, mía,
maternal, dolorosa,
bella como camelia
y triste como lágrima,
mírame con tus ojos
de tezontle y granito,
caminar por tus calles
como sombra o neblina.
Ciudad, invernadero,
gruta despedazada.