Hola, ha vuelto Doble Programa, y para hoy, te invito a viajar a un país que está lejísimos - prácticamente en el opuesto exacto del planeta con respecto a nuestra República Oriental - pero que de forma más o menos directa, a través de autos, electrodomésticos, productos culturales, y demás siempre hemos tenido algo más cerca de lo que parece: Japón.
Y después vinieron las películas. Tarantino y Kill Bill fueron los guías para un viaje que después siguió con cine de artes marciales, para mucho más acá en el tiempo descubrir a Ozu, a Kurosawa. Vino Murakami, vino el karate en la adolescencia, y el interés por un país al que por primera vez voy a viajar en cuestión de meses.
Además del lógico entusiasmo que eso trae, en las últimas semanas acumulé algunas recomendaciones sobre historias japonesas que hoy te traigo, para que puedas viajar al archipiélago asiático a través de sus páginas o de una pantalla.
Te recuerdo como siempre que podés escribirme, con recomendaciones, sugerencias o comentarios.
Perfect days, o el lado luminoso de la vida
Al director alemán Wim Wenders lo invitaron a Japón para conocer un proyecto arquitectónico, por si le servía como inspiración para hacer algún cortometraje o una serie de historias cortas. El proyecto en cuestión era bastante particular: se llama The Tokyo Toilet y es una serie de 18 urinarios públicos instalados en Shibuya, una de las zonas céntricas más activas de la ciudad. Cada uno fue diseñado por un arquitecto, y si pasás por su sitio web, hay buenas chances de que quedes maravillado con estos baños.
Wenders fue, los conoció, y no solo aceptó crear una historia vinculada a estos recintos: hizo todo un largometraje. Se llama Perfect days, está en cines, y es de hecho una de las cuatro películas que compite con La sociedad de la nieve por el Oscar a Mejor película internacional.
Su protagonista es Hirayama, un hombre de vida, gustos y placeres sencillos. Un tipo con una rutina organizada hasta el detalle, que cumple con su trabajo de forma metódica y obsesiva. El trabajo en cuestión es limpiar los baños del Tokyo Toilet, con el que se compenetra sin ningún problema, recordando que no hay trabajos indignos ni menores si uno así lo considera.
De hecho, Hirayama encuentra en ese trabajo cierta libertad y propósito. Más adelante en la película se irán develando algunos detalles de su pasado y su familia que lo hacen todavía más significativo. Y será que me estoy poniendo grande y pienso más en esas cosas, pero me doy cuenta que me están impactando mucho las películas que hablan de la relación entre los trabajos, la idea de libertad y los defectos del mundo capitalista moderno (algunas fueron mencionadas acá, como Hojas de otoño y Los delincuentes).
Hirayama tiene también sus gustos: la lectura, el rock de los años 70 que escucha en casetes en su camioneta, los árboles (tiene algunos en su casa, les saca fotos al follaje de los árboles del parque donde almuerza, y tiene una peculiar fascinación por la torre Skytree, la edificación más alta de Japón, cerca de la que vive), y sus visitas al sento - un baño público, pero en este caso lugares donde uno va a bañarse, no a ir de cuerpo -.
Y la película es eso: los días de Hirayama. Esa rutina tiene sus disrupciones, pero en esencia no hay un gran conflicto. Perfect Days es más bien una vibra, un clima. Y ese clima es de paz, de alegría de vivir. Ahí está la gran belleza de esta historia, que cautiva a pesar de su ritmo apacible.
Disfruté mucho de vivir esos días con su protagonista, un tipo silencioso, casi mudo, encarnado por Koji Yakusho, que a contrapelo de las “mejores actuaciones” que suelen nominarse a los Oscar, hace y transmite muchísimo con muy poco verbo y mucho gesto, mirada y expresiones.
Ah, y encima tiene una hermosa banda sonora. Te la dejo por acá.
Y una más, por si mi recomendación no es suficiente: compartí sala de cine con la mismísima Ida Vitale, que salió muy conforme con la obra de Wenders.
El lado oscuro
Tokyo Vice
Japón es un país muy contradictorio (¿y cuál no?). Es un lugar donde lo moderno y tecnológico coexiste con la inamovible y ceremonial tradición, donde el sumo autóctono fascina tanto como el béisbol o el fútbol importados, donde la defensa de lo propio y el aislacionismo cultural se mezclan con la fascinación por lo occidental, y donde la amabilidad, orden y seguridad que imperan en la sociedad ocultan una cara bastante perversa, violenta y desagradable.
Así, al menos, es el retrato que está todo el tiempo a flor de piel en la excelente serie Tokyo Vice, que hace algunos días empezó su segunda temporada, y se puede ver en HBO y su plataforma Max, con nuevos episodios cada viernes.
Si el nombre recuerda a Miami Vice es porque uno de los padrinos y directores de esta serie es Michael Mann, responsable de ese clásico de la televisión de los 80. Y los puntos de contacto no se quedan ahí en esta historia sórdida pero fascinante sobre el mundo criminal de la capital japonesa, donde coexisten tradiciones y modernidad con mafias que no molestan a los ciudadanos de a pie y que acuerdan con la policía para que estos agenden sus allanamientos, pero que son capaces de horrores de todo tipo.
En ese universo se mete Jake Adelstein, un joven que estudia en Japón y se convierte en el primer periodista extranjero de un diario local. Ambientada a comienzos de los 2000, la serie además se basa en las memorias del Adelstein real, un libro muy disfrutable (creo que no se ha editado en español, lamentablemente), pero cuya credibilidad ha sido cuestionada.
Lo cierto es que fue el material base para una serie genial, un policial soberbio (y que se ve fantástico), donde todos los personajes son moralmente cuestionables o están dispuestos a jugar al filo con tal de cumplir sus objetivos, y donde lo más feo de una sociedad - trata, violencia, corrupción - aflora como un pus bien espeso de una piel que para los que la ven de afuera parece bien lustrosa y lisa.
Tokyo Vice
Como pasa con Perfect Days, esta serie tiene un aura, una vibra, completamente opuesta pero igual de efectiva. Y también funciona como una especie de guía de viaje alternativa por las calles tapizadas de carteles de neón de Kabukicho, uno de los centros de entretenimiento de Tokio, pero también por costados poco visitados de la ciudad, donde los apartamentos, los barcitos, los antros, los barrios rojos, las comisarías y las redacciones también ilustran la vida en esas tierras.
En la vuelta:
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Música – La Vela Puerca anunció su primer show en el Antel Arena. Será el 18 de mayo a las 21:00 y recorrerá sus 28 años de trayectoria y los ocho discos de su discografía. Las entradas
salen a la venta hoy.
Cine – El próximo jueves se estrena La sala de profesores, la película alemana que también compite por el Oscar a Mejor película internacional, y que trata sobre una docente que decide confrontar al sistema educativo y sus reglas luego de que uno de sus alumnos sea acusado de un robo.
Teatro – Este fin de semana vuelve el Teatrino de la Comedia Nacional. El pequeño gran teatro estará este viernes y sábado en el Parque Villa Dolores desde las 20:00 con textos de Shakespeare, Molière, Lope de Vega, Lorca, Chéjov y Pirandello. La entrada es libre y gratuita.
Letras - Hablando de Japón, este 28 de febrero a las 18 horas se dará la conferencia La historia y evolución del manga sobre historieta japonesa, a cargo del español Marc Bernabé. Será en el Campus Centro de la Universidad ORT, con entrada libre.
De cerca nadie es normal
La portada de La dependienta
Las calles de todo el archipiélago japonés están tapizadas de konbinis. La palabra viene del inglés “convenience store”, y para traducirlo a términos uruguayos, son una combinación de minimercado y local de cobranza (tienen cajeros automáticos, permiten pagar facturas, sacar entradas y enviar y recibir correo, además de ofrecer comidas preparadas, frutas y verduras y artículos variados).
En una de esas tiendas trabaja la protagonista de la novela La dependienta, de Sayaka Murata. La autora se inspiró en sus años como empleada en un konbini, y este libro es uno de los fenómenos más recientes de la literatura japonesa, que de Murakami a esta parte se ha puesto bastante de moda.
Como Hirayama en Perfect Days, esta protagonista - Keiko - tiene una vida atravesada por un trabajo poco especializado y que el resto de sus compañeros, amigos y familia ven como un puesto temporal en un camino hacia otra parte. Pero ella lo ha vuelto una forma de arte, y apegarse a los estrictos manuales de la empresa para la que trabaja le permite darle un marco y una sensación de normalidad y propósito a su vida, básicamente porque no tiene otras motivaciones.
Un konbini japonés
Keiko se opone de esta forma a los rígidos mandatos sociales japoneses, que esperan que ella se dedique a criar una familia, pero aunque esto es claramente una crítica a ese sistema, esto no es una historia revolucionaria ni mucho menos. La dependienta es una novela peculiar, estrafalaria y rara, pero es eso mismo lo que la hace cautivante.
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Hasta acá llega este Doble Programa. Te recuerdo que a partir de esta edición, la newsletter es quincenal, así que volverá a tu casilla dentro de dos viernes, esta vez de la mano de mi socia Carla Colman.
Hasta entonces, que disfrutes de estas recomendaciones. Y buen viaje.