A veces me pongo a analizarlo y no te das cuenta de eso. Ganar cinco veces la Copa es algo muy pesado y uno se da cuenta en el momento que deja todo y empieza a recibir el cariño de la gente, no solo de Independiente. Gracias a Dios me respetan en todos los clubes. Cuando jugás, festejás en el vestuario, pero en la medida que dejás, hacés un balance y ahí te das cuenta de lo que fuiste, de lo que le diste al club y lo que el club te dio.
Eran copas mucho más difíciles que las de ahora.
Eran bravos esos partidos. No había la tecnología de hoy, la que avanza, pero en cierta manera destruye. Bochini con todo lo que jugó en Independiente, un mago, un rey, nadie vino a buscarlo para llevárselo. Pongo el ejemplo al revés. ¿Cuánto duró el Kun Agüero? Ocho meses, porque ya existía la tecnología. Había equipos muy duros, Peñarol, Nacional, era durísimo ganar en el Centenario. Colo Colo era prácticamente la selección de Chile. Después empezaron a entrar más equipos a la Copa y empezó a desvirtuarse. Pierde hasta seriedad. Lo nuestro fue hazañoso. La única copa que ganamos de locales, fue con Universitario. Las otras cuatro que gané, las ganamos afuera. La fama que teníamos de coperos, hacía que muchos querían que ganara el otro y a nosotros nos fortalecía mucho. Al margen del gran equipo que teníamos, la mayoría de mis compañeros tenía mucha personalidad, leía muy bien los partidos, sabíamos cuándo atacar y defender, había un código que lo sabíamos perfectamente.
¿Cuál fue la copa más complicada de ganar?
Fue la de 1973 con Colo Colo. Acá (en Argentina) se empató, en Santiago, que vivía un momento político muy difícil, era una salida para la gente que necesitaba una descarga. Cuando terminó el primer tiempo, nos cerraron la puerta del túnel, debimos pasar por la platea, y nos patearon, nos escupieron a las trompadas y nosotros respondíamos. A la vuelta para el segundo tiempo, lo mismo. Ahí el equipo demostró la personalidad que tenía y se empató también. Después fuimos a Montevideo y ellos tuvieron la capacidad y visión de llevar al arriero que había encontrado poco tiempo antes a los muchachos que cayeron en Los Andes y lo hicieron dar la vuelta olímpica en el Centenario antes del partido. Todo el estadio aplaudió, hasta nosotros. Eso hizo que la gente se volcara a hinchar por ellos. Fue un encuentro duro, ganamos en el alargue y ahí debutó Bochini en la Copa.
¿Tuvo ídolos?
El Pepe Sasía era mi ídolo. Jugamos juntos en Defensor. Estaba en Primera, lo veía de cerca cuando pasaba por el pasillo del Franzini porque no había túnel y lo veía cómo se ataba los zapatos, cómo calentaba antes de los partidos, la guapeza que tenía para jugar, se bancaba todo lo que se venía, era admirado por su forma de jugar y por eso tuvo la satisfacción enorme de jugar en equipos grandes también.
Gentileza Olé
Hubo un técnico que fue decisivo para usted en aquella época.
¡Sí! El Hugo Bagnulo fue quien me dio el espaldarazo porque yo estaba en Quinta entrenando. Faltaba un lateral y alguien le comentó a él que yo marcaba bien para Primera y él me dijo: ‘Ricardito, vos marcá, quitá y apoyá. No te preocupes de más nada’. Lo hice y me siguió citando. Debuté contra Danubio en Jardines con una victoria. Ahí comenzó mi historia.
Pero usted decidió dejar el fútbol.
Dejarlo en cierta manera; entrenaba cuando tenía ganas. Ganaba $ 105 por mes, no me alcanzaba. Había hablado con algunos directivos para conseguir algún empleo y me dijeron que esperara. Pero me salió la posibilidad de trabajar en el casino y ganaba muchísimo más, eran $ 70 por día, un disparate. Entonces, lo dejé. Una noche fui al café de Defensor y me estaba esperando el directivo Pierri y me dijo que al otro día viajábamos a Buenos Aires para firmar por Independiente.
Se desmayó en su primera práctica y lo despertó Grondona con alcohol
¿Cómo reaccionó?
No lo podía creer. Le pregunté 70 veces si era verdad. Me fui a la casa de Chiquito Silva y de Pedro Mansilla que jugaban conmigo en Defensor y les conté a las 4 de la mañana. Me acuerdo que Pedro me dijo: “Pediles $ 1 millón”. Era imposible para mí, impensado. De ganar $ 105 a $ 1 millón, no existía. Pero me fui con esa mentalidad de pedirles eso. Llegué a esa sede tan grande de ocho o nueve pisos de Independiente, y le pedí eso al presidente y me dijo “ni loco”. Me arreglé con lo que me dieron, pero sin saber lo que representaba en Argentina. Ahí me enteré que quien me recomendó fue el abuelo de Diego Forlán, Juan Corazo que había jugado en la década de 1930 en el club. Al otro día se entrenaba en la cancha de Arsenal de Sarandí. Me presenté con el técnico y el preparador físico me pidió que hiciera 400 metros ida y vuelta, “pero no lo hagas en velocidad porque es cansador”. Empecé bien, pero después puse quinta y a la sexta vuelta me desmayé por una lipotimia, ya que me habían hecho los exámenes antes y estaba en ayunas. Me llevaron al bar que siempre me lo hacía recordar Julio Grondona quien entonces era presidente de Arsenal. Siempre me lo recordaba: “Yo te llevé al bar para darte unas copas de alcohol para que te despabilaras un poco porque estabas fundido”. No llegué a terminar el primer entrenamiento.
Usted llegaba a jugar en el puesto del uruguayo Tomás Rolan.
Claro. Un jugador espectacular. El negro tenía gran capacidad, encima era goleador, pero había tenido la desgracia de romperse el cruzado de una rodilla y en aquella época era como terminar la carrera. Demoró mucho en volver y ahí empecé a jugar. Giudice confió en mí, me dijo que el puesto era mío y allí comenzó todo.
Y vio crecer a la dupla de Bochini y Bertoni.
Al Bocha ya lo veníamos venir, porque entrenó con nosotros, era un nenito, chico físicamente, no impresionaba. Daniel Bertoni estaba en Quilmes pero era mucho más grande, más potente, imponía mayor respeto con la pelota en los pies. El Bocha no daba ninguna sensación de miedo o de respeto futbolísticamente. Pero lógicamente, cuando la agarraba, se sabía que era de mucho cuidado, un tipo que he visto pocos con la velocidad que arrancaba con la pelota al pie, y una visión que te dejaba solo frente al arco. Fue un gran asistidor de todos los “9” que tuvo Independiente, los sacó a todos goleadores. Ganó un montón de cosas.
Cuando le hizo sentir el rigor a Bochini porque creyó que había carnereado en una huelga
¿Alguna vez le hizo sentir el rigor cuando recién empezaba?
¡Sí! En 1971, hubo una huelga muy grande en Argentina. El Pato Pastoriza era el secretario general del gremio. Fue una huelga muy generalizada. En uno de los torneos, había jugado un rubiecito parecido al Bocha. Cuando se arregló el tema, en la primera práctica, en una jugada, el Bocha me gambeteó y yo cruzado como estaba con ese tema, me nublé y lo crucé mal, le pegué mal y cuando me di cuenta que era Bochini me quería morir. Y lo peor es que el chico aquel que jugó en plena huelga, no era él. Siempre se acuerda de eso.
También compartió equipo con Luis Garisto.
El Loco Luis era un tipo que alegraba mucho el vestuario, las reuniones, muy alegre, solidario. Entrenaba como una fiera. Era de gran ayuda para el equipo. Tenía mil anécdotas. Cuando yo hacía la arenga en el túnel, el Loco Luis hacía poco que estaba con nosotros y estaba en el auge de la mudanza. Después que yo hablaba, él decía: “Muchachos, vamos a ganar que tengo que comprar la heladera”. En el otro partido, decía que tenía que comprar la cama de dos plazas. Siempre bromeaba.
¿Y la selección?
Jugué amistosos de muy joven. Fuimos de gira por Europa con Taibo, William Martínez, –mirá los que te estoy nombrando– y tuve la posibilidad de jugar en Wembley contra Inglaterra. Tengo una anécdota para mí: yo no cambié de arco, para mí, jugué los dos tiempos en el mismo arco, porque era tan perfecto, que por más que cambiaras de cancha, no te dabas cuenta. En los diarios ingleses me declararon “el ángel guardián de Wembley”, porque tenía la costumbre de cerrar atrás del arquero y tuve la suerte de salvar dos o tres goles. Al final intercambié la camiseta con Bobby Charlton. En aquella época había diferencia de ritmo de pelota. Los europeos eran muy rápidos, pero nosotros éramos técnicos. Con el tiempo, ellos aprendieron la técnica, y no cambiaron la velocidad. Nosotros, los sudamericanos, mejoramos el ritmo, pero nos olvidamos un poco de la técnica. Por eso ahora está muy parejo todo.
¿Cree que los futbolistas uruguayos pueden revolverse en cualquier fútbol del mundo?
Sí, sin dudas. Al uruguayo lo quieren mucho en Argentina, por su garra, por su entrega y uno se da cuenta después de grande. Cuando el uruguayo empieza en inferiores, le faltan un montón de cosas que no tienen otros equipos, salvo Peñarol y Nacional de aquella época. Entonces, cuando el uruguayo viene a Argentina, valoriza mucho todo eso y no lo quiere perder. Ahí es donde entra la sapiencia, la agresividad de decir “tengo que ganar porque si no, pierdo todo esto y no lo quiero perder”. Ahí se acuerda cuando era chico y le faltaba todo eso.
¿Qué fue enfrentar a Pelé?
Cuando llegué a Independiente, hicimos un amistoso en Córdoba, fuimos a Miami y la primera vez que jugué fue contra Santos de Pelé. Jugar contra él con toda esa leyenda, era cosa de no creerlo. Era un fenómeno, muy completo. Tuve la suerte de verlo en su apogeo. También a Maradona, a Messi y a Cruyff. Son cuatro monstruos que son bravos. Muchos dicen que la pregunta es: ¿quién era mejor? Y yo digo que no es esa la pregunta. La pregunta es: “Si vos sos técnico, en tu equipo, ¿quién juega de esos cuatro? Tiene que jugar uno solo. ¿A quién ponés?”. Eso me lo enseñó el Flaco Menotti. No significa que los otros no sirvan. Es una muy buena respuesta la que me dio el Flaco. Es una manera de no desprestigiar a nadie. En mi equipo, ¿quién juega?
Y en su equipo, ¿quién juega?
(Se ríe). No te lo voy a decir.
Las épocas han cambiado mucho. Ustedes en Independiente cuando jugaban, tenían una relación bárbara con los jugadores de Racing.
Los recibimos con flores cuando fueron campeones del mundo, pero al margen de eso, si jugábamos el domingo ante ellos, terminaba el partido, pasaba de todo en la cancha, pero el martes, pasábamos frente a Racing porque entrenábamos en nuestro estadio, y entrábamos al vestuario de ellos y tomábamos mate en el desayuno con ellos. Había terminado el partido y se acababa todo. Era una pena desperdiciarlo y no charlar de todo como hacíamos. Teníamos a Tita Matteucci que nos daba café. Hasta el día de hoy me veo con el Chango (Cárdenas, autor del gol que le dio la Intercontinental a Racing en el Centenario ante Celtic) o con alguno. El que ganaba, ganaba en el barrio. Hoy el periodismo está una semana antes hablando de eso, del clásico, y el que pierde tiene la desgracia de bancar todo lo que venga después.
Incluso ustedes en 1973 dieron la vuelta olímpica en la cancha de Racing.
Exactamente. Fuimos campeones del mundo y dimos la vuelta allí y en 1967, ellos también hicieron lo mismo en nuestra cancha cuando ganaron la Intercontinental. Había un respeto futbolístico porque todos nos conocíamos y nos respetábamos. En el partido, que ganara el mejor.
¿Qué importancia le dio a esa Intercontinental contra Juventus que fue la única que consiguió?
Le tocaba jugar a Ajax, pero por problemas políticos no jugaron. Juventus era subcampeón, pero quería un solo partido y en Roma. A mí me faltaba esa copa, así que decidimos ir igual con los jugadores. Fuimos y tuvimos la suerte de defender bien ante un equipo durísimo, y cuando al Bocha se le prendió la lamparita e hizo el gol, para defender, nosotros éramos mandados a hacer.
Gentileza Olé
Ricardo Pavoni ganó cinco Libertadores; a su lado, Francisco "Pancho" Sá, obtuvo seis y es el más ganador de la historia
¿Hubo algún delantero que lo haya vuelto loco alguna vez?
Luis Cubilla en River argentino. Era “bicho” para jugar. Sabía que si jugaba sobre la raya, yo podía marcarlo bien, entonces jugaba más adelante, en el medio del zaguero central y mío. Y hubo otros que eran muy inteligentes para jugar.
Usted también jugó con Artime.
Claro. Si me preguntás el equipo más compacto en el que jugué fue Santoro; Monges y Pavoni; Ferreiro, Pastoriza y Acevedo; Bernao, Savoy, Artime, Yazalde y Tarabini. Salimos campeones de punta a punta en 1967. Era parejo en todas las líneas. Cuando vinieron el Bocha y Bertoni, éramos muy buenos atrás con Comisso, López, Sá y yo, el Negro Galván y el Polaco Semenewicz en la mitad de la cancha, y los de adelante, hacían lo que tenían que hacer. Se notaba esa diferencia.
El Pato Pastoriza era una institución dentro de la institución.
No solo dentro de la institución, sino dentro del plantel. Era el jefe en el sentido de que el secretario general del gremio, pero eso no tenía nada que ver porque dentro de la cancha se peleaba con medio país. Era el referente pese a que nunca fue capitán –primero fue Santoro y después yo–, pero porque no le interesaba. Pero su palabra era la oficial cuando hablábamos de premios, de deudas del club. Era un referente y muy respetado.
También lo tuvo como técnico.
Claro. Julio Grondona lo trajo en agosto de 1976. A fin de año fue quien habló conmigo y me dijo que no me iba a necesitar. Yo ya pensaba en terminar mi carrera, tenía pensado irme y él me llamó un día y me dijo: “Mirá, no te voy a utilizar”. Y yo le dije: “No te hagas problema. Quedamos amigos como siempre”. Incluso me ofreció a trabajar con él y le dije que no, que quería hacer mi carrera como técnico solo.
Era muy amigo suyo.
A tal punto que una vez estábamos jugando en Yugoslavia y yo tenía un implante capilar porque me gritaban “pelado” desde la tribuna y me dolía mucho, era un cuchillo que te clavaban. Con implante y todo, me quedaba un poco de pelada, entonces el Pato me pintó esa parte de la cabeza con corcho. Pero empezó a llover y se me empezó a ir todo por la cara. Era un desastre. (Se ríe). En ese partido perdí un diente de un codazo.
¿Cómo hizo para comprar implantes en aquella época?
Eran alemanes. Acá en Argentina había una empresa muy importante y yo tenía ese karma que las hinchadas rivales me gritaban “pelado” o “andate viejo” que me dolía mucho. Apareció eso, intenté, me quedó bárbaro y jugué dos años más. Después fuimos a jugar al Mundial de Alemania con Uruguay y la empresa que era de allí, al saber quién era yo –porque no tenían idea quién era–, me venía a buscar todos los días en limusina por la concentración de la selección, me llevaba a la peluquería, me hacían de todo y me dejaban cero kilómetro. Un lujo en ese sentido.
¿Nunca nadie intentó quitarle el implante en pleno partido?
¡Sí! Hubo unos cuántos. Lo que pasa es que estaba tan atado a mi pelo, que cuando me tiraban del pelo, era como si me tiraran de mi pelo. Por eso tenía que hacer un service, como yo le llamaba, cada tanto. Al crecer el pelo, se aflojaban los hilos y me los ajustaban todos.
Cuándo se jugó la Minicopa de Brasil en 1972, usted fue el primer repatriado en la historia de la selección.
No sabía ese dato. Tuve la suerte de jugar en ese torneo y hacer un gol contra Portugal.
Después llegó el Mundial de Alemania 1974.
Fue una de las mejores cosas de mi carrera. Una satisfacción poder jugar en un Mundial. Uno siempre tiene la ilusión de jugar en un grande y en la selección. Yo había ganado todo con Independiente, pero me faltaba eso, jugar un Mundial con Uruguay. Tanto es así que cuando tocaron el himno uruguayo, en lo único que pensaba era en mi viejo y mi hermano que habían hecho todo el sacrificio para que yo pudiera jugar desde que empecé en Defensor. Se levantaban conmigo, me traían la leche, me llevaban, me esperaban. Cantando el himno le decía “gracias” a ellos. “Esto es lo que yo le doy a ustedes”, pensaba.
Masahide Tomikoshi
De entrada les tocó Holanda de Cruyff.
Tenían un ritmo brutal y como en todo Mundial siempre aparece una técnica, en 1974 apareció el pressing con Holanda. No estábamos acostumbrados. Cada vez que salíamos, nos cortaban, se nos complicaba. Sin embargo, con toda la demostración futbolística que dieron, no pudieron salir campeones. Te digo que con el 2-0 ellos levantaron el pie del acelerador, era su primer partido y dijeron “listo” para que no se le lesionara nadie, pero a Argentina le hicieron cuatro. Si no hubiesen hecho eso, no sé si hubiera sido una catástrofe, pero sí eran muy superiores en todo sentido. El que estuvo ahí adentro lo sintió. Era un equipo muy completo. Tenían una perfección increíble. Yo tenía que marcar a Rep y de repente estaba en la otra punta. Era bravo.
En el siguiente partido anotó el gol ante Bulgaria.
Sí, hice el único gol de Uruguay en el Mundial. Siempre digo en broma que fui el goleador de la selección y me preguntan: “¿Cuántos goles hiciste?”. “Uno”, les contesto. Pero es la verdad. (Se ríe).
¿Qué fue tener a Diego Forlán en Independiente?
Yo lo fiché a Forlán en inferiores. Me lo mandó Ventrelli, muy amigo de Pastoriza. Yo entrenaba a las inferiores y vino diciéndome que lo mandaba el Pato. Apareció Ventrelli y me dijo: “Este chico es el hijo de Pablo Forlán”, me dijo, que había jugado conmigo en el Mundial. Lo probé 15 minutos y le dije “andá, cámbiate, traé los papeles y te fichamos”. Después hizo una gran carrera en todos lados.
¿Usted ya lo veía ahí como que podía despegar?
Sí, lo veía. Condiciones le sobraban, lo que pasa que hasta que no lo conocieras interiormente, verlo en los partidos de inferiores, si tenía personalidad, si era agresivo, solidario con el equipo, un montón de circunstancias, ahí podés hacer el balance. Un par de meses después lo hice y puse “este chico va a llegar porque tiene todas las condiciones”. Y se dio.
"Los partidos no se juegan, los partidos se ganan"
Si tuviera que elegir entre el fútbol de hoy y el de antes, ¿tiene alguna predilección?
Me gusta mucho más el de antes. Se veía mucho más al jugador, mucho más la técnica. Hoy se juega a mucha mayor velocidad y esto a veces hace tropezar, perdés un poco la noción. Pero el que es crack, como el caso de Messi, con su velocidad puede crear. Pero uno solo hay hasta ahora. Hay otros que son muy buenos elementos. Me quedo con el fútbol de antes que era más vistoso.
¿Y ganar a como dé lugar, como se pueda, jugando de cualquier manera…?
Mirá, yo tengo una frase que me da la razón. Digo que es mentira que jugando bien a la larga ganás. Vos ganando, a la larga jugás bien. Ahí está la diferencia. Porque cuando vos ganás, ponele que jugás mal y lo ganás en la hora, en offside, con la mano, pero ganás. Entonces entrenás de otra manera, vos estás contento, la gente está contenta, el club también, el técnico está bien. Eso hace que vos vayas teniendo confianza. Los partidos se ganan. Nosotros teníamos la capacidad de que los partidos no se juegan, los partidos se ganan. Ahí está la diferencia. Esa es una frase mía. Entonces cuando veo a algún técnico de Independiente amigo que entra al vestuario enojado en partidos de copa, “ganamos enojados porque se jugó mal”, le digo: “Bienvenido a la Copa. La Copa no se juega, la Copa se gana. Es así. ¿O preferís jugar bien y perder?”. Esa es la realidad.
¿Ya tiene alguna calle con su nombre en Avellaneda?
No. Me dijeron que le van a poner mi nombre a una de las tribunas de la cancha de Independiente cuando termine todo este tema del coronavirus. Sería un honor muy grande. Que quede tu nombre grabado para siempre en un estadio debe ser duro para asimilarlo. Te preguntás: “¿Tanto hice como para lograr eso?”. No te das cuenta hasta que lo anuncian. Tendré la satisfacción enorme de decir: “Mirá mi tribuna”. Dejé mi vida en el club, siempre con respeto, con amor y el premio que tuve fueron los triunfos deportivos y los triunfos personales en el sentido de la gente que hasta el día de hoy se acuerdan cuando voy por la calle. Son cosas imborrables.