11 de agosto de 2026 5:00 hs

Es el aplauso que tiene más cercano en la memoria. El de aquella multitud reunida en el corazón de La Plata, la ciudad que lo vio nacer, la noche que decidió retirarse de los escenarios. Iñaki Urlezaga, el bailarín argentino que se convirtió en una figura internacional, había decidido bajar del escenario.

Habían pasado 27 años desde que inició su carrera profesional en el Teatro Argentino de La Plata. Desde entonces había sido el primer bailarín del Teatro Colón, había pasado una década en el Royal Ballet de Londres y algunos años como figura invitada en Holanda. Había bailado en teatros emblemáticos como el Metropolitan Opera House, el Bolshoi de Moscú, el Mariinski de San Petersburgo o Alla Scala de Milán.

Y todo eso, llegaba a su fin.

"De la danza no me voy a despedir nunca, nací bailarín y voy a morir bailarín", le dijo esa noche, aún con el sudor en el cuerpo, a un periodista de La Nación. Es que aquel no fue ni por asomo su último encuentro con el ballet. Desde entonces, Urlezaga ha desarrollado su relación con la danza como director y coreógrafo de decenas de obras, e incluso colaboró con el Ballet Nacional del Sodre.

Ahora, casi ocho años después, vuelve a subir al escenario en El aplauso final. Una creación propia, de carácter poético, que explora el final de la carrera de una bailarina y su vínculo con el coreógrafo que la acompaña en ese proceso con la que volverá al Auditorio Nacional del Sodre el próximo 29 de agosto.

Antes del estreno, el artista conversó con El Observador sobre los finales, las despedidas y lo que sucede después en la carrera de un artista; su rol como coreógrafo, el ego y los aplausos.

Iñaki Urlezaga

Iñaki Urlezaga

Volvés a Uruguay con El aplauso final, una obra que pone luz a la experiencia del humano detrás del artista y el personaje. ¿Cómo llegas a esta historia?

Yo creo por todos los años de carrera. Tantas vivencias que uno tiene a lo largo del tiempo. Me han tocado directores locos, directores cuerdos, directores lindos, coreógrafos imposibles, coreógrafos maravillosos, gente genial, colegas, compañeros. Tengo tanto que en lugar de hacer un libro, hice una obra de ballet. Puede no gustarle a la gente, puede no causar emoción, pero no puede no comprenderse. Tiene la lógica de la vida, con la autenticidad que uno conoce del medio. Y también es un homenaje a la carrera, no a mi carrera sino a la magnificencia de esta profesión que te permite descubrirte, descubrir al otro, emocionarte, emocionar a otro. Realmente es tan hermosa que te permite trascenderte a vos mismo a través de ella. Es un sinfín de emociones que se conjugan en el hecho creativo de hacer una obra de ballet.

Tuviste tu aplauso final en 2018, cuando tu vida tiene tanto que ver con lo que haces arriba del escenario, ¿qué pasa cuando te acercas a ese final? ¿Hay un vacío después de ese aplauso?

Hay algo peor: una gran incógnita. Es un gran signo de pregunta, que ni siquiera sabes que va a ser un vacío. No sabes qué hay del otro lado, porque muchas veces no es conocido. No te has conocido a vos sin esa parte. Entonces es algo que no podés controlar, no podés dimensionar, no podés manejar, tenés que esperar que llegue. Uno viene a este mundo sin saber cuándo se va a morir, hacé lo mejor que puedas porque no sabes cuándo te vas. Bueno, acá no se sabe qué hay del otro lado. Y yo celebro que sea así, celebro que en la vida no esté todo predigitado porque sino realmente se pierde el sentido, que es venir acá a explorarla sin que nadie te cuente cómo va a ir, sin que sepas qué va a suceder, qué te va a pasar a vos y qué es lo que le va a pasar al otro con vos.

Decís que hay cosas que vos mismo que no conocías. ¿Qué has descubierto después de ese final?

Por suerte me preparé. Hacía muchos años que venía haciendo terapia, conociéndome a mí mismo por fuera del personaje. Y la verdad que me dio mucha alegría conocerme, porque yo tenía más explorada la vida artística que la personal. Y me di cuenta que realmente soy mucho más feliz conmigo mismo que con la carrera. Me costó mucho. Me costó mucho darme cuenta. Me costó romper una ilusión que yo tenía hecha, porque cuando uno es afamado por el público es más fácil aceptar ese personaje que tanta felicidad te da. Pero eso termina, y la vida no. Entonces, realmente romper esa ilusión que vos te generaste de vos mismo es la parte más tremenda para un ser humano.

¿Hay un duelo también?

Duelo de algo real, que es que no vas a bailar más. De algo que se termina. Y también de algo que nunca existió. Es muy tremendo.

Ahora volvés al escenario. ¿Cómo es para vos este reencuentro?

No tiene una gota de tristeza, todo es felicidad plena, porque es un regreso elegido, es desde otro lugar y ya no tengo esa presión que tenía antes de tener que demostrar lo bien que bailo o lo que estoy haciendo. Me siento mucho más seguro de lo que soy, de lo que hago. Y lo que hago es para compartirlo con los otros. Siento que lo que hago es para sumar, no para conquistar, ni para para lograr algo nuevo, ni para hacer algo distinto. Gesté una obra sin darme cuenta que yo iba a formar parte y me parece que eso es lo más lindo que tiene, porque me tomó por sorpresa el hecho de verme arriba del escenario sin pedirlo.

Este personaje necesitaba cobrar vida, ponerlo en la piel de alguien. Y es un rol muy particular porque es el hilo conductor de la obra. Es el coreógrafo quien construye algo para darle vida a otros. No estaba mirándolo con ojos de ser intérprete, porque creía que no iba a subirme más al escenario.

¿Y qué fue lo que pasó?

Fue darme cuenta que alguien lo iba a tener que hacer y que era mucho más interesante y más fácil hacerlo yo mismo que poner a otra persona. Digo, bueno, pongo un actor, pero el actor no escucha tanta musicalidad. Entonces, no. Pongo un bailarín que también sepa actuar, también es complicado. Y si yo soy el resumen de los dos, ¿por qué no me voy a poner? Era no querer elegirme. Era negarme la posibilidad, y ya a esta altura elijo no negar.

De alguna forma, este espectáculo tiene algo de autobiográfico también. Es un riesgo también para el intérprete poner algo de su vida sobre el escenario, imagino que hay algo ahí que se genera. ¿Cómo es para vos llevar algo tan personal a escena?

Seguramente sea la obra más personal que haya hecho hasta ahora. No puedo esquivar la pregunta. Un psicólogo haría dulce conmigo. Volvería a reinventar una tesis de mínima, seguramente. Pero también hay escritores que hacen obras autobiográficas. Y me gusta la obra, me gusta mi rol, me gusta lo que le pasa a los bailarines con la obra. Me parece que es un lindo presente.

La obra de alguna forma también habla de ese rol entre la bailarina y su mentor, ese coreógrafo.

Por ahí habla más de lo que un coreógrafo le brinda a la bailarina para poder despedirse, no como mentor sino como alguien que la acompaña. Un cómplice más que nada. Esa persona que te entiende y que te acompaña, tal vez en silencio, tal vez a la distancia, tal vez presente, en un momento donde para cualquier figura es un momento muy delicado.

Has trabajado con muchísimos coreógrafos y coreógrafas durante tu carrera. ¿Qué tipo de coreógrafo aspiras a ser cuando ocupas ese espacio?

Yo mismo, seguro. Yo no quiero copiar a nadie, pero a mí me parece que un coreógrafo es alguien gravitante en la vida de un artista porque es tu alter ego, por decirlo de alguna manera. Es quien a vos te permite ser, en libertad y asumiendo todos los riesgos que eso implica. Es escuchar todo el tiempo lo que le pasa al otro, porque el coreógrafo verdaderamente lo que hace es interpretar, escuchar la necesidad que el otro tiene como para poder trascenderse a sí mismo. Tú terminas siendo un puente para que esa persona pueda llegar a donde tiene que llegar. Es un acto de una amorosidad enorme y de una grandeza muy amplia, porque estás asistiendo todo el tiempo a que alguien sea su mejor versión.

Hay algunos coreógrafos que buscan que esa persona sea la versión que ellos quieren que sea. Son dos escuelas bien diferentes.

Son dos escuelas bien distintas. Son dos necesidades humanas bien distintas. Una es la comprensión de lo que necesita el otro, y la otra es la posibilidad de servirte a vos mismo a través de un otro. Si vos sos realmente inteligente, solo explotando bien al otro –en el buen sentido de la palabra–, solo dejando que el otro brille, vas a poder brillar a través de él. Vos preguntás quién fue el director de una linda película. Los actores no serían lo que son si Fellini no los hubiera dirigido. Es decir, esos actores brillaron por la mirada lúcida de ese director que buscaba algo para la obra, algo para despertarlos y que ese texto tenga sentido. Lo mismo pasa con un coreógrafo. Yo comprendo muy bien lo que es una despedida y uno tiene que entender que cada cual la vive a su manera. Todas las despedidas son distintas.

Todas las carreras son diferentes y tiene sentido que la despedida lo sea.

Y siempre es un epílogo de lo que vos fuiste. Siempre.

Iñaki Urlezaga

Iñaki Urlezaga

Hablabas de la presión que sentías cuando subías al escenario. ¿Cuanto más fama o más reconocimiento tenés, mayor es esa presión?

Recuerdo cómo me cambió drásticamente la primera vez que fui mirado por otro. Eso sí lo recuerdo, y te diré que muy traumáticamente. Después aprendes a convivir con eso, te empezás a amigar porque no hay un antes, nunca más. Una vez que saliste del anonimato no volvés nunca más. Lo maduras, lo procesás y empezás a darte cuenta de algo fundamental: qué es lo que vos querés más allá de esa mirada externa, si vas a vivir condicionado por cómo te van a ver o si te vas a animar a ser tú mismo más allá de estar siempre mirado.

Eso es un desafío también.

Eso es un desafío enorme. Vivir expuesto es un desafío enorme.

¿Pero qué pasa ahí con el manejo del ego? Cuando sos tan mirado, cuando conseguís lugares por los que otros compiten, ¿cómo se maneja el ego del artista?

Mucha terapia, mucha aceptación, mucha crisis. Tenemos que entender que nos gusta gustar, que el artista tiene un ego. Si no acepta que lo tiene solo se va a recrudecer, solo se va a engrandecer y lo va a seguir dominando. El arma que el ego tiene es a través de la dominación. El ego en la aceptación se diluye, pero para eso hay que recorrer el sentido inverso de lo que uno creía que era y para recorrer eso también hace falta mucha valía, mucha persuasión, mucho camino, mucha escucha, que el ego no quiere.

Y mucho coraje, en algún punto.

Sí. Pero creo que en los artistas el poder de la resiliencia y el poder del coraje son dos capacidades inexorables para poder ser vos mismo, para poder conocerte. Tenés que estar preparado para poder atravesar esas tormentas.

Sos un hombre que atravesó algunos de los escenarios más importantes del mundo de la danza clásica. ¿Cuál fue el lugar en el que bailaste que más te conmovió?

La 9 de Julio. Es un lugar en el que te sentís Gardel. Ese día sí, ¿ves? El ego te estalla, te explota. Justo el Obelisco es el epicentro de la ciudad y es hermoso que te regalen ese momento en un lugar donde tanta gente pasa de forma cotidiana, y en un hecho de extrema rareza, extraordinario, vos puedas subirte a un lugar donde en general no llega a nadie y encima todo el mundo te aplaude. Es un lugar muy lindo que es reservado para poca gente y cuando te toca realmente es un poco tocar los cielos con las manos.

Hay algo particular en tu trayectoria y es que acercaste mucho al ballet a un público que quizás no estaba acostumbrado a verlo.

Sí, y yo creo que cada vez más eso va a suceder en las nuevas generaciones. Producto de nuestros trabajos al ballet ya no se lo considera más un trabajo de élite. Pasa a ser un hecho cotidiano, como el teatro y como el cine. Es un arte más, que cualquiera que quiera sentirse conmocionado por eso lo puede vivir. No hace falta saber, no hay que ir a la facultad o pertenecer a una familia adinerada. Cualquiera puede.

En una entrevista en TvCiudad hablabas sobre el vínculo entre el camarín y el artista. ¿Qué significa el camarín en la vida de un bailarín?

Hay una parte tuya que solo queda ahí. Una parte tuya que es la mirada en el espejo, lo que te pasa a vos cuando ves un rostro que con los años va cambiando. Porque entras siendo un adolescente y te vas canoso. Esa transformación interna, que también te la devuelve la mirada ajena. Y todo lo que ese camarín escucha: cuando no te han elegido, cuando te han aplaudido de maravilla, cuando te has lesionado, cuando te has divorciado. Parte de la vida de un artista pasa dentro de un camarín y la gente no lo sabe. Por eso me pareció muy lindo, como metáfora, incluirlo en la obra. Es darle luz y amplitud de forma más humana a lo que una carrera es, artísticamente hablando, para un público que solamente ve el final: cuando te pones la ropa y ya están todas las batallas dadas, salís a dar tu mejor versión y viene el aplauso. Eso es el final. Esa es la parte más grata, más linda, más fácil, te diría. ¿Pero, cómo se construye un personaje? Todas las veces que te perdés en el camino para volverte a encontrar, todos los no que atravesás, todo lo que creías que no ibas a poder, todos los aprendizajes que te deja y todo lo que no se sabe que ahí sucede para que después esté lo otro.

¿Cuál es el aplauso que más inmediatamente tenés en la memoria?

El último es el más fuerte, por dos razones: porque sabes que no volvés más, sabés que se acaba ahí, y porque además ya está todo hecho. Hasta ese momento no sabes qué va a pasar en el aplauso. Puede conmocionarte, te pueden abuchear, te pueden agradecer, puede haber silencio. El aplauso es impredecible y eso es como el amor, no lo podés manejar, no lo podés condicionar. Está o no está, sucede o no sucede, porque lo que le pase al otro vos no lo podés manejar. Entonces, hasta el último momento no estás tan emancipado de ello; porque por algo bailas para un público, si no harías una función privada en tu casa. Hay un vínculo con el otro, que tiene derecho a expresártelo a través del aplauso. Si bien el último de todos ya no se juzga por lo que hiciste, sino en parte se agradece todo lo que has dado, hasta ese momento estás siempre esperando ver qué le sucede al otro.

¿Y qué te pasa con el silencio inmediatamente posterior?

Es una contracara enorme. Por eso vos te pueden aplaudir un millón de personas, pero el silencio puede ser mucho más ensordecedor. Porque es la conciencia, es la voz interna.

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