9 de agosto de 2026 5:00 hs

Cuando Narciso Silveira llegó temprano en la mañana a la estancia de su padre, se dio cuenta de que algo había ocurrido. No se veía a nadie, pero las puertas estaban abiertas de par en par. El silencio era apabullante en la fría mañana del 8 de mayo de 1901 en el paraje La Coronilla, en las sierras de Aiguá. Entró a la casa y en el comedor se topó con una imagen aterradora; enseguida fue a buscar ayuda al campo vecino.

Su padre Adolfo Silveira (68 años), su primo Pedro (40), el peón Olegario Fernández (19) y un niño que vivía en el campo, Juan Francisco Alonso (8), estaban tendidos en un mar de sangre. A pocos metros, en otra habitación, estaba el cuerpo de su madre, Luisa de los Santos (76).

Adolfo Silveira era dueño de un campo a la altura del kilómetro 68 de la actual ruta 39. En el examen del cadáver se constató que había recibido dos puñaladas en el torso. Pedro Silveira murió al recibir cuatro puñaladas; una en la cabeza y tres en el tórax. El peón Fernández tenía varios cortes y en distintas partes del cuerpo. Juan Francisco fue degollado con tanta fuerza que la cabeza se separó del cuerpo. Alguna crónica de la época relató que tenía en la boca un trozo de carne a medio masticar. El cuerpo de Lisa tenía varias puñaladas y también le habían tajeado la garganta.

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“La violencia de aquel asalto había sido tremenda y el caso horrorizaba a una sociedad ansiosa por poner fin a la delincuencia que tenía a mal traer al país en los primeros años del siglo XX. Narciso nunca pudo olvidar lo que vio al ingresar al casco de la estancia”, escribió el periodista Sebastián Panzl en el libro Fusilados y verdugos. Historia de la pena de muerte en Uruguay.

El mantel delator

Alba Silveira creció escuchando la historia de su bisabuelo a lo largo de su infancia. Su padre, nieto de Adolfo, juntaba a los niños de la familia y relataba una y otra vez la tragedia de sus antepasados.

“Siempre me interesó aquello que había sucedido. A mis hermanos no tanto, pero a mí siempre me movió a curiosidad, era algo que yo quería que se mantuviera en la memoria, que se conociera”, relató Alba, en un artículo de junio de 2014, publicado en el Banco de Historias Locales del Instituto Uruguayo Argentino, firmado por Néstor Curbelo.

Adolfo llegó de Brasil y compró tierras que iban desde Lavalleja hasta el arroyo Alférez de Maldonado. “Era un hombre trabajador y ahorrativo que con esfuerzo había conquistado una enorme fortuna”, contó Curbelo, en base al relato de Alba.

Alba, nieta de Adolfo Silveira, relató en 2014 los detalles de la historia que marcó a su familia.

Alba, nieta de Adolfo Silveira, relató en 2014 los detalles de la historia que marcó a su familia.

Escolta de soldados en la casa de Silveira

Escolta de soldados en la casa de Silveira

Se decía que Silveira había obtenido una importante suma de dinero por la venta de 500 novillos, y que la había enterrado en el campo. Un hombre de su confianza llamado Manuel Páez (28 años) era de los pocos que sabía que al igual que otros estancieros, Silveira guardaba la plata bajo tierra.

Nunca se supo con exactitud dónde fue que escondió el dinero; ni siquiera si efectivamente lo hizo. Se presume que Luisa, a la que apuñalaron sin éxito para que diera la ubicación exacta, tampoco lo conocía. Según su bisnieta, en aquellos años las mujeres no estaban al tanto de los negocios de sus maridos. No existe evidencia de que hayan encontrado las monedas los buscadores de metales que recorrieron años más tarde el terreno.

Enseguida del hallazgo de los cadáveres, se llegó a una conclusión: por la forma en que fueron asesinados, era notorio que al menos alguna de las víctimas conocía a los matadores. Segundos antes de la muerte, estaban cenando alrededor de la mesa de comedor, cubierta por un mantel que se colocaba en ocasiones especiales. Por ejemplo, cuando llegaba de visita Manuel Páez, contó Alba.

A los pocos días del crimen, la Policía encontró en Castillos, departamento de Rocha, a quienes creía que eran los responsables. Después de que uno terminase confesando la matanza, fueron trasladados a Montevideo y recluidos en la cárcel de Miguelete. Dos de ellos se convirtieron, meses después, en los últimos condenados a la pena de muerte aplicada por la Justicia uruguaya.

Espectáculo bárbaro

Páez iba al frente de los cuatro jinetes que, en la mañana del 5 de mayo de 1901, salieron de Castillos rumbo a Aiguá. Lo acompañaban Aurelio González, su hermano Isaías y Juan Carlos Cabrera.

En base a crónicas de la época y relatos familiares que escuchó Alba, Aurelio González fue quien terminó entregando a la banda, al escuchar a su hermano llorar. Contó que cuando él y Páez llegaron al campo de Silveira, el dueño de casa los invitó a cenar.

Se sentaron a la mesa mientras sus socios aguardaban afuera. A los pocos minutos empezó el ataque, al que enseguida se sumaron los otros hombres. Después de la masacre, removieron la tierra alrededor del casco sin encontrar nada y apenas se fueron con lo que rescataron de los bolsillos de los muertos.

Imágenes del traslado de González y Páez y llegada al Puerto de Punta del Este

Imágenes del traslado de González y Páez y llegada al Puerto de Punta del Este

La Justicia determinó que González y Páez serían fusilados en el lugar del homicidio. “Se ponía en marcha entonces la aplicación del último caso de pena de muerte para civiles que hubo en Uruguay, un instrumento de sanción del delito que venía desde la época colonial y que era cuestionado por intelectuales que luchaban por abolirlo. Los otros dos participantes del asesinato en Aiguá, Isaías González (hermano de Aurelio) y Juan Carlos Cabrera, fueron condenados a quince años de prisión”, escribió Panzl.

El 25 de setiembre de 1902 llevaron a González y a Páez al Puerto de Montevideo. Diez horas después, llegaron a Punta del Este, “por entonces una península desolada”.

“Los condenados viajaron desde Punta del Este hasta Aiguá en un carruaje. En Maldonado, los curiosos también salieron a las calles, contentos con el final que tendrían aquellos imperdonables asesinos. Aunque muchos intelectuales de Montevideo intensificaban su campaña en contra de la pena de muerte y habían escrito ríos de tinta para intentar salvar a Uruguay de ese ‘espectáculo bárbaro’, la condena a Páez y González contaba con apoyo popular en la zona”, relató Panzl en el libro.

Las últimas horas

En la noche del 27 de setiembre de 1902, esposados, con los pies atados y rodeados de una férrea custodia, Páez y González volvieron al campo de Silveira, donde fueron confinados por 48 horas a la espera del final.

Dos días después, “los condenados se levantaron a las siete de la mañana, comulgaron, desayunaron asado, bebieron caña y fumaron tabaco. Aún había tiempo para darse los últimos gustos de la vida”, escribió Panzl.

Poco antes de las once 11 de la mañana los sacaron del rancho. Les vendaron los ojos y los ataron a unos pequeños bancos de madera que había fabricado para la ocasión un carpintero fernandino.

El oficial a cargo levantó el sable. Cuando lo bajó, ocho soldados dispararon a los homicidas; cuatro a cada uno. Por las dudas, dos militares se acercaron a los cadáveres y los remataron con dos tiros de fusiles Remington, de acuerdo al relato del historiador local Artigas Orse en el libro La pena de muerte en el Uruguay: El fusilamiento de Páez y González en Maldonado.

Imagen tomada antes de los fusilamientos

Imagen tomada antes de los fusilamientos

Después de la ejecución, los curiosos que se habían acercado hasta el lugar celebraron lo ocurrido y comenzaron a retirarse. Algunas crónicas hablan de centenares de personas, pero otras versiones indican que en realidad fueron menos: era un lugar de difícil acceso, alejado de centros poblados, al que solo se llegaba andando o a caballo.

Páez y González quedaron tendidos en el suelo, atados a los bancos de madera, tal como estaba previsto, de acuerdo a los simulacros realizados en los días previos. Dicen que uno de ellos se orinó antes del fusilamiento.

El sacerdote Lorenzo Pons tenía varias ejecuciones a cuestas y había acompañado las últimas horas de los condenados. De acuerdo al relato de Orse, cuando fueron fusilados, miró al público y exclamó: “’Pueblo estúpido, pueblo bárbaro, ¿no comprendéis que son nuestros hermanos, que tienen madres que en este momento lloran angustiadas por la desgracia de sus hijos?’”

Un valor turístico

En la edición de 2017 de la Fiesta de la Patria Gaucha de Tacuarembó, la sociedad criolla de Patria y Tradición del departamento obtuvo el primer premio en el concurso fogones, con una representación de la matanza y fusilamiento de comienzos del siglo XX.

La historia de Aigúa tiene enormes coincidencias con la tragedia que inspiró A sangre fría, la formidable obra de Truman Capote basada en el asesinato de una familia cometida en 1959 en un pequeño pueblo de Kansas. Los matadores conocían a las víctimas y estaban detrás de un dinero que nunca encontraron. También terminaron ejecutados.

La pena de muerte aplicada a Páez y González inspiró investigaciones periodísticas y libros. A nivel político en más de una oportunidad se manejó la posibilidad de colocar algún cartel indicativo, como forma de convertirlo en un atractivo turístico, aunque nunca llegó a concretarse.

Ahora, el alcalde de Aiguá, Daniel Perdomo, tiene entre sus prioridades potenciar el carácter patrimonial del Municipio y la historia de la última pena de muerte civil aplicada es parte de la agenda.

En Aigúa hay dos guías turísticas que relatan lo ocurrido a los visitantes y se están evaluando distintas alternativas para potenciar el activo turístico que significa contar con un mojón histórico de esas características, dijo la alcaldesa interina, Liliana Bernárdez, a El Observador.

A la izquierda: Manuel Páez y Miguel Cabrera. A la derecha: Aurelio e Isaías González

A la izquierda: Manuel Páez y Miguel Cabrera. A la derecha: Aurelio e Isaías González

La alcaldesa mencionó como ejemplo que, en otros países, los lugares donde ocurren acontecimientos con características inéditas se convierten en un punto de interés y por eso Aiguá aspira a recordar lo que sucedió en el pasado.

La tarea no es sencilla, porque el dueño del predio no permite que se ingrese al terreno para colocar algún elemento distintivo. Por eso, las autoridades exploran distintas formas para recrear lo sucedido.

La situación es similar a la del Cerro Catedral, donde la Alcaldía intenta llegar a un acuerdo con los propietarios de los campos ubicados en el punto más alto del país, para que el público pueda acceder hasta la cima, explicó Bernárdez.

El predio donde se cometieron los asesinatos y las ejecuciones está ubicado en la sección novena de Maldonado, conocida como La Coronilla, en las sierras de Aiguá. El terreno está cercado y despoblado, pero en alguna ocasión hay quienes intentaron ingresar y se toparon con un hombre a caballo que les impidió el paso. De la construcción de comienzos del siglo XX no queda nada.

José Luis Rapetti es oriundo de San Carlos. Fue dirigente político del Partido Nacional, ocupó cargos departamentales y es un estudioso de la historia del departamento. En diálogo con El Observador, recordó que hace años visitó la casa de Silveira.

Llegó gracias a un conocido que tenía contacto con los descendientes de los fallecidos. Todavía estaba en pie la vivienda de la época, que no era un gran casco de estancia, sino más bien un rancho característico del comienzo del siglo XX. En la recorrida, uno de los visitantes comentó que las manchas marrones que estaban en las paredes eran de sangre, aunque Rapetti reconoce que nadie podía confirmarlo con precisión.

El fin de una práctica

En 1903 se aplicó la pena de muerte a un soldado que mató a otro en una pelea. Ocurrió en Salto, cuando las autoridades militares resolvieron que Estanislao Silva fuese ejecutado. “Víctima de su error”, decía el cartel que colocaron en el lugar donde lo enterraron.

El caso de Silva fue distinto al de Aiguá y no tiene su mismo destaque histórico, porque quedó circunscripto a la órbita de la justicia militar. El episodio de los fusilados de Maldonado tiene otras dimensiones por la violencia de los hechos, que provocaron una conmoción a nivel social, y porque fue la última vez en el país que dos personas fueron ultimadas por decisión de la justicia civil.

Además de dedicarse a la política, el intendente de Rocha Alejo Umpiérrez es escritor. En un extenso artículo publicado en la Revista Histórica de Rocha, se refirió el crimen de Aiguá y realizó un recorrido por etapas que llevaron a la abolición de la pena de muerte a comienzos del siglo XX.

Diario de época sobre los fusilamientos en Aiguá

Diario de época sobre los fusilamientos en Aiguá

El proceso, como todo cambio en Uruguay, llevó tiempo. En 1831, un año después de la primera Constitución, el polifacético Dámaso Antonio Larrañaga fue pionero en la materia: siendo senador presentó la primera iniciativa en ese sentido, que no prosperó.

En 1879 hubo una abolición parcial para las mujeres y menores de 20 años y el Código Penal de 1889 la limitó a los hombres de entre 20 y 60 años.

En 1903 el abogado y diputado colorado Pedro Figari, que luego se convertiría en uno de los pintores más reconocidos del Uruguay, realizó una intensa campaña para derogar la pena de muerte. Dos años después, el presidente José Batlle y Ordoñez envió al Parlamento un proyecto de ley en ese sentido, que se consagró en la ley 3.238 promulgada en 1907, en el gobierno del presidente Claudio Williman.

El tema volvió a la discusión en Asamblea Constituyente de 1916, que fijó el contenido de la nueva Constitución que se aprobó un año después. El artículo 163 de la Carta Magna, estableció una disposición que se mantiene hasta hoy: “A nadie se le aplicará la pena de muerte”.

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