6 de septiembre de 2026 5:00 hs

Humildad, liderazgo, ética, formación de personas, formación del carácter, virtudes aplicadas a la educación. Esos conceptos, en boca de la doctora en Educación Verónica Fernández, adquieren un peso particular.

Fernández proviene de España. Es docente e investigadora, y se ha especializado en estos temas. Autora de estudios y libros tales como Virtues and Values Education in Schools, The Effect of Teacher Leadership on Students’ Purposeful Learning y A Virtue-Based Model of Leadership Education (Educación en virtudes y valores en las escuelas, El efecto del liderazgo docente en el aprendizaje con propósito de los estudiantes y Un modelo de educación en liderazgo basado en las virtudes), codirige el Proyecto de Investigación TEPACE y asesora el Value Based Leadership Project del Oxford Character Project de la Universidad de Oxford. Además, colabora con el Jubilee Centre for Character and Virtues de la Universidad de Birmingham.

Esta semana estuvo dando conferencias en Uruguay, invitada por la Universidad de Montevideo. El centro de su mensaje radica en una propuesta: volver a lo básico en la convivencia humana. Reconoce que puede sonar “moralizante”, pero está convencida de que, si la educación recupera sus valores, mejorará también su rendimiento académico.

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Lo que sigue es un resumen del diálogo que mantuvo con El Observador.

¿Por qué estás en Montevideo?

Me invitó la Facultad de Humanidades. Nos conocemos hace ya tres años. Hay programas que desarrollamos desde la Universidad Francisco de Vitoria, que es en la que yo estoy. Me invitaron a una semana intensiva, la verdad. Yo dirijo el Centro de Educación del Carácter, en el Centro de Educación en Virtudes y Valores. Querían aprovechar esta semana para difundir qué es esto de la educación del carácter, del florecimiento humano, las virtudes. Hablábamos hoy con los profesores que incluso en España y otros contextos no es que esté de moda; suena moralizante. Pero cuando uno entiende y va a la profundidad…

Es que no parece ser un concepto de la educación en sí mismo sino más bien de un sistema de creencias.

Sí, parece religioso o de las creencias, pero lejos de la realidad. No es eso.

¿Cuál es la definición entonces de la educación del carácter?

Es todo aquello que ayuda a un alumno a moldear su modo de pensar, sentir y actuar. Es importante educar al alumno en el hacer, y toda la educación competencial. Pero quizás hemos perdido el para qué lo hace. Está habiendo un giro en educación que no es que sea una novedad, sino un volver a lo esencial. Hemos pasado del siglo XIX-XX, de una educación humanista, a después de la Segunda Guerra Mundial que entramos en un paradigma tecnocrático en la teoría de capital humano, porque la educación se concibió como ‘vamos a reconstruir el mundo’. Se necesitaba gente que trabajara. Es la educación que hemos recibido todos nosotros: competencial, utilitarista. Casi un siglo después se está viendo que esa educación, con todo el avance tecnológico y de la IA, está haciendo agua. Es insuficiente. No basta. Quizás antes había una formación humanista fuerte, donde la educación competencial se sostenía por la familia, la sociedad, etc. La educación del carácter busca rescatar lo humano. Ayudar a que el alumno no solo haga cosas, sino a preguntar también en quién se convierte el alumno al hacer estas cosas.

En Uruguay hubo recientemente una reforma educativa para enseñar justamente por competencias...

Competencial también puede ser que aprenda a hacer muchas cosas. Estamos formando alumnos sumamente competentes, que es lo que se busca y está muy bien. Ahora, ¿para qué va a usar esa competencia? Puede ser que una persona la use para robar un banco. O puedo tener alumnos que usen esas competencias para generar un bien común para una nación. En el fondo, no es que hay que quitar la competencia, sino que le falta dirección a esa competencia. Se necesita gente muy competente, el tema es que falta un paso más: esa competencia para qué.

¿Es un problema generalizado en la educación?

Sucede a nivel mundial. De hecho, está resurgiendo con mucha fuerza desde la Unesco, la OCDE… Los exámenes de PISA ya no miden solo rendimiento, sino también habilidades socioemocionales, de carácter… Ahora que estamos frente a esta tecnología maravillosa que es la IA, necesitamos aprender a usarla. El instrumento está al servicio de la persona, y no al revés.

La pérdida de sentido de lo que se aprende, ¿tiene que ver con la desconexión de los estudiantes respecto a lo que se les enseña hoy en día?

Totalmente. Sobre todo porque el profesor -quizás no todos- va a enseñar a que el alumno aprenda cosas. Pero no está ayudando a que el alumno aprenda a ser alguien. El mismo docente está fragmentado. Piensa ‘yo vengo a dar mi asignatura, que aprenda esto y ya está’, pero se olvida de que al enseñar la asignatura está ayudando a que ese alumno se convierta en alguien. Debe ayudar a que eso que enseña se conecte con la realidad y con aquello con lo que el alumno se va a encontrar. Es importante que el profesor, sea del nivel que sea, muestre los porqués y el sentido.

¿Es una transformación que hay que procesar en la formación del docente?

Tiene que transformarse tanto en la formación inicial como en la formación continua. Y me atrevo a decir que no es solamente del docente; hablo de la familia. Porque parecería que es la escuela la que lo tiene que hacer, pero el primer lugar donde un alumno educa su carácter es su propia familia. Ignoro cómo es en Uruguay -aunque, por las reuniones que he venido teniendo, veo que estamos tan globalizados que las circunstancias son las mismas-, pero la familia ha dejado de educar de algún modo. Dice ‘le toca a la escuela’. Y la escuela dice ‘no me toca a mí, le toca la familia’. Entonces, la educación del carácter ha quedado en tierra de nadie y esto está afectando a las sociedades en general. A veces decimos ‘son las redes sociales’. Y las redes son una variable más, pero es que al niño se le ha dado mucha autoridad. El niño tiene que estar al centro. ¿Qué significa? ¿Ser narcisista, que estemos todos a su nivel? ¿O al centro es buscar su bien, que todos colaboremos dentro de una alianza educativa para que el niño madure?

¿Cómo se involucra a la familia en una educación eficiente o asertiva?

No es tan fácil. Hay que entender a las familias, que tienen también sus luchas. Creo que ningún padre decide no educar a su hijo. Estamos en una vorágine que nos impide detenernos y pensar qué entendemos por felicidad. ¿Es que no tenga problemas? Todos hemos tenido. ¿Es que no le cuesten las cosas? Pues que, si no le cuestan, no va a lograr crecer en resiliencia y el día de mañana afrontar retos grandes. La familia debe trabajar mucho porque estamos en un momento bastante utilitarista y mercantilista, entonces vamos dejando al niño de lado, que lo eduquen en la escuela, y yo llego a casa a compensar el no sentirme tan mal porque no he estado, y pasar un rato que además debe ser de calidad, entonces no vamos a discutir los cinco minutos que tenemos. Entonces cedo. Esas son cosas que debemos cuestionar otra vez. Un padre no puede ser amigo o colega de su hijo porque, de hacerlo, lo deja huérfano.

Pierde el referente.

Sí. He visto bastante en el trabajo con padres que nadie les ha hablado de esto. Ellos mismos traen una carencia de formación en este ámbito. Creo que la escuela debe rescatar y tomar ese lugar. Generar esa alianza entre padres y educadores. La escuela no puede hacer una cosa y la familia decir otra. Y eso pasa en todas partes.

¿El que lleva la voz cantante en esto debe ser el centro educativo?

Cada uno en su ámbito, porque la escuela se subordina a la familia. Pero la familia debe dejarse ayudar. Si tú eliges un centro educativo, el que sea, tienes que apoyarlo. No decir ‘pobrecito el niño, que no le exijan, que no sufra’. La familia debe volver a entender qué es educar. Y el colegio no debe tener miedo de exigir y generar esta alianza educativa. Hay que ir juntos.

No puedo evitar pensar que esto que planteas aterriza en una sociedad con pérdida de valores, sin tiempo de nada, donde hay tantos problemas… ¿Cómo se trabaja para que esto cale?

Claro que es un reto, pero en el fondo todos queremos llegar a vivir una vida lograda. Si yo mismo no veo mis propias carencias, si no veo que estoy metida en un bucle de hacer ochocientocincuentamil cosas y corro todo el día, y quiero que el niño no vea el móvil pero yo estoy todo el día en el móvil… Yo soy un modelo de conducta. ¿Qué tipo de vida estamos eligiendo vivir? Hay un libro de un filósofo surcoreano, Byung-Chul Han, que se llama La sociedad del cansancio y que refleja bastante bien esto que estamos viviendo. Ahora tenemos IA. En vez de ayudarnos a hacer menos, hacemos más. Debería darme más tiempo para estar con mis hijos, tener un rato agradable o al menos un rato de reflexión. Eso no lo estamos haciendo. Y no es el niño, es el adulto. Nosotros mismos estamos en un hacer, hacer, hacer.

También viniste a hablar de liderazgo. ¿Cómo entra ese concepto en esto que estamos conversando?

Liderazgo es uno de los temas más polémicos y hablados. Si te metes a Google puedes encontrar miles de definiciones y distinciones sobre lo que es. La definición que tenemos en el grupo de investigación es el acto humano de guiar a otros hacia un bien común. Acto humano que es libre e intencional. No es influirte. La influencia es una consecuencia de guiarte o hacer algo grande juntos. Si no es un bien ni es común, es poder y no liderazgo. ¿Hitler era un líder? No, ejercía abuso de poder y autoritarismo. Un verdadero líder es el que hace crecer, el que potencia; es el que hace que nuestra sociedad sea más justa.

¿Todos los docentes deben ser líderes?

Es que lo son. De hecho, hay un informe de la Unesco de 2024 que dice que las personas más líderes en una escuela son los docentes, y que gracias al liderazgo de esos docentes se da el aprendizaje. Y los segundos son el equipo directivo. El problema es que la vocación docente está muy desprestigiada, y el propio docente no se cree que tenga esa influencia.

Si un alumno no siente ese respeto por el docente, si no le inspira, ¿falla el docente o falla la educación?

Creo que hay que distinguir la cuestión educativa de los alumnos, del concepto de autoridad, que no es autoritarismo. Un niño o adolescente tiene un cierto respeto hacia el mayor, por norma social o cortesía. Eso se ha ido perdiendo… al menos mis alumnos...

¿Sentís que no te respetan?

Hay algunos que no. Porque hemos perdido esta cuestión de la educación del carácter a nivel mundial. Hay muchos que reducen respeto a tolerancia, y quizás no estemos teniendo un lenguaje compartido de qué es el respeto. No digo que antes fuera mejor que ahora. El tipo de educación que yo recibí era muy autoritario, de cumplir normas. Muy bien, fenomenal, ayudó en su momento, pero tú tienes que hacer un camino personal para decir ‘esto es lo que quiero’. Y creo que mi generación y la que sigue se ha ido a un péndulo: tanto rechazamos el autoritarismo que ahora nos vamos a un permisivismo. Y se han perdido ciertos valores compartidos como el respeto. No es porque el otro sea más que yo; somos iguales en dignidad, pero hay una cierta asimetría. Los docentes, e incluso los padres, han perdido autoridad. El niño es el que tiene la autoridad y los demás deben obedecer al niño. Y eso no ayuda al ámbito educativo. Hay que recuperar cierto punto medio. Y luego hay un liderazgo moral que no es impone jamás: se gana. Un docente o un padre o una madre lo gana por la coherencia de vida, por cómo está preparado, por cómo quiere a la persona, por cómo se relaciona, por el respeto que debe ser bidireccional.

En Uruguay ocurren cada vez más seguido los episodios de agresiones de padres y alumnos a docentes. ¿Es la mayor muestra de ruptura de la alianza?

Es a nivel mundial. Es super triste. Y dices: ¿qué ha llevado a esta agresividad hacia el docente, que además lleva a que muchos no quieran ser docentes? ¿Por qué, si lo que quieren es un bien? Debemos replantearnos qué es educar. Si educar es dejar que el niño haga lo que sea, apaga y vamos, que te eduque el ordenador. El docente no es un mero facilitador sino alguien que quiere hacerte crecer. Los padres me han dicho que en Uruguay ha disminuido la confianza, sobre todo la confianza entre la familia cercana y los vecinos. Imagínate: si ha disminuido la confianza con la gente cercana, ¿qué confianza vas a tener con la escuela? Ahí se requiere una confianza grande porque te están ayudando a educar lo que más quieres. E implica un camino de la escuela de ver cómo me gano esa confianza. Ahora: la agresividad demuestra también que la familia, la persona adulta, necesita educar su carácter. Falta ese autodominio que era básico de una sociedad educada. Esto va generando un ciclo porque si el niño ve que el padre agrede, ¿cómo no va a agredir también? Aprendemos por lo que vemos o dejamos de ver.

Es básico, pero a la vez es muy difícil porque implica arreglar muchas cosas rotas. Parece muy idílico, pero ¿cómo se hace?

Hay que empezar por cosas básicas y concretas. Y pocas. No es que todo esto se vaya a solucionar de un día para el otro. Vivimos en un mundo de todo ya, pero esto va a requerir mucho tiempo porque hay que revertir muchos procesos. Y debemos empezar por cosas como por favor y gracias. Antes de venir para acá estuve con una persona de políticas públicas de Argentina. Y hablamos de introducir dos cosas básicas. Que el respeto vuelva a calar, no solo en la escuela. Reintroducir que hay un otro, que no vivo solo. Con que a mi hijo le enseñe eso, por lo menos empiezo a enseñar que puedo respetar y que no chillo en un restaurante porque puedo molestar a otra persona.

¿Así de simple?

Volver a lo básico. A veces pensamos que tenemos que hacer unos programas y cosas… pero esto es volver a mirar a la persona y decirle muchas gracias, y abrirle la puerta y dejarlo pasar. Cosas que hagan que el otro sienta que habita en este mundo. Es un modo nuevo de entender la educación que se remonta a Aristóteles.

No se está inventando nada…

No se está inventando nada. Es volver a lo básico de toda la vida y que funcionó durante más de 2000 años.

¿Qué reacciones has tenido ante estos conceptos estos días en Uruguay?

La verdad, sorprendida. Ha sido una respuesta muy positiva. Lo que he visto en los directores de colegio y profesores universitarios y de escuelas es una reacción de ‘esto es, queremos volver a esto’. Veo que abre una esperanza y que toca algo muy profundo de las personas, de decir ‘se puede cambiar’ y no a base de invertir un montón de dinero. Son cosas pequeñas, básicas, del día a día y de sentido común. En España hicimos unos encuentros para fortalecer la alianza entre padres y docentes. Cuando se iba, le pregunté a una madre ‘¿qué te llevas?’. Me respondió: ‘Es que yo no me había dado cuenta de que no debo hablar mal de la maestra delante de mi hijo’. Y yo pensaba que era de sentido común, pero es que hoy en día no lo es. En el fondo la gente aspira a cosas buenas. A nadie le gustan las personas mentirosas, pero quizás no estamos educando para que se diga la verdad.

Y esto que venís a transmitir, ¿de qué manera se puede aplicar? ¿Cuál es la propuesta concreta para los centros educativos?

Llevamos trabajando mucho tiempo en esto, basados en evidencia científica. No es que ‘hay que ser buenos’ y ya está. En varios centros hay estudios que muestran que cuando tú vuelves a poner el foco en los alumnos para que haya esfuerzo, perseverancia, fortaleza, el resultado académico aumenta. El problema es que nos hemos centrado solamente en aprendizajes cognitivos, y hemos dejado de lado la parte no cognitiva. Pero somos seres educables y alguien nos tiene que ayudar a crecer. Entonces consiste en dar formación a los docentes. Siempre que empezamos a trabajar con ellos, hablamos de esto: por qué educar, formar yo mi propio carácter, y eso va a formar por sí solo. Después quizás no haya que dar tantos discursos, aunque sí hay que hacer más explícito esto. Qué entendemos por respeto, noción que se ha perdido. Si hoy les preguntas a los alumnos qué es el respeto, se van a quedar pensando y te van a dar quinientas definiciones distintas. No hay un lenguaje común. El programa consiste en volver a entender la educación desde esta perspectiva de hacer crecer, de que vuelva a haber una alianza educativa entre familia y escuela…

¿Son talleres para docentes y para padres?

Exactamente. Nosotros hemos desarrollado un programa con la Universidad de Birmingham. Hay un diploma, un curso de especialista de formación en carácter, donde se da también toda la fundamentación filosófica, antropológica, y luego más concreta. Muchas veces queremos hacer cosas, pero nos falta la teoría.

¿Ha habido cuestionamientos a esta propuesta?

Claro. La formación del carácter ha sido muy cuestionada, porque se puede decir que estamos adoctrinando niños o imponiéndoles una manera de hacer cosas. Pero lejos de eso. Es educar la libertad para que el alumno pueda decir quién quiere ser. Y es con una base del diálogo socrático, a través de preguntas, en un mundo en el que nadie se pregunta nada. Volver a plantearnos los fines de la educación. Quién quiero ser, para qué vivo, para qué existo.

La cantidad de diagnósticos de trastornos de atención y de aprendizaje que hay en esta época, ¿tiene algún punto de contacto con esta crisis de valores?

Sí. No hay que minimizar que hay alumnos que sí padecen todo eso. Pero también es cierto que hemos caído en un fenómeno de psicologización de la educación. Parece que la psicología debe venir a resolverlo todo, y casi que el maestro es un terapeuta del alumno porque todos tienen algún síndrome. Y es verdad que no poner límites de pequeño lleva a una problemática. El otro día leía que hay un nuevo síndrome que es el del niño emperador: un niño que tiene baja tolerancia al no. Pienso que esto raya el tono de lo ridículo. Es un niño al que nadie le ha educado desde pequeño y no le han puesto ciertos límites que necesita. Les estamos dejando sin referencia de absolutamente nada, porque no vayamos a dañarles… Y tanta autonomía les está dejando una fractura, una debilidad. El niño necesita ese límite para crecer fuerte y sano. Si tú no le dices que no, es obvio que va a tener baja tolerancia al no. Pero no es porque tenga un problema psicológico; es porque no lo hemos educado. Y en algunos casos es más cómodo. Si no me da la vida, es más fácil desplazar la responsabilidad a la cuestión psicológica, porque no me siento culpable. Es que ahora todos son autistas. Habría que preguntarnos si realmente es así, o qué estamos haciendo en las etapas iniciales del desarrollo del niño que está originando esto. Quizás nosotros mismos, por no ejercer cierta autoridad, abdicamos de lo que es propio nuestro y podemos estar dejando a nuestros chicos a la deriva.

¿Cómo te imaginás que va a ser esta generación de niños y adolescentes cuando comiencen a trabajar?

Yo tiendo a estar esperanzada. Siempre nos vamos de un lado del péndulo al otro. Yo veo a chicos que dicen ‘hay algo que no estoy recibiendo’. Porque de algún modo estamos bien hechos. Personas que buscan algo más: propósito, sentido. Yo creo que tocar un lado del péndulo va a llevar al otro. Creo que los jóvenes van a regresar, pero no nos podemos quedar de brazos cruzados. Creo que estos chicos nos van a enseñar muchas cosas porque de algún modo han experimentado esta fragilidad. La vida les va a enseñar a ser fuertes y van a educar a sus hijos en esa fortaleza en la que quizás ellos no fueron educados. Ninguna generación es perfecta.

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