29 de julio de 2026 8:12 hs

A Berta todavía le cuesta volver a esa imagen. Es apenas una captura de pantalla, una publicación en un grupo de Facebook de Minas. Dos fotos de su hijo y un mensaje escrito con apuro: "Se busca familiares de Daniel García Fernández, se accidentó y está grave en Florida".

Habían pasado apenas unos minutos desde el siniestro de la Ruta 56, ocurrido en la madrugada del 30 de marzo, en el que murieron Daniel Souza, su pareja María Ximena Russo y los hijos de ambos, Ciro Valentín y Mía Ayelén, de dos y nueve años. Daniel García era el único ocupante del vehículo que seguía con vida y permanecería 117 días internado antes de convertirse en la quinta y última víctima de aquella tragedia, pero Berta todavía no sabía nada de eso.

No hubo una llamada oficial ni un patrullero deteniéndose frente a su casa. La noticia llegó de madrugada, a través de mensajes que empezaron a multiplicarse en su celular. Durante unos minutos quiso convencerse de que todo era un error.

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Fue así como una madre supo que la vida de su hijo pendía de un hilo. No hubo una llamada oficial ni apareció un policía en la puerta de su casa. La noticia llegó de madrugada, a través de mensajes que comenzaron a multiplicarse en el celular.

"Al principio no lo podía creer. Pensé que había tenido un accidente en moto, porque él siempre andaba en moto. Nunca imaginé que fuera otra cosa", cuenta.

La incertidumbre duró apenas unos minutos. Buscó el teléfono del hospital de Florida en internet y llamó. Del otro lado le confirmaron que Daniel acababa de entrar a cirugía.

"De los nervios hablaba rapidísimo. Me dijeron que lo habían operado de muchas cosas. Esa noche casi no dormí, estaba desesperada porque no conocía a nadie del lugar donde él trabajaba y no sabía realmente qué estaba pasando", recuerda en diálogo con El Observador.

Al amanecer preparó una pequeña bolsa con algunas pertenencias y salió rumbo a la terminal. Creía que sería un viaje corto, no sabía que terminaría viviendo un mes entero en una ciudad desconocida. "Salí con lo puesto y una bolsita. Así llegué a Florida. Después terminé quedándome un mes, vivía prácticamente en el hospital, las horas en el CTI se hacían eternas", dice.

Durante semanas su vida quedó reducida a una rutina que empezaba y terminaba en la puerta de cuidados intensivos. Aprendió a esperar partes médicos, a reconocer las caras de enfermeros y médicos y a medir el paso del tiempo por las pequeñas mejorías que alimentaban una esperanza que nunca quiso abandonar. "Como madre jamás perdí la fe, siempre pensé que iba a salir adelante", asegura.

Pero cuando habla de Daniel, Berta hace un esfuerzo por apartarse del hospital. No quiere que la historia de su hijo quede atrapada en aquellos 117 días de internación, prefiere volver mucho más atrás. "Tengo cinco hijos y Daniel fue mi primer hijo, mi único varón, mi hombrecito".

Lo describe como un muchacho inquieto, "medio rebelde", aunque enseguida aclara que había algo que nunca cambió: "Era muy trabajador".

Desde adolescente eligió el campo. Empezó como tambero en Ortiz, en Lavalleja, donde aprendió el oficio, y con el paso de los años fue recorriendo distintos establecimientos rurales. Hacía poco tiempo que se había instalado en Florida para comenzar una nueva etapa laboral, ese cambio lo ilusionaba.

"Estaba contento porque la mayoría de los compañeros tenían su misma edad. Se había hecho muy amigo de Daniel Souza. Él, donde iba, se hacía querer", destaca.

En medio de la internación hubo un recuerdo que se volvió refugio. Pocos días antes del accidente Daniel le había escrito para contarle que en abril tendría unos días libres y quería volver a Minas.

"Me dijo que el 10 iba a venir a verme para aprovechar el festival Minas y Abril", pero ese abrazo nunca llegó. En su lugar quedaron las largas jornadas junto a una cama de hospital, las operaciones, las pequeñas señales que renovaban la ilusión y las recaídas que obligaban a empezar otra vez.

El sábado pasado, cuando Daniel murió después de casi cuatro meses de internación, aquella espera terminó. Hoy, mientras intenta reconstruir la vida de su hijo antes de aquella madrugada de marzo, Berta vuelve una y otra vez a las mismas imágenes: el adolescente que aprendió a trabajar entre tambos, el joven que hacía amigos en cada lugar al que llegaba y el hombre que seguía llamándola para contarle sus planes.

"Extraño estar junto a mi hombrecito", dice, y en esa frase, sencilla y alejada de cualquier grandilocuencia, parece caber todo el vacío que dejó el último capítulo de la tragedia de la Ruta 56.

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