19 de septiembre de 2026 5:00 hs

Cuando Enzo Teliz asumió la dirección del Hogar de Varones de Treinta y Tres, en agosto de 2024, se encontró con una escena que nadie ahí adentro parecía ya mirar con extrañeza. Los adolescentes salían del centro sin autorización y volvían, salían y volvían, en un vaivén que los educadores habían terminado por incorporar como parte del paisaje. En el sistema de información del INAU, esa rutina tenía nombre y número: entre el 1° de enero y el 15 de setiembre de 2024, el hogar había registrado 80 salidas no acordadas, protagonizadas por siete adolescentes.

Arriba, en el segundo piso de la casona, un gimnasio era utilizado por cualquiera de forma indiscriminada, incluso por personas que no tenían nada que ver con el INAU. En el fondo, un galón juntaba escombros, desechos, trastos viejos en desuso.

La imagen no dista de lo que pasaba en varios otros centros de protección del país, que hace que difícilmente se sientan hogares, que fácilmente los adolescentes prefieran estar en otro lugar. A veces en cualquier otro, pese al riesgo que pueda implicar.

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Porque aunque los centros de protección 24 horas del INAU son hogares "de puertas abiertas" —los adolescentes viven ahí, no están presos—, salir sin avisar puede traer aparejado otros problemas. En los varones, entrar en el circuito del narcotráfico; en las mujeres, en la explotación sexual.

Dos años después, los números del hogar de Treinta y Tres cuentan otra historia. En el mismo período, pero de 2025 —del 1° de enero al 15 de setiembre—, las salidas no acordadas cayeron a 30, repartidas entre nueve adolescentes: una reducción de más de la mitad. En lo que va de 2026, en esa misma ventana del calendario, el hogar registra apenas 6. Y la caída se da, además, mientras el padrón de internos atendidos crece: de 18 adolescentes en 2023 a 21 en 2024, hasta los 39 actuales: siete viviendo en el hogar y el resto viviendo en familia. En resumen: Hay más adolescentes en el padrón, pero se van menos.

El contraste con el resto del país es elocuente. El Observador relevó en julio de 2024 que las denuncias por personas ausentes vinculadas a salidas no acordadas de hogares del INAU venían en aumento sostenido a nivel nacional: de 1.605 en 2021 a 2.211 en 2022, 3.549 en 2023 y ya 3.238 en los primeros siete meses de 2024, un ritmo que proyectaba superar largamente el año anterior. En ese informe, seis de cada diez denuncias por personas ausentes correspondían a adolescentes de hogares del instituto, y 75 permanecían desaparecidos. Mientras esa curva nacional seguía en ascenso, en Treinta y Tres empezaba a doblarse en sentido contrario.

Meses atrás, otro artículo de El Observador daba cuenta de que entre 2015 y 2025 aumentó 60% la cantidad de niños o adolescentes que salieron sin autorización alguna vez de los hogares del INAU. Si se miran las salidas no acordadas, sin embargo, el aumento en ese período fue de 381%. Más niños y adolescentes se escapan, y además lo hacen más veces.

Por eso, lo que sucede en Artigas, así como en Treinta y Tres y en Cerro Largo —en el centro de adolescentes mujeres- sobresale entre el resto de los hogares del pais—

Teliz no describe lo que hicieron como una fórmula mágica sino como un protocolo artesanal, construido "a partir de la experiencia", que divide el problema en tres momentos: antes, durante y después de la “salida no acordada”.

En el momento previo, el trabajo es de prevención: aprender a leer los anuncios —"yo me voy a ir"— las frustraciones acumuladas, las señales que preceden a cualquier persona que demuestra no querer estar en el lugar donde está. La directriz, dice Teliz, es agotar los recursos antes de que el adolescente se vaya: atención personalizada, trato humano, y cuando corresponde, negociar.

"Es mayor el riesgo de una salida no autorizada, entonces preferimos una salida acordada: si el gurí quiere ir a la plaza, se la damos, pero con un horario de vuelta", dice.

Esa lógica se extiende a la vida cotidiana del hogar. En vez de una rutina pareja para todos, intentan rutinas personalizadas: al que le gusta el fútbol, un convenio con un club de barrio que a cambio recibe mantenimiento de luminaria y del pasto; al que le gusta el gimnasio, se le paga la cuota. Cada cual se encarga de levantar lo que ensucia.

"Los chiquilines se tienen que sentir en casa. Y eso significa que no nos dé lo mismo si se van", dice el director del centro, que acaba de cumplir los 30 pero ya logró, junto con el equipo que trabaja en el hogar, cambiar la pisada de un problema central en el INAU.

La segunda etapa de su método sucede cuando, de todas formas, el adolescente se va sin avisar. El cambio, en este caso, tiene que ver con la relación con la Policía.

Antes, cada episodio implicaba ir a hacer la denuncia a la comisaría y, al regreso del adolescente, pasar por una seccional y una revisión médica: un circuito que, dice Teliz, "desarticula el centro". Ahora trabajan con una planilla de denuncia genérica que completan ahí mismo, y es la Policía la que se acerca al hogar a tomarla.

Cuando se confirma la salida, entregan la mayor cantidad de información posible —contactos familiares, direcciones que frecuenta el adolescente— para facilitar lo que la normativa exige desde el ministerio del Interior: una búsqueda activa que, según Teliz, a veces tiende a perder urgencia si no se sostiene la relación entre instituciones. "Construir confianza interinstitucional" es, dice, tan parte del protocolo como cualquier otra cosa. Que al hogar no le dé igual, que a la Policía no le dé igual.

El tercer momento, el posterior, es el que el director del hogar describe como el corazón del método: demostrarle al adolescente que su salida sin aviso no pasó desapercibida. Indagar los motivos, relevar dónde estuvo y dónde no, y usar esa información para anticipar la próxima vez. Que sepa, también, que a nadie le dio igual su ausencia.

Teliz entró al INAU en 2022, como funcionario de un club de niños y de un hogar infantil. En 2024, cuando el director del hogar de varones renunció, la dirección departamental le ofreció el cargo. Tenía 28 años recién cumplidos y ningún antecedente de haber dirigido un centro. "No fue nada sencillo, porque había lógicas instaladas", dice. El cambio de paradigma, dice, lo demostró estando ahó: "Sucede algo, y estoy, no importa la hora". De ahí, sostiene, salió todo lo que se fue construyendo.

La idea de que no da igual estar o no, que las cosas funcionen o que no, que estén rotas o que no, que alguien falte o que no, se muestra también en el edificio. El galpón que acumulaba escombros y se fue limpiado de a poco entre los funcionarios del centro hasta convertirse en un espacio con parrillero y mesa de ping pong. El gimnasio del segundo piso se clausuró para volverse la sala de talleres abierto también a las familias. Los roperos comunes, que se rompían y se compartían sin orden, están siendo reemplazados por lockers individuales con llave; cada joven tendrá su mesa de luz y podrá dormir con la puerta cerrada —los funcionarios conservan la posibilidad de abrirla ante una emergencia—. Los dormitorios y los baños tienen puerta. Y en el comedor, el personal almuerza junto a los adolescentes, cada uno con su propio plato: no platos de camping, no platos de plástico, de paso. Vajilla digna de una casa.

La fachada del edificio la pintó personal de Defensa a través de un convenio con el programa Soldado Amigo; el interior, personal vinculado a Mides junto con las familias.

Nada de eso, insiste Teliz, es reemplazable por protocolo si no hay gente sosteniéndolo. El equipo está compuesto por tres coordinadores, diez educadores y una maestra, que trabajan cuatro días y descansan cuatro, en turnos de ocho horas.

Y en esto, otro cambio: corrieron el inicio del turno nocturno de las 22 a las 23 horas porque es más natural que un adolescente esté durmiendo a las once que a las diez, y porque así hay más educadores presentes justo en el horario en que suelen decidirse las salidas.

El trabajo con las familias ocupa una porción igual de grande. La mayoría de los adolescentes tiene referentes familiares, y el hogar destina buena parte de sus horas a sostener ese vínculo: visitas domiciliarias, coordinación con la intendencia y organismos para regularizar servicios, gestión de canastas de higiene junto con Mides, búsqueda de oportunidades laborales para los referentes. "Si lo dejás estar, se cae", dice Teliz sobre ese trabajo de sostén, que busca evitar que una familia desbordada termine devolviendo al niño al centro de amparo.

Desde afuera, cualquiera podría decir que los cambios tienen que ver con una cuestión de suerte: adolescentes más “fáciles”.

Teliz, sin embargo, lo rebate: como en tantos otros centros, los adolescentes que terminan en hogares de amparo del INAU suelen sentir el despojo absoluto, es esta su última posibilidad, cuentan con vínculos familiares dañados, débiles, rotos, vienen con historias de familias con adicciones, tienen adicciones ellos mismos, o pasaron, al menos alguna vez, por desbordes emocionales. Patologías pisquiátricas “graves y persistentes”. No hay “adolescentes fáciles”. Vienen de irse sin aviso de otros centros, en otros departamentos, a veces de manera crónica.

Lo que sí reconoce como diferencia estructural es la escala: trabajan con menos volumen de chiquilines si se compara con los hogares más grandes. Aunque en la mayoría de los centros del INAU, las salidas no acordadas siguen siendo un problema, pese al tamaño.

¿Por qué acá funciona? Taliz dice que es por un cambio en la forma de trabajar: protocolos evaluables, pero, sobre todo, compromiso de todo el equipo día a día. Y algo más: para construir confianza con los adolescentes, también tiene que haber confianza de las autoridades y los trabajadores. Que ningún educador sienta miedo de que, si pasa algo por “acordar” con los adolescentes, la responsabilidad termine recayendo en ellos por, justamente, cambiar la pisada.

El hogar "cero salida no acordada" en Artigas

En Artigas también hay buenas noticias. "En este momento no tenemos salidas no acordadas", dice Andrea Díaz, directora departamental de INAU en Artigas, sobre el Hogar de Varones del departamento. Y se apura a matizarlo: "Esto es día a día. Hoy no tenemos, pero se puede dar un ingreso mañana".

Artigas suma, a los problemas que atraviesa cualquier hogar del INAU, la complejidad de ser frontera, y la geografía pesa. Artigas capital bordea con Brasil; Bella Unión, además, integra una triple frontera con localidades de Brasil y de Argentina. Eso significa que los riesgos de irse del hogar se multiplican.

En 2025, el Residencial de Varones de Artigas tuvo 31 adolescentes vinculados en sus distintas modalidades de atención, con un total de 23 vinculaciones (14 en residencia, 9 en contexto familiar). Ese año se registraron 7 salidas no acordadas, pero ninguna prolongada en el tiempo: el reingreso fue rápido en todos los casos, y las que más se sostuvieron correspondían a adolescentes que no eran de la ciudad de Artigas sino de la zona oeste del departamento —un patrón que se fue revirtiendo con el trabajo sostenido del equipo y de las redes institucionales.

Hoy el centro tiene 16 adolescentes, y a lo largo del año solo se registraron dos salidas no acordadas en los primeros meses del año. Desde mayo que no registra ninguna otra.

Igual que en Treinta y Tres, en el Hogar de Varones de Artigas —que aloja a adolescentes de entre 13 y 17 años y 11 meses— el trabajo no arranca cuando alguien decide irse. Antes de recibir a un adolescente, el equipo técnico y la dirección se reúnen con el oficio judicial y la historia del nuevo morador ya en mano, y arman una estrategia de intervención a medida. En la entrevista de recepción le explican las pautas de convivencia del hogar y, en particular, qué es una salida acordada y qué es una que no lo es: "Yo no te voy a prohibir que salgas, siempre que sea un ambiente cuidado y protector. Sí te voy a pedir que cumplas determinadas normas para habilitar esa salida", resume Díaz la lógica que se le transmite a cada adolescente que ingresa. Los propios adolescentes tienen delegados dentro del hogar, que ayudan a bajarles esas reglas a los que recién llegan.

Las salidas acordadas están, además, escalonadas por edad. Los de 13 y 14 años tienen autorizada una salida en el turno de 12 a 18 horas, con posibilidad de extender el horario si la evaluación conjunta del equipo con el adolescente lo permite. Para los más grandes, cada salida se negocia caso a caso —incluida una fiesta de 15 o un boliche habilitado para adolescentes que termine de madrugada—, siempre que haya un horario acordado con el adulto que va a recibir al adolescente y ese horario se respete. "Si vos tenés que estar a las 12 de la noche en el residencial y son las 12 y media y no llegaste, obviamente la próxima no salís", ejemplifica Díaz, aunque aclara que la respuesta no es la misma frente a un adolescente de 14 años que frente a uno de 17: el equipo mide, en cada incumplimiento, el riesgo real de esa demora.

Para habilitar cualquier salida, el equipo del hogar pide tres cosas: que el adolescente esté estudiando, que cumpla con un cronograma de tareas que él mismo ayuda a armar, y que respete a sus pares y a los funcionarios, tanto dentro del hogar como en el barrio. Cuando alguien pide un permiso, el equipo lo vota y lo fundamenta, y se impone lo que decida la mayoría. Los adolescentes conocen ese mecanismo, y con el tiempo aprenden a esperar lo que tarde la decisión.

Buena parte de esas salidas dependen, en Artigas, de un trabajo de rastreo paciente: seguir los vínculos familiares o afectivos que el propio adolescente va mencionando. "Muchas veces son ellos mismos los que te traen las referencias: mirá, yo tengo el vecino tanto, tengo la tía tanto", cuenta Díaz. Ninguno de esos nombres se habilita de entrada: el equipo técnico y la dirección citan a esa persona al hogar y hacen lo que Díaz llama "un despistaje fino" antes de dar el visto bueno. Si las señales son buenas, se empieza con salidas cortas —un día, de ida y vuelta, con regreso a dormir al hogar— y, si el vínculo se sostiene, se avanza hacia un fin de semana o una licencia más larga. Cuando el referente vive en otro departamento, la coordinación pasa por las direcciones departamentales de INAU, y el adolescente viaja siempre acompañado por un educador. Cada uno de esos movimientos, dentro o fuera del departamento, se informa al Poder Judicial, que sigue de cerca la trayectoria de cada chiquilín, incluido el efecto que la salida tuvo sobre él a su regreso.

Cuando la salida no acordada ocurre igual, el protocolo que se activa es el mismo que rige en cualquier hogar del país: un manual de procedimiento único para todo el sistema de protección especial 24 horas. La primera comunicación es con el Ministerio del Interior; después empieza la "búsqueda activa", rastrear las redes por las que puede estar circulando el adolescente. Díaz describe con una imagen los distintos niveles de gravedad: "El semáforo ya no deja de ser rojo, sino que pasa a bordó" cuando la salida involucra a un chiquilín en una situación de especial riesgo. Ese manual, a nivel nacional, está en revisión.

Como en Treinta y Tres, en Artigas también rechazan que el resultado se explique por una población "más fácil". "De todos los gurises que están ingresando hoy al sistema de protección especial, en su gran mayoría son por situaciones extremas de violencia: presuntos delitos de abuso sexual, consumo problemático de sustancias, muchas veces de ellos mismos y también de sus familias", dice Díaz. Tampoco lo explica una decisión política puntual: el resultado, insiste, "es de un proceso" de unos cinco años, sostenido por un equipo cuya directora —Díaz no es quien dirige el hogar, sino la dirección departamental— lleva cerca de una década al frente.

La comparación con el Residencial Femenino, que funciona en el mismo departamento y bajo el mismo manual, es la que mejor ilustra que no hay una receta única para replicar. Ahí las salidas no acordadas siguen siendo un problema, y Díaz no lo atribuye a que un equipo trabaje mejor que otro, sino a que la población de mujeres en el residencial es mayor y más móvil, y a un factor cultural que atraviesa las denuncias que le llegan al instituto: "Llega mucho más denuncia por el lado de las gurisas que de los varones", dice, en referencia a los abusos sexuales y a la explotación sexual comercial y no comercial de niñas y adolescentes.

Para Díaz, la clave no está tanto en el protocolo posterior —que es el mismo para todos los hogares del país— sino en lo que se hace antes de que un adolescente llegue siquiera a plantear una salida. Desde el momento en que el Poder Judicial oficia el ingreso, el equipo ya empieza a diseñar la estrategia: revisa si hubo seguimiento territorial previo, si la situación involucra redes de consumo o explotación, si hay antecedentes de salidas no acordadas en otros centros. "No es lo mismo un chiquilín que ingresa porque está vinculado a estas redes que otro que ingresa por una situación que no reviste esa gravedad", explica. Pensar la salida antes de que el adolescente entre siquiera por la puerta es, para Díaz, la verdadera diferencia entre gestionar el problema y solamente reaccionar ante él.

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