La microbiota como argumento
La microbiota intestinal es el conjunto de microorganismos que tenemos en el intestino. Es como una huella dactilar: cada una es diferente. Hay circunstancias que inciden en la microbiota y nos vienen dadas. Nacer por parto natural permite entrar en contacto con los lactobacilos de la vagina de la mamá, algo de lo que no se benefician los bebés que nacen por cesárea. Algo similar sucede con los que toman leche materna y reciben esa fuente única de nutrientes. También incide para bien haber tenido contacto con animales y no haber crecido en entornos asépticos. El aspiracional de higiene y pulcritud que se impone habitualmente a la hora de cuidar un bebé tiene su costado negativo desde esta perspectiva.
Así las cosas, entre el 60% y 80% de la modulación de la microbiota hacia un estado de equilibrio ("eubiosis") radica en la alimentación, y este sigue siendo el superpoder de los nutricionistas.
"Es una herramienta más que hace que las personas adhieran más a lo que recomendamos en cuanto a alimentación. Explicamos que lo que elegís para alimentarte no es solo para vos, sino también para tus microorganismos. Y eso a veces engancha a los pacientes", dice Mendive.
La diversidad es clave porque el intestino necesita distintos tipos de microorganismos con sus enzimas para digerir todas las sustancias que llegan en los alimentos. Un ejemplo: comer solamente carne con papas alimenta la microbiota solo de proteobacterias, cándidas y levaduras. En cambio, las ensaladas y legumbres proveen el sustrato para otro tipo de microorganismos que favorecen el llamado eje intestino-cerebro y que tiene que ver esencialmente con el bienestar. De hecho, la psiconeuroinmunoendrocrinología, corriente a la que adhiere Mendive, plantea que la microbiota incide no solo en lo digestivo sino también en lo hormonal, en el sistema nervioso y en el estado de ánimo.
Además de los antecedentes de la primera infancia y la alimentación, importan los hábitos. Y entre ellos, el uso de medicamentos como antibióticos o inhibidores de la bomba de protones (los que se usan para reducir la acidez), que reducen la primera barrera de la microbiota. También el exceso de emulsionantes, que están en los productos industrializados. El alcohol, como el tabaco, inciden negativamente en las condiciones ambientales que necesitan las bacterias. Y, como siempre, el estrés también juega. Una secreción constante y muy aguda de cortisol llega al intestino y genera un medio adverso para que crezcan las bacterias buenas.
Si debiera graficar visualmente la microbiota, Mendive diría que la primera barrera la componen los microorganismos, la segunda una especie de moco y la tercera un conjunto de células que conforman una barrera de ladrillos. Detrás de esa muralla está el ejército, que es el sistema inmune. Hay aditivos de los alimentos industrializados que podrían favorecer la separación entre los “ladrillos” y habilitar el paso de sustancias microbianas.
“Eso es la inflamación”, explica la nutricionista. “El ejército se queja de que están pasando cosas que no deberían”.
Las dietas antiinflamatorias, tan de moda por estos días, se enfocan en mejorar la microbiota porque es el primer lugar donde se genera inflamación cuando no se cuida la barrera intestinal. Las células oncogénicas necesitan inflamación en el cuerpo para propagarse. “Si no tenés inflamación, es difícil que desarrolles el cáncer”, sentencia Mendive.
En otras patologías también se ha visto beneficio de una microbiota en equilibrio: esclerosis múltiple, Parkinson, Alzheimer, autismo. En las enfermedades autoinmunes, si bien hay una desregulación dada por otros factores, también se ve mejoría al bajar la inflamación.
“Hoy en día, ningún diagnóstico es determinante. Siempre tenés algo para hacer, mejorar y tener mejor expectativa de vida”, asegura la especialista.
La pastillita mágica
Está dicho: buena alimentación, ejercicio físico, pero también un buen manejo del estrés, técnicas cuerpo-mente como meditación o yoga, y hábitos disfrutables como escuchar música o bailar. Todo hace a una buena microbiota.
Pero, aun así, hay veces que los profesionales entienden necesario suplementar. Acá es preciso mencionar a “los cuatro bióticos” que inciden en la microbiota. Los más famosos son los probióticos, pero también existen los prebióticos, los sinbióticos y los posbióticos.
Los probióticos son “microorganismos vivos que confieren un beneficio al huésped”, define Mendive. Se ingieren en determinada cantidad (deben aportar entre 10 unidades formadoras de colonias) y se identifican por género, especie y cepa. Actualmente hay muchos probióticos para la microbiota intestinal (que sirven para tratar constipación, diarrea, tránsito digestivo, entre otros), para el sistema inmune, para la salud bucal, para la salud vaginal, para bajar el colesterol, e incluso hay probióticos para mejorar la salud mental, porque ciertas bacterias pueden colaborar en el metabolismo del cortisol y bajar la sensación de estrés y de ansiedad.
Hay, además, probióticos en desarrollo o que aún no llegaron a Uruguay. Por ejemplo, aquellos que favorecen el estraboloma, un conjunto de bacterias que ayudan a metabolizar los estrógenos y ayudan al momento de la menopausia o en ciclos menstruales irregulares.
Sobre este boom, dice Mendive: “En la práctica clínica veo que los mismos pacientes piden receta porque ven los beneficios. Pero tiene el tema del costo...”. El frasco con 30 pastillas suele costar encima de los 1.000 pesos. “El probiótico es lo que tiene el sustento científico detrás, pero podés comerte el brócoli o el arándano, que no tiene financiación, y de repente ya alimenta la bacteria”, aclara la nutricionista.
Y agrega: “La industria de suplementos está recontra en auge, y los pacientes mismos te los piden. La gente quiere la pastillita mágica. Yo creo que en algunos casos puede ser necesario, pero siempre hacer foco en los cambios del comportamiento alimentario, que cuesta”.
Hecha la advertencia, Mendive reconoce que “con nuestro ritmo de vida acelerado y exigido, a veces no tenemos tiempo para preparar una buena alimentación”, y en ese caso puede que haya un déficit. “Habría que indagar si realmente hay, y ahí ver de suplementar, pero por cierto tiempo y con cierto objetivo”, afirma.
Existen estudios de microbiota en base a una muestra de materia fecal con la que se pueden medir los genes de los microorganismos presentes. En función de esos genes, se compara la muestra con los de un grupo de población sana. En Uruguay los ofrecen dos laboratorios: Enteria y Equibiota.
Estos estudios, acá y en todo el mundo, enfrentan cuestionamientos por los criterios que utilizan para determinar cuándo una microbiota es “sana”. No están establecidos los parámetros de normalidad y tampoco los protocolos de actuación. Lo que sí se puede afirmar, según Mendive, es que en la población “enferma” se ven diferencias sobre todo en que la microbiota es menos diversa. La técnica científica sí está validada para publicar, pero se entiende que todavía no está estandarizada.
Las dos grandes referencias científico-médicas en el tema son la Organización Mundial de Gastroenterología (WGO, actualmente presidida por una uruguaya, la grado 5 Carolina Olano) y la Asociación Científica Internacional de Probióticos y Prebióticos (Isapp). Ambos organismos publican guías que informan para qué sirve cada cepa, qué efecto negativo reducen, qué estudio hay al respecto, qué nivel de evidencia tiene, por cuánto tiempo se usó y en qué población. Los especialistas las consultan porque hay probióticos que están en el mercado, pero su incorporación es muy nueva y la prueba de sus beneficios aún es incipiente.
También están los otros bióticos. Los prebióticos son aquellos microorganismos capaces de dar el sustrato adecuado y mejorar el ambiente para las bacterias buenas. El Isappincluye como potenciales prebióticos al omega 3 y al CLA (ácido linoleico conjugado). Este último se vende como “quemador de grasa”, pero su mayor efecto es antiinflamatorio. Sin necesidad de acudir al suplemento farmacológico, el omega 3 se encuentra en los pescados y las semillas de chía y lino hidratadas.
Los sinbióticos (palabra que proviene de sinergia) están compuestos al mismo tiempo de probióticos y prebióticos. Sirven para mejorar la flora intestinal y la salud digestiva en general. La leche materna es el alimento con sinbióticos por excelencia. También hay presentaciones farmacológicas.
Por último, los posbióticos son microorganismos ya no vivos sino inanimados, o partículas de los microorganismos inanimados. También llevan nombre, apellido y cepa. Algunos mejoran la salud gastrointestinal, otros el sistema inmune. “Tienen la ventaja de que, si tomás antibióticos, los podés tomar en cualquier momento porque no afecta. A los probióticos los tenés que tomar dos horas antes o dos horas después. Otra ventaja es que, al estar muerto, dura mucho más, ya sea en el alimento o en el fármaco”, explica Mendive.
No hay muchas publicaciones sobre los posbióticos. De hecho, en Uruguay todavía no se venden en forma de suplemento. Se entiende que pueden ser beneficiosos y seguros para pacientes en quimioterapia o con inmunosupresión en general.
La moda de lo natural
El boom de los probióticos no es solo farmacológico. Como en otros temas, existe la tendencia a volver a lo natural y a mirar e imitar las costumbres de los que nos antecedieron.
En ese sentido, se han revalorizado los alimentos fermentados, que según Mendive no se pueden denominar probióticos porque se desconoce sobre ellos todos los datos. Se refiere a kéfir, kombucha, kimchi, chucrut y otros.
Lo cierto es que sobre estos alimentos no hay tanta publicación científica porque no está la industria farmacéutica detrás, afirma la nutricionista.
“Pero, a lo largo del tiempo se ha visto que las sociedades milenarias tenían o tienen bastante consumo de alimentos fermentados sin procesar, sin agregados de azúcar y colorantes, y logran un efecto positivo en la salud”, destaca Mendive.
Aun así, hay algunas advertencias básicas. El kéfir y la kombucha producen un poco de etanol en la fermentación, así que no se recomiendan para niños ni embarazadas. Tampoco es bueno consumir estos alimentos todos los días o que sustituyan el agua. Lo que se recomienda es un máximo de 200 ml por día en el caso de los líquidos, y una cucharada por día en el caso de los sólidos.
También es importante asegurarse, en caso de que sean caseros, de las condiciones de higiene en que se generaron.
Los avances en proceso
La microbiota es un mundo que se está recién descubriendo y cada avance evidencia que hay mucho más por conocer.
En un congreso que se realizó recientemente en Buenos Aires, y del que participó Mendive como especialista en el tema, se presentó un trabajo que demuestra que algunos lactobacilos específicos ayudan a la formación de serotonina, la hormona de la felicidad.
“Está en investigación, pero se sabe que el 70% de la serotonina se secreta a nivel intestinal, o sea que hay bacterias que inciden en su formación. La serotonina que se forma a nivel intestinal tiene no solo la función de estar más alegres, sino también una función de motilidad para el tránsito intestinal. La serotonina intestinal no puede pasar la barrera hematoencefálica, pero hay señales que estimulan la secreción a nivel central. Entonces, la intestinal está vinculada con la central. Determinados tipos de bacterias entonces favorecen esa secreción de serotonina, y se está estudiando para sacar algún probiótico”, explica la nutricionista.
Mendive ha investigado específicamente el vínculo entre microbiota y autismo. “Es de las condiciones en las que se ha observado más vínculo porque la microbiota suele estar alterada en las personas con autismo. Ahí la gran pregunta es qué está primero, si el huevo o la gallina. No se sabe. En el autismo suele haber selectividad alimentaria y consumo de medicamentos, entonces si no come variado obviamente el niño va a tener una microbiota disbiótica. Lo que sí podemos decir desde la práctica -y hay evidencia científica- es que cuando tratás de mejorar esa microbiota (sobre todo en cuanto a estilo de vida y alimentación saludable), muchas veces mejora la calidad de vida. Mejoran los síntomas gastrointestinales que muchos tienen. Eso hace que estén menos irritables y mejore el comportamiento”, expone.
También se ha visto que con el suministro de probióticos pueden mejorar algunos parámetros de conducta.
Ante todo, Mendive propone revalorizar el rol de los profesionales, evitar la autosuplementación y la consulta a la inteligencia artificial, que quizás pueda diseñar una dieta personalizada e incluso responder a todas las inquietudes, pero no tendrá la mirada experta para preguntar justamente lo necesario para recetar, y probablemente no sepa discriminar lo que reúne suficiente evidencia de lo que no.