30 de agosto de 2026 5:00 hs

Una madre primeriza empieza a sentir dolor en las articulaciones de sus manos a los meses del nacimiento de su bebé y recibe la noticia de que tiene una enfermedad autoinmune. Una mujer que superó un cáncer años atrás, madre de un adicto recuperado, sufre una recidiva cuando él vuelve a consumir. Un hombre con una enfermedad terminal y un pronóstico de tan solo meses de sobrevida logra sortear la muerte durante décadas. Termina falleciendo por otra enfermedad, que emerge justo en el momento en que su socio y amigo lo traiciona.

Aunque hemos crecido escuchando que el estado de ánimo incide en nuestra salud, y a pesar de que sabemos que el estrés enferma y que ciertos hábitos supuestamente ofician de barrera protectora, es muy probable que no sepamos realmente que la ciencia lo tiene comprobado y, sobre todo, dónde radica la explicación.

Dice Margarita Dubourdieu, psicoterapeuta, investigadora y docente uruguaya especializada en psiconeuroinmunoendocrinología (PNIE), que se trata de hallazgos de hace 40 o 50 años, pero que recién ahora se están “revalorizando”.

Más noticias

Los científicos de entonces “vieron que las células asociadas tradicionalmente a un sistema estaban presentes en los otros sistemas”, plantea, y ejemplifica: “Sabemos que los neurotransmisores son del sistema nervioso, pero se vio que hay en otros sistemas. Y a la inversa: hay linfocitos, que son del sistema inmune, en el sistema nervioso. Entonces investigaron y vieron que teníamos receptores en cada uno de esos sistemas -nervioso, endócrino, inmune- para los mensajes que venían de los otros”, explica.

Eso es importante, dice Dubourdieu, porque la manera en la que está diseñada la atención sanitaria lleva a que consultemos al especialista que asociamos a los síntomas que tenemos, pero ese especialista debería indagar posibles factores de otras áreas que estén impactando en el motivo de consulta del paciente.

En 1995 Dubourdieu investigó si había factores anímicos en 180 pacientes oncológicos previos a recibir un diagnóstico de cáncer. El resultado: el 100% arrastraba estrés crónico en los últimos cinco años. “Los factores emocionales habían favorecido, junto con otros, la emergencia de la enfermedad”, concluye la especialista.

Una de las palabras mágicas en este tema es “multicausalidad”. No se pone en duda el efecto benéfico que tiene una medicación o un tratamiento determinado en cierta patología. Lo que se reafirma es que, si hay un factor emocional que está incidiendo, ya sea en la emergencia o en desarrollo de la enfermedad, mientras siga ese factor difícilmente se logre un avance duradero.

La cascada

Mucho tiempo atrás, Dubourdieu tuvo un familiar enfermo cuyo sufrimiento la llevó a indagar en el vínculo entre cuerpo y alma, entre enfermedad y depresión. Estudiando -porque ya estaba todo escrito- entendió a fondo lo que hoy, en diálogo con El Observador, intenta explicar con palabras sencillas: la “cascada neuroquímica del estrés”.

“Cuando recibís estímulos del ambiente, a nivel de la corteza cerebral, evaluás si es bueno o no es bueno para ti. Si lo evaluás como un factor de riesgo que genera estrés o angustia, liberás una cascada neuroquímica”, dice.

Hay cascadas de distintos tipos, con diferentes nombres. Una de ellas es heredada del hombre primitivo que, cuando veía un león o se ponía en estado de alerta, sufría taquicardia, se le dilataban las pupilas, bombeaba más sangre a los músculos.

También hay una cascada hormonal, que se sucede en distintos sistemas y culmina con la liberación de cortisol: un inhibidor de nuestro sistema inmune. Cuando esa respuesta hormonal se prolonga en el tiempo, exacerba el sistema y este termina por atacar al cuerpo en vez de defenderlo, originando las enfermedades autoinmunes.

Hay factores sociales y psicológicos que producen una cascada neuroquímica que a su vez produce células inflamatorias. La inflamación en un primer momento funciona como señal de alerta y cumple funciones reparatorias, pero si se cronifica es dañina.

Lo mismo pasa con el estrés, explica Dubourdieu: “Cierto grado es positivo porque es parte de la vida. Tener cierta activación, motivación. Antes se pensaba que era estar apurado, desbordado. Es cierto, pero es más que eso. La definición que usamos actualmente es insatisfacción de necesidades en cualquier área. La persona interpreta esa señal de alerta como algo que está insatisfecho y que hay que revisar”.

Hoy hay “patologías por saturación”: tenemos tantos estímulos, y hay que estar en tantos lugares a la vez a la misma hora, tanto que responder, que se dispara una sensación de insuficiencia y surge la culpa, que también es un gran factor de estrés.

En este punto aparece una segunda palabra mágica: regulación.

“Está la posibilidad de volver a regularse, y a eso es a lo que apostamos nosotros con los tratamientos. Para eso, no pueden seguir estando los factores disparadores de la respuesta de estrés. Antes el león desaparecía y la persona recuperaba la hemodinamia; pero a veces los estresores psicosociales actuales no desaparecen: convivimos con ellos en el hogar, en el trabajo, en la vida de todos los días, adentro tuyo en tus pensamientos, en tu historia que de repente sigue reverberando y no desaparece”, expone la especialista.

Y agrega: “Si esa cascada neuroquímica dura meses o años, los receptores reciben tanta sustancia que se saturan y se producen fallas en los mecanismos de regulación, y no se da el freno de esa liberación”.

En la regulación indicen muchos factores.

“Importa cómo comemos, cómo dormimos, cómo es nuestra eliminación; importa el sedentarismo o la actividad física; importan la recreación, la relajación, el disfrute. Todas esas áreas inciden. Importan también nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestra personalidad, nuestra historia que a veces queda sin ser procesada. También importan aspectos sociales, económicos, laborales, físico-ambientales (si alguien vive en un lugar lúgubre, sin iluminación, o en un barrio inseguro)”, continúa.

- Al final, ¿importa todo? ¿Todo incide?

- Todo incide.

- Eso puede ser apabullante.

- No, porque se trata de cuidar cómo vivís. Es algo que tenemos que hacer todos los días. Las respuestas de estrés provienen de cualquiera de las áreas que nos forman a nosotros como personas. Además de la dimensión biológica, la dimensión cognitiva, la dimensión psico-emocional y la socio-ecológica, está la dimensión espiritual: el sentido de la vida, las motivaciones. Si hay una persona que está con una sensación de vacío constante, por más que haga lo que sea, produce respuestas de estrés.

Las señales previas

La cascada neuroquímica no se libera a impulso de un día o un momento puntual, sino cuando los factores de estrés se extienden en el tiempo. Por eso es importante percibir las “señales de alerta”, dice Dubourdieu.

“Estoy irritable, estoy cansado, no tengo ganas de nada, duermo mal, estoy constipado, todo me cae mal”, ejemplifica. “Ya sean señales de alerta en lo biológico o en lo emocional, tenemos que percibirlas y revisar qué es lo que está pasando. Muchas veces no es fácil, cuando estás mal, identificar aquello que te está haciendo mal. Por eso está bueno pedir ayuda”.

Es como el auto al que se le prende una luz en el tablero. Si se identifica la alteración, es posible recuperar el equilibrio y evitar procesos de enfermedad. Si no, se entra en la siguiente fase: resistencia. A este periodo también se le denomina “carga alostática”, porque cuesta un esfuerzo seguir viviendo.

“Todos los días tengo un dolor de cabeza, todos los días me tomo una medicación. O estoy todos los días irritable, me peleo con todo el mundo, entonces me tomo un calmante. ¿Qué estás haciendo vos ahí? Ves el síntoma y tomás algo para taparlo, pero no revisás qué es lo que te está llevando a ese síntoma. Seguís andando por la vida pero con carencias, necesidades insatisfechas”, detalla la especialista.

Si esa etapa se extiende, se entra en la fase de agotamiento. Es ahí cuando pueden aparecer diferentes enfermedades según las características, las vulnerabilidades y los antecedentes de cada uno.

“El tiempo de cada fase depende de cada persona. Pero si hay síntomas de alerta durante meses o años, no tengas dudas de que esa cascada neuroquímica que está afectando tu sistema neurológico y tus hormonas, se va a manifestar con una enfermedad. No hay duda”, sentencia Dubourdieu, categórica.

Por lo general, las personas consultan en la fase de agotamiento.

“Son conceptos de los 70 u 80, pero que se están teniendo en cuenta ahora, al ver que hay tantas recaídas, tantas recidivas en las enfermedades”, agrega.

Y no se trata de cambiar lo que se está haciendo en cuanto a medicación y tratamientos, aclara. “Eso está muy bien y es fruto del avance de la ciencia; pero hay que ampliar, no es suficiente. Hay que integrar la evaluación diagnóstica y el tratamiento de otros aspectos que no son solo biológicos”.

El abordaje

Cuenta Dubourdieu que la gente muchas veces llega por derivación de su médico, pero también por el “boca a boca”: recomendaciones, amigos o búsqueda en la web. De alguna manera, es confirmatorio de lo extendida que está la necesidad de un abordaje más integrador.

“Hay niños y adultos. Llaman por problemas de distintos tipos. Muchos médicos derivan. Saben que las emociones inciden porque lo ven en las personas que atienden. Hay gente que pertenece a la sociedad y otros que, sin serlo, entienden, y por su clínica e intuición profesional, derivan”, asegura.

Una vez que se comunica con la Psunie, de acuerdo con su edad y sus posibilidades económicas, y lo que le ocurre, el paciente es derivado a un terapeuta. “Lo ven un médico, un psicólogo y un nutricionista, y vemos cómo va mejorando con este abordaje en el que convergen distintas áreas”, señala Dubourdieu.

Esta “transdisciplina”, como la denomina la especialista, cuenta con distintas técnicas interpersonales para diagnosticar y contemplar las particularidades de cada paciente.

Se realiza la llamada “biopsicografía”, una técnica en la que, a lo largo de tres sesiones, se ve la historia de la persona, las vivencias y cómo las afrontó. Con lo que surge se traza una línea de la vida y se identifica aquello que superó y de lo que salió resiliente y, por el contrario, “cosas acumuladas que distorsionan cómo interpretás lo que te pasa hoy”. También se ve cuáles son los hábitos de la persona y con qué recursos protectores cuenta.

“Ahí vemos qué es lo que hay que tratar. Sacamos conclusiones en conjunto con el paciente y vemos estrategias para modificar según el diagnóstico”, dice la especialista.

También después de la enfermedad es importante “aprender a volver a funcionar”: revisar los mecanismos de afrontamiento y fortalecer la manera de resolver las cosas que pasan, en el marco de un proceso de psicoterapia.

En ese marco también se analiza cuáles factores de estrés se pueden evitar, y cuáles no. “Si estás viviendo en un ambiente tóxico, laboral o de pareja, ves si podés cambiar esa toxicidad o si tenés que cambiar el ambiente. Pero hay estresores que no se pueden cambiar, como una mamá que se puso mayor, que te pone triste. Lo que podés hacer es buscar momentos de gratificación para ti, porque si no llega un momento que la caja de energía se vacía”, explica.

Una red que crece

La Sociedad Uruguaya de Psiconeuroinmunoendocrinología (Supnie) se creó en 2002 a impulso de Dubourdieu y otra magíster en esa área, Ileana Algazi, ambas formadas en Buenos Aires. Actualmente la Supnie tiene 132 socios de distintas especialidades.

Los especialistas formados en PNIE en los últimos 23 años son alrededor de 700; la mitad médicos, la otra mitad psicólogos. En la Universidad Católica fue donde se comenzó ofreciendo un diploma, después pasó a posgrado y luego a maestría. Allí se generó una clínica de estrés donde se atiende gente del barrio. También hay cursos en el Centro Humana de la Psunie, en la Universidad de Montevideo, la Udelar, la Facultad de Medicina del Claeh.

Además, tienen muchos “allegados” que, sin haberse formado, comparten el espíritu de esta “transdisciplina”. Se ha ido formando entonces una red de especialistas que hacen derivaciones para consultas particulares a la Psunie. En un día pueden llegar unas 10 llamadas.

Pero también se trabaja mucho en instituciones públicas y privadas con la que existen convenios, algunos desde hace años, como en el Hospital de Clínicas con población adulta y en el Pereira Rossell con los niños y sus familias. Hay convenios con el Hospital Británico y el SMI. En todas esas instituciones hay equipos de terapeutas. Dubourdieu trabaja hoy como supervisora.

En promedio se atienden unos 120 pacientes al año en hospitales y unos 160 a nivel particular, que demandan sobre todo psicoterapia y nutrición. También es habitual recibir pedidos de orientación sobre posibles médicos integrativos en las instituciones.

La psiconeuroinmunoendocrinología “no pretende ser una disciplina más”, dice ya para cerrar Dubourdieu. “Ya tenemos muchas y es importante que haya especialidades para profundizar en un área. Pero hay que ampliar”, insiste. “Es necesario ampliar la mirada e integrar a las otras áreas”.

Te Puede Interesar

Más noticias de Argentina

Más noticias de España

Más noticias de Estados Unidos