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¿Joe Biden será el próximo presidente estadounidense?

Un legendario y veterano político que fue vicepresidente se prepara para anunciar su candidatura a la presidencia

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25 de marzo de 2019 a las 05:03

Con probabilidad, la semana que viene, difícil que pueda ser esta, Joe Biden anunciará su candidatura a la presidencia de Estados Unidos, sumándose al grupo de quienes ya lo hicieron y conforman una lista larga que puede incluso seguir multiplicándose con el correr de los días: Bernie Sanders, Beto O’ Rourke, Kirsten Gillibrand, John Hickenlooper, Jay Inslee, Amy Klobuchar, Elizabeth Warren, Cory Booker, Kamala Harris, Julian Castro, Tulsi Gabbard, John Delaney, Marianne Williamson y Andrew Yang.

¿Por qué Biden se ha tardado tanto, regalándoles mucho territorio a quienes serán sus contrincantes? Difícil saberlo con precisión, aunque pueden aventurarse conjeturas. La primera, es porque estaba indeciso. El factor edad pesa –en caso de ganar, asumiría la presidencia con 78 años de edad- y él, mejor que nadie, por haber sido vicepresidente durante ocho años, sabe lo que implica ser el inquilino principal de la Casa Blanca, las responsabilidades que carga sobre sus espaldas el hecho de ser presidente. Es un desgaste enorme. Hay quienes afirman que es el trabajo más estresante del mundo. Lo pueden despertar en plena madrugada con la peor noticia, con un problema que exige resolución inmediata, etc. Para ocupar el cargo hay que estar bien preparado mental y físicamente.

En los últimos días, Biden ha dado señales de que se decidió y que por fin entrará al ruedo para dar batalla con la intensidad que lo caracteriza, a tratar de que su último intento en política sea victorioso. A decir verdad, de todos los candidatos demócratas, creo que es el único capaz de captar el voto de los independientes, de los demócratas de la vieja escuela, y de los “conservadores moderados”, que ven con pésimos ojos a Donald Trump, pero que difícilmente le vayan a dar el voto a Sanders, O’Rourke, Harris, o Warren, a quienes consideran ‘liberales extremos’, porque subirían la carga impositiva y con sus ideas políticas llevarían al país a la banca rota. Biden, en cambio, es visto como un liberal de los de antaño, al estilo Bill Clinton, con el tacto y la sapiencia suficiente como para gobernar para ricos y pobres, para pobres y ricos, y sobre todo para la clase media, columna vertebral del país. Biden sabe que esa es la percepción colectiva, que en eso no tiene competencia en su partido, y por ende no le queda otro remedio que postularse y desafiar a su propio organismo.

Para llegar a la presidencia estadounidense  hay que tener mucho dinero en el banco, producto de donaciones, para utilizar en campañas interminables y costosísimas. Un minuto en televisión cuesta una fortuna, por lo tanto, se necesita una carrada de plata para mantener el plan promocional al aire por varios meses seguidos. Biden entra en desventaja, pues carece de fondos. Varios de sus oponentes ya recaudaron millones de dólares provenientes de pequeños donantes individuales, a los cuales se irán sumando otros, pues si las encuestas los muestran como posible ganadores, las donaciones se incrementan. La lógica resulta simple de entender, pues se trata del capitalismo en su mejor expresión: si hay dinero, llega más dinero. Biden, por lo tanto, entrará a la contienda dando un gran hándicap, al cual intentará revertir cuanto antes, recurriendo al apoyo financiero de quienes lo consideran la única y mejor solución al estado nacional actual.

Según ha venido comentándose en días recientes, al parecer el equipo de asesores de Biden habría diseñado un plan de campaña que le permitiría al candidato entrar con el pie derecho, o por lo menos proyectando la imagen de que tiene un proyecto claro desde el principio. En un movimiento estratégico totalmente nuevo, Biden adelantaría con su anuncio el nombre de su compañero de fórmula (algo que en la política estadounidense viene siempre después de que el candidato consiguió la nominación), y a la vez informaría que de ser electo, será presidente por un solo periodo, llevando adelante lo que se tildará como “misión única de rescate para un país asediado".

De cumplir con esa posible promesa, planea presentarse como un “limpiador”, esto es, como alguien que viene a limpiar la basura que hay en la Casa Blanca y luego dejarle el camino abierto a quien venga después. Es decir, buscará proyectar la imagen de ser el único candidato capaz de detener la marcha del país hacia el abismo. La estrategia, innovadora, podría funcionar, pero también resulta riesgosa, pues le permite poco movimiento al candidato en caso de que las encuestas no lo favorezcan y se vea obligado a hacer cambios a mitad de camino. Su compañera de fórmula, en tanto, sería la afro-americana Stacey Abrams, de 45 años de edad, quien fue candidata a gobernadora del partido demócrata en las elecciones realizadas en Georgia el año pasado.

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