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La compleja trama detrás del crimen de la mujer que contrató dos sicarios para matar a su marido

Denuncias y litigios judiciales detrás del homicidio del profesor de inglés

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22 de julio de 2018 a las 05:00

El abogado Martín Etcheverry conoció a Edward Vaz en una confitería de Maldonado, la misma en la que está sentado ahora –con vista a la peatonal Sarandí–, un día caluroso de enero de este año.
Seis meses después su cliente fue asesinado de un tiro en la cabeza por dos sicarios en la puerta de su casa y una familia entera quedó destruida: quedaron dos hijos, un varón de 16 y una chica 20, que deberán convivir con la muerte de su padre y la prisión preventiva de su madre, la principal acusada como autora intelectual del crimen. Además, la joven se recupera en un hospital de un accidente de tránsito muy grave que tuvo días antes, desde donde se enteró de la tragedia.

Etcheverry, al frente del caso, no estaba entonces tan atareado como hoy. Cada cinco minutos suena su celular y él atiende enseguida: la mayoría de las veces son periodistas argentinos interesados por esta historia, porque según ha trascendido el caso involucra a un exgobernante de Argentina de los años 90. Y preguntan todos los detalles, porque no hay ninguno prescindible para entender la compleja trama.

"Ese día me planteó que estaba muy preocupado por el futuro económico de sus hijos, porque no tenían vínculo con su madre y no iban a heredar sus bienes, ahora a nombre de otra persona", resume Etcheverry sobre el encuentro que tuvo con un hombre menudo y bajito, que planeaba iniciarle una demanda a su exesposa por bienes cotizados en casi US$ 1,5 millones. Quería lo que le correspondía como cónyuge porque, según dijo, 20 días antes de divorciarse de la mujer en 2016, ella lo obligó a firmar la división de los bienes gananciales, bajo amenaza que si se oponía le quitaría a sus hijos. La audiencia por este juicio estaba fijada para el 30 de julio.

Ese sería el quinto conflicto judicial que había entre ambos, aunque el total de denuncias que afectó a la familia suman unas ocho, todas en los últimos dos años.

Para Julio Pereyra, el abogado de la mujer –de procedencia gitana, cuyo nombre se mantiene en reserva por ser primaria ante la Justicia– este caso es "de los más interesantes" que le tocó afrontar en su vida. Luce muy cansado, dice que está durmiendo "muy poco" y está malhumorado con la impertinencia de los mismos periodistas que llaman a su celular con igual insistencia que lo hacen con Etcheverry. "Surgen todos los días cosas nuevas y uno tiene que estar preparado, porque le están tirando cosas de cualquier lado", lamenta.


Desde un pequeño despacho de paredes pintadas de verde, por la calle Solís, a tres cuadras de donde sucedió el homicidio, el defensor se enoja cuando se le pregunta por los antecedentes problemáticos de la pareja, que tienden a dibujar diversas causales para motivar un asesinato. "Hay un problema familiar grande y un patrimonio muy importante, y cuando hay dinero de por medio se generan muchos problemas", dice, e insiste en lo que pretende: "Hay que concentrarse en el caso propiamente dicho, porque todo lo que se ha agregado por fuera no es el objeto de la causa".

Gipsy Queen


Pereyra sostiene que toda la prueba que hay en contra de su defendida es el relato de un hombre, un albañil que trabaja para ella, que dijo ante la Justicia que accedió a hacerle "un favor" a su patrona. Admitió que pasó a buscar a los sicarios que lo esperaban en la parada 41 de la rambla de Punta del Este. Los llevó en su auto hasta la casa de Vaz, esperó que cumplieran con su tarea, y los devolvió al mismo lugar. Este individuo también es acusado por la Fiscalía, como coautor de un homicidio especialmente agravado, y espera su juicio en prisión preventiva.

Pereyra se enoja más todavía si se le interroga por otro asesinato ocurrido hace 19 años, y que tuvo como indagada a su defendida. En 1999, un hombre irrumpió en una vivienda en el barrio montevideano de Manga y acuchilló a una anciana, que poco tiempo antes le había dicho a su clienta, cercana a aquella víctima, que le donaría la casa cuando muriera, pero no antes.

Ese caso ya fue incluido en la investigación actual a pedido de Etcheverry, ya que considera sugestivo algunas características en común entre un crimen y otro: en ambos se vio favorecida económicamente la mujer, en ambos ella se encontraba lejos del lugar cuando sucedió, y ambos se ejecutaron con la intermediación de sicarios que no fueron atrapados. La fiscal de la causa, Silvia Naupp, ya incluyó este caso en su expediente, este jueves.

"Pero esto ocurrió en 1999", dice Pereyra, lento y deteniéndose en cada sílaba. Y se explica:"Si hubo un beneficio, fue para ambos. ¿Y desde entonces no se había hecho ninguna denuncia? A mí me llama poderosamente la atención que surja esto ahora. Me da a entender que como la prisión preventiva de mi defendida va a cesar en 90 días, se está buscando algo para pedir su prórroga. Pero está traído todo de los pelos".

En concreto, cuando Vaz abrió la puerta de su apartamento en la calle Lavalleja –casi avenida Antonio Lussich– el lunes 9 de julio, minutos antes de las 22, tenía en su contra denuncias por proxenetismo y violencia doméstica, y una intimación para el pago de pensiones alimenticias adeudadas.

Su excónyuge tenía, a su vez, una denuncia de violencia doméstica presentada por Vaz y una demanda por daños y perjuicios presentada por la actual pareja de la víctima, quien sufrió el embargo de su auto –por una equivocación administrativa– a instancias de la intimación de pago por las pensiones. Además, de 2010 data una investigación por un caso de secuestro y sometimiento, que la Justicia finalmente archivó, que la tenía como protagonista. "Eran dos personas, ella y su amiga, que se habían adueñado de un negocio y cacheteaban a otras mujeres, a quienes obligaban a expiar sus pecados", cuenta Etcheverry, que accedió a ese expediente.

La reina gitana

Gipsy Queen

La mansión tiene una simetría casi perfecta: se divide en dos casas señoriales, de ladrillos y madera oscuros. Las dos fachadas, con dos leones negros de melena rubia al frente, parecen mirarse en un espejo. Su nombre –Gipsy Queen, que en español significa Reina Gitana– está inscrito en un cartel de marcos dorados, rodeado por cuatro arbustos, también en exacta simetría. El orden geométrico se exacerbó sobre las cuatro de la tarde del jueves: mientras afuera arreciaba la lluvia, se prendieron al mismo tiempo las luces de los cuartos de la segunda planta que están en el extremo exterior.

La pareja se había casado en 1997, y cinco años después se mudó a este predio, rodeado de árboles, silencio y otras exuberantes mansiones de Beverly Hills, un barrio residencial de Punta del Este. Allí vivían con una amiga íntima de la mujer que, según fuentes del caso, fue quien obtuvo la financiación de esta enorme inversión –que superaba el millón de dólares–, al enrolarse en una relación amorosa con un millonario político argentino.

Esa fue una de las razones que suscitó la atención de la prensa internacional, especialmente la argentina. Pero el otro motivo son las fiestas swingers y la prostitución Vip que organizaba esa casa, una realidad conocida en el departamento desde hace años, por lo que asociar ese tema con el caso es para Pereyra otra excusa para "sumar lo que venga".

Nada en Gipsy Queen se puso a nombre de Vaz, porque según declararon las mujeres en la Justicia él estaba incluido en el clearing cuando comenzaron a construir en 2002.

La pareja vivió junta durante una década, hasta que él se mudó y los hijos se quedaron con ella. Sin embargo, al poco tiempo, luego de pelearse con la madre, los dos se fueron de la mansión. El menor se fue con Vaz, y su hermana, que demandó a la madre por abuso intelectual, se mudó con su novio.

El vínculo entre los padres, no obstante, no se rompió con la separación. Luego del divorcio, ella vendió la mansión a un terrateniente brasileño en 2016, quien a su vez contrató a los adultos para que se encargaran, todos juntos, del mantenimiento de la mansión. Así, Vaz trabajó un tiempo en este lugar, lo que en los hechos significaba su segundo trabajo, además de dar clases de inglés en un liceo hasta que fuera suspendido por acumular demasiadas faltas.

Dos caseros de la zona recuerdan a Vaz como un "hombre amable", que a veces los llevaba a la parada de ómnibus. También recuerdan la amabilidad" de la mujer que los saludaba con simpatía cada vez que salía en su auto.

En la estación de servicio de la esquina donde vivió la última parte de su vida, los empleados cuentan que Vaz, sus hijos, su actual pareja y los hijos de esta, siempre se movían en grupo y hacían todo juntos, así fuera comprar la leche para el desayuno. El abogado Etcheverry no llegó a conocerlo tanto, pero su caso le dejó una marca: mira para todos lados cuando camina por la calle.

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