26 de agosto 2011 - 15:09hs

El vuelo que la trajo a Montevideo llegó con retraso. Eso se notaba en su postura y en su forma de hablar. De hecho, hubiera preferido no estar frente a la cámara fotográfica que la mostraría sin un excesivo maquillaje que, más que ocultar los años, apaciguaba el cansancio de un viaje por varios países de Latinoamérica en los que tiene que hablar siempre de lo mismo: su último libro, en este caso, El cuaderno de Maya.

Entre algunos recuerdos de su infancia, que tuvo ratos de humor y ratos con un poco de enojo fingido, la escritora chilena Isabel Allende habló con El Observador de la actual situación política y social de su país y, sobre todo, de lo que significó para ella, como mujer y escritora, la publicación hace casi 30 años de su novela más aclamada: La casa de los espíritus.

Hace más de 30 años que no visita Uruguay. ¿En esa oportunidad, qué la trajo aquí?
Fue en 1978. Yo vivía en Venezuela y mi suegra, a quien adoraba, la mamá de mi primer marido, estaba aquí muy enferma. Se estaba muriendo. Murió en mis brazos.

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Así que entonces no es un recuerdo muy grato.
Bueno, era una época muy dura del Uruguay, en la que el país estaba prácticamente en venta. Todo el mundo se estaba yendo, había avisos de remates en todas partes. Una época triste.

¿Qué sabe hoy de ese Uruguay que pisó en aquella oportunidad?
Muy poco. Antes de ir a un país no estudio lo que está pasando. Primero, porque son viajes relámpago y, segundo, porque son muchos. Esto es parte de una gira y me toca viajar demasiado. Además soy una persona muy frívola, lo hago todo por instinto…

¿Frívola en qué sentido?
Tengo como en la yema de los dedos una sensibilidad para captar el ambiente de las cosas, pero no soy una estudiosa de la economía ni de la política, de todo lo que está pasando. Ahora aterricé en Chile en medio de las protestas de los jóvenes estudiantes, pero si tú me preguntas exactamente en qué consisten cada uno de los puntos que los muchachos reclaman, no te puedo decir más que mi opinión.

¿Cuál es su opinión?
Que son demandas legítimas. Pero se trata de cambios estructurales que debió haber hecho la Concertación. No pudo porque tenía las manos amarradas con el Congreso y el Senado, que eran de oposición. Es curioso: ahora le cae todo esto a Piñera, que es de derecha, pero esto es una cosa que viene arrastrándose desde la época de Pinochet. El punto es que como se privatizó la educación también se privatizó la salud, el transporte, todo. Y la gente no puede pagarlo, se endeuda y se endeuda. En el caso de la educación ha hecho que surgieran universidades piratas… no digamos piratas, pero sí que ofrecen títulos que no sirven para nada. Son universidades que forman médicos que no han visto un paciente en su vida y se reciben de médicos sin haber hecho jamás hospital. Eso no es educación y por eso pagas una fortuna.

¿Esto es algo que sucede desde cuándo?
Empezó con Pinochet, pero ha ido poniéndose peor. Es un sistema neoliberal en el que todo se privatiza, todo tiene que ser de lucro.

Entonces usted apoya a los jóvenes en su pedido…
Sí, pero van a tener que llegar a algún tipo de compromiso, van a tener que tranzar, porque esto no puede seguir eternamente.

A propósito de Piñera, ¿cómo ve su gobierno, que ahora está con la popularidad por el piso?
Pero, eso es porque la gente está muy enojada con el país. De todos modos, creo que Piñera es un hombre bien intencionado. No creo que sea un gran político, pero es un hombre bien intencionado. No me parece que haya ido a comprarse el país como dicen.

¿Y a qué atribuye esa escasa popularidad?
A que el país está enojado, la gente está cansada de vivir endeudada, cansada de los precios, del Transantiago. En Santiago viven seis millones de personas que no se pueden movilizar porque el transporte público es tan caro que la gente no puede tomar dos buses. Camina 30 cuadras para tomar un bus porque no puede pagar dos, así de caro es, y la gente está furiosa.

¿Y cuál es el peor escenario que ve para esto?
Se habla de toda clase de cosas, pero espero que no pase nada de lo que están diciendo. Tiene que haber una negociación y bueno, ¡echémosle para adelante, hay que salvar el país! No creo en absoluto que pueda haber un golpe militar como dicen. No está el horno para bollos. Chile ya pasó por eso y no creo que vuelva a suceder.

¿Para usted qué hay en el debe en materia política?
Creo que hay que cambiar la Constitución, para empezar. También hay que cambiar el sistema de votación, tiene que haber una democracia mucho más representativa y, lógicamente, hay que atacar a fondo el problema de la privatización. Los chilenos deben tener derecho a una buena salud, a la educación, a un transporte a un precio razonable, a la vivienda, a que no haya miseria. En Chile se han eliminado casi las villas miserias. Es el país que tiene el ingreso más alto per cápita de América Latina y es el tercer país en desigualdad del mundo. Cuando tú ves la pobreza y el esfuerzo de la clase media y ves que hay un puñado de personas que son los dueños del país, eso enoja, crea un clima latente de violencia. Esos dueños del país son los gerentes, son los que están ahora en el gobierno. Entonces, hay mucha rabia.

Pero estos indicadores están en el haber y no en el debe, ¿cuáles otros son positivos?
Muchos. Chile salió de la dictadura dignamente. Los 20 años de la Concertación hicieron mucho, terminaron con la extrema miseria, hicieron muchísimo.

Si bien ha pasado tiempo de este hecho, ¿dónde y cómo vivió el rescate de los mineros?
Estaba en Estados Unidos, pero viajé a Chile y fui con Piñera, quien me llevó en el avión de la Presidencia, a hablar con los mineros. Pudimos conectarnos a través de una cámara y recuerdo como anécdota que había nacido un bebé de uno de los mineros. Recuerdo que metieron esta cámara para mostrarle la recién nacida a su papá, que no se lo mostró la mamá sino que fue Piñera… Pero fue muy emocionante ver a las familias de los mineros acampados en la nada, ver a los mineros abajo con gran coraje. ¡Y el rescate! Costó un ojo de la cara, pero había que hacerlo y el gobierno lo hizo y muy bien.

Se supo aprovechar de eso.
No, no creo que fuera un aprovechamiento. Creo que realmente hubo la intención de sacarlos. No iban a dejarlos que murieran en ese hoyo, iban a hacer todo lo posible por sacarlos y Piñera prometió que iba a sacarlos. Para que veas lo caprichosa que es la opinión pública, en ese momento Piñera estaba en su popularidad más alta.

¿Y usted dice que no hizo un manejo mediático de todo eso?
Hay un manejo mediático si tú quieres, pero estaba la intención de sacarlos y los sacaron. ¡Eso hay que admitirlo, respetarlo y honrarlo! No vamos a decir que lo hicieron por la propaganda. No, lo hicieron para salvar esas vidas.

Por fortuna salió bien.
¡Siempre hay que encontrarle la mala leche a todo! ¡No!

Me interesaba esto porque fue, luego del terremoto, uno de los momentos más difíciles de Chile en los últimos años… Y a propósito, haciendo una lectura más poética y no tanto coyuntural, ¿tiene el terremoto una metáfora del país?
Mi país es un país de catástrofes, de cataclismos y de grandes cosas. Vivimos en estado de emergencia.

El año que viene serían los 30 años de la publicación de La casa de los espíritus. Mirando hacia atrás, ¿cómo se ve a usted misma y en qué cosas siente que cambió? ¿Siente que le debe a ese título todo lo que es hoy?
Sí, todo, porque si no hubiera tenido éxito con La casa de los espíritus, quién habría publicado el segundo libro… nadie. La casa de los espíritus pavimentó el camino a todos los libros que vinieron después. Miro para atrás y es algo que no puedo justificar ni entender ni saber por qué pasó. Por otro lado, tuve la suerte de que fuera rechazado por las editoriales latinoamericanas y se publicara en España, desde donde fue bien distribuido, fue a la Feria del Libro de Francfort, donde la compraron para la traducción. Si se hubiera publicado en Chile estaría en un garage.

¿Siente que hoy escribiría algo en el mismo tono?
Lo que tiene la primera novela es que se escribe con inocencia, ingenuidad y frescura. Si tuviera que escribir ese libro hoy, no creo que pudiera hacerlo porque ese libro fue un intento de recuperar ese Chile que había perdido cuando me fui: el de la familia, los recuerdos, las anécdotas de mi abuelo, el país, la casa, todo. Creo que el estilo corresponde a una época también. Si lo escribiera hoy tendría un estilo distinto, sería diferente.

¿Cuál es la cantera de la que sale todo lo que escribe?
De la infancia. Todo viene de esos primeros años en la casa de mi abuelo, antes de los 10 años. De mi vida ahí se formó algo dentro de mi corazón que es de donde saco todo: los personajes, las ideas, los demonios que se repiten, las obsesiones, los ideales.

¿Esa infancia en la casa de su abuelo fue de mucha soledad?
Sí, fue una infancia solitaria, de miedos, con muchas cosas raras. Mi papá se fue cuando yo tenía tres y mi mamá se quedó, con 23 años, sola con tres niños en pañales. Por eso se fue a vivir a la casa de sus padres, mi abuelo, donde me crié. Llegamos allí cuando se murió mi abuela casi inmediatamente, y la casa entró en un período largo de duelo que duró 8 años. Recuerdo que mi abuelo andaba vestido como un cuervo de pies a cabeza. Lo único que yo hacía era leer. Fui una niña solitaria, muy angustiada y rebelde.

¿Y sigue siendo rebelde?
Me enojo.

Y cuando se angustia, ¿qué hace?
Escribo y escribo como loca. Esa es mi catarsis, mi terapia, mi vida.

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