12 de junio 2013 - 21:50hs

En la conversación con El Observador, Garo Arakelián se toma segundos (muchos o pocos, según cada pregunta) y consulta si es claro en la mayoría de sus respuestas. En todas hay una reflexión seguramente procesada antes o por lo menos tenida en cuenta. Pasa algo parecido con las canciones de Un mundo sin gloria, su primer disco solista, que presenta mañana en La Trastienda. Tras ellas –y por ende, tras el disco– se puede ver una idea clara y acabada de lo que el artista quiso hacer con la música, las historias, el concepto e incluso el trabajo de influencias que se aparecen en el álbum; un paquete de temas que entran con facilidad en la intimidad de quien lo escucha y que opta por la esperanza de lo que puede venir después de mirar de frente a historias tan terribles como cotidianas.

¿Dónde y cuándo aparecen estas composiciones?
En realidad se encontraron. Al principio seguía con la inercia de componer para Alejandro (Spuntone, cantante de La Trampa). Luego me doy cuenta de que eso no tenía sentido para la etapa que empezaba y me puse a buscar de otra manera. El motivo era encontrar una forma de decir sin que resalte el canto, porque no tengo una voz para que la gente diga “ah, mirá, qué bien canta”. Empecé a buscar mi voz, una en la que lo que canto hace que vibre más la intención de lo que estoy cantando.

Cuando La Trampa dejó de tocar, ¿pensó en la posibilidad de no volver a hacer música?
No llegué a hacerme ese planteo. Lo primero que sentí cuando dejamos de tocar, hace dos años y medio, fue que no tenía un depositario de esa energía, aunque la energía cinética sí estaba. Yo seguía agarrando la guitarra y componiendo. Tenía que meterlo en algo que no fuera colectivo, eso es lo único que tenía claro.

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En este disco hay algunos puntos en contacto con referentes como El Sabalero. Esto de ponerse fuera de la acción, contando una historia desde afuera, encontrando personajes que en este caso incluso llegaron provenientes de historias que aportó el periodista Leonardo Haberkorn. ¿Cómo surgió esa forma de componer?
Fue un proceso caótico, desprolijo. Después de La Trampa, básicamente trabajaba y salía con mis amigos. De a poco iba sacando canciones. Ahí fui viendo que no me llevaba bien trabajando en primera persona, en ese tono casi épico que no tiene nada de malo en sí mismo. Pero no había canciones que pudiera cantar, simplemente porque esa es una voz que no tengo. Quería encontrar algo en el que el “yo” no fuera “yo”. Liberarme de esa coincidencia, encontrar historias de otros, ficcionarlas.

¿Hay también un regreso a las influencias iniciales que dispararon el proyecto La Trampa? En sus orígenes, el grupo era un proyecto en parte reivindicativo del estilo de compositores locales como Eduardo Darnauchans o Dino.
Algo de eso hay. Cuando me vinculé con la obra de Darnauchans, sobre todo por el disco Sansueña, o de Dino, que son dos de los ejemplos que se mencionan, yo no estaba en contacto con el mundo de esas canciones, era muy ignorante. Lo que hay hoy quizá tiene más que ver con que tengo un conocimiento más amplio de ese mundo, después de estudiarlos muchísimo.

¿No hay también un intento de profundización en esas propuestas? ¿No es la de este disco una postura más dogmática?
Ir a rescatar metódicamente esas canciones y tener una reflexión política respecto a la canción uruguaya no es tanto lo que quise hacer, sí de trabajar desde donde tiene sentido hacerlo para mí. ¿Tiene sentido desde el rock expresivo y potente, sensorial y de la participación colectiva? Para mí no, porque, de un tiempo a esta parte, no tengo nada para decir ahí a pesar de que no lo menosprecio para nada. Es una intención rock, porque, ¿quién puede dudar de que Leonard Cohen es rock? El regreso a todo esto que descubrí hace años más todo lo que he incorporado ahora, definen el lugar en el que me siento cómodo para componer.

¿Le señala la gente el haber dejado La Trampa para transitar un proyecto solista?
No. Creo que sí hay gente que no comprende y no entiende mucho todo lo que perdés. Pero esto no se trata de exitismo, sino de redimirse uno mismo con sus propias reglas.

¿Hay alguna técnica para evitar el lugar común en la composición?
Es muy difícil. Creo que el punto es el asunto moral: pienso que la canción tiene que valer por sí misma, no tenés que explicarla. La foto es lo que vale por sí sola. Y para mí, una canción debería valer por sí sola, sin el corolario moral.

El disco también es una declaración de principios muy anticelebratoria de lo que es Uruguay.
Veo que en Uruguay estamos autocelebrando en forma permanente nuestros propios valores. Y la mayoría de las cosas que se celebran son aquellas de las que vos no sos responsable. Se habla de una visión arquetípica del uruguayo de la que estamos convencidos, pero que no vemos. No sabemos si es verdad. Y en este país se celebra eso los 12 meses del año. Por ejemplo, ¿cómo vas a celebrar constantemente tu generosidad como uruguayo si adoptar un niño en este país es dificilísimo? Durante el año también está el consejo de salarios, el cómo se resuelve la ley de impunidad, lo que pasa dentro de tu casa con tu familia… A mí no me interesa celebrar. Me interesa la construcción, las cosas que construyamos nosotros. No voy a celebrar lo que hicieron otros. Yo no soy la herencia de Maracaná; estoy mucho más cerca de ser la herencia de la dictadura. Creo que hay además un concepto errado de lo que es el uruguayo. Para mí, el verdadero uruguayo es el que no tiene tarjeta de crédito, no el que tiene una movilidad económica abusiva que llena de 4x4 la ciudad.

¿Es una marca de la generación actual de músicos el no hacerse cargo en serio de temas como este? Estamos llenos de gente con instrumentos pero parecería que proliferan los grupos de covers.
Antes, que alguien se comprara un instrumento era una gran noticia, saludabas y animabas al que empezara porque había que afiliarlos, había pocos. Pero ahora, si te compraste el instrumento y tenés una banda solo para hacer eso, preferiría que fueras escribano. Por otro lado, nunca hubo tanta gente tocando tan mal el candombe en la calle.

En el disco aparecen muchos músicos de generaciones más recientes, incluso de otros estilos musicales. ¿Por qué no pasa más a menudo?
Yo no creo que eso sea una virtud en sí. Sí es un gran defecto que no pase porque es algo como de inteligencia primitiva. Puede ser un disparate, pero creo que esto es un tema de identidad uruguaya. Cuando te sentís cómodo con lo que sos en un lugar y no considerás los márgenes laterales –al que no le gusta lo que vos hacés o a ese que hace cosas que no te gustan–, sos una especie de empleado público. Y fui parte de eso, me hice viejo antes de llegar a esto. El rock de nuestra generación fue muy endogámico. Sería bueno que tuviera una respuesta más allá de esto, pero no la tengo. Yo tengo la suerte de haberme comunicado mucho con mucha gente.

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