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¿Nuevo régimen mexicano?

Ha cambiado el sistema de partidos pero no han cambiado en esencia; ni en su forma legal definitoria ni en los sistemas de gobierno y electoral

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11 de julio de 2019 a las 05:00

Por José Ramón López Rubí C.*

Solo por existir un gobierno de López Obrador, sus partidarios e incluso muchos de sus críticos hablan de “el nuevo régimen”. Si tomamos en serio los conceptos y las distinciones entre ellos la conclusión es otra. Hagamos un análisis tan preciso, claro, breve y sencillo como sea posible. 

Para empezar, un gobierno y un régimen político son entidades diferentes, aunque algunos gobiernos pueden ser efectos (directos) de un cambio de régimen o causa de que un régimen cambie. El régimen de México no cambió en 2018 para que ganara Andrés Manuel López Obrador (AMLO) ni ha cambiado en 2019 porque él haya ganado la presidencia. Se están dando cambios en el régimen, no ha habido un cambio de régimen. Este segundo tipo de cambio ya había ocurrido, es la transición –por definición general, el cambio de un régimen a otro- del autoritarismo de la hegemonía del Partido Revolucionario Institucional (PRI) a la democracia de baja calidad y no consolidada del pluripartidismo electoral, un cambio que el presidente y sus seguidores niegan, unos por ignorancia y otros por conveniencia para su propia “épica”.

Si gobierno y régimen no son lo mismo, el segundo incluye o contiene al primero, que a su vez es distinto del Estado. Un gobierno, así sea el federal, no es el Estado. El régimen correlaciona institucionalmente con la estructura estatal, y los gobiernos legales-constitucionales no pueden existir completamente separados del Estado y el régimen. Éste, además, comprehende tres sistemas: el sistema de gobierno, el sistema de partidos y el sistema electoral; o si no hay más que un partido de Estado y/o no hay elecciones, los mecanismos formales e informales equivalentes para el acceso, distribución y abandono del poder. Para que cambie el régimen, en el sentido de cambio de régimen, tienen que cambiar esencialmente los tres o cuando menos dos de esos (sub)sistemas. 

1. ¿Ha cambiado el sistema de gobierno presidencial o ha dejado de ser presidencial el sistema de gobierno mexicano? La referencia es al presidencialismo como opuesto institucional formal del parlamentarismo, no al fenómeno de la concentración metaconstitucional de poder en el presidente cuando era jefe del PRI hegemónico. El presidencialismo priista dejó de existir, salvo como cultura o aspiración parcial. El presidencialismo como la opción de “no parlamentarismo” es lo que estaba antes del régimen del PRI, lo que estaba y está en la Constitución y, por tanto, es lo que sigue existiendo. En México, y no solo ahora, no hay parlamentarismo ni semipresidencialismo, tampoco un presidencialismo informal/metaconstitucional como el del llamado priato. Lo realmente nuevo de hoy, por López Obrador, es otro “estilo personal de gobernar” (Daniel Cosío Villegas dixit), un estilo presidencial que es presidencialista. Y es que AMLO encarna un código político-cultural propio del presidencialismo autoritario, de la época del PRI hegemónico en que ocurrió su formación como político. Ese régimen –las instituciones formales e informales fundamentales- murió, pero no la cultura que formó y protegió. López Obrador es un ejemplo.

2. Sigamos. ¿Es Morena un partido hegemónico? ¿Ha cambiado el sistema de partidos? No y sí: ha cambiado porque no es más el sistema de tres partidos o “de dos partidos y medio” que existió por muchos años, pero no cambió a sistema de partido hegemónico. Como este punto lo he demostrado aquí mismo, paso a otra cuestión: ¿es partido de Estado? Si lo fuera no existiría otro partido legal o ningún otro partido sería relevante en ningún sector relevante. Pero Morena “ni siquiera” tiene la “aplanadora” legislativa que algunos ven. Más precisamente, tiene una “aplanadora” para reformas legales pero no para reformas constitucionales, al carecer de la mayoría calificada o 66% de los asientos congresionales. Es un dato de la mayor importancia que no debe ser relegado. 

Hay que insistir en lo que debería ser obvio: un partido de Estado controla el Estado. A todo o casi todo el Estado. Puede ser, circularmente, que quien controla el aparato estatal controla al partido estatal que exista. López Obrador tiene el control de Morena, pero ni el uno ni la otra tienen el control de todo el Estado, Morena no es el partido del Estado mexicano. Es el partido del gobierno federal actual. El partido de López Obrador no es ni hegemónico ni estatal porque, entre otras razones, depende de otras fuerzas para reformar o sustituir la Constitución. Y se trata también de fuerzas ajenas a la coalición del binomio AMLO- Morena. Ningún partido de Estado, como tampoco uno hegemónico, sufriría tal dependencia sobre la decisión constitucional. 

Si alguien “leyó” que Morena no es mucho más fuerte que otros partidos mexicanos de este siglo y que “todo está bien” con su poder, no se dijo eso. Morena sí tiene más poder que esos partidos; y su poder, si bien no hegemónico, significa riesgos y reales posibilidades de instaurar alguna versión de autoritarismo electoral. Es decir, no democracia pero sí elecciones; elecciones sin la democracia como medio y fin (si hay democracia hay elecciones pero no porque haya elecciones siempre hay democracia). Un régimen autoritario electoral es un régimen político con sistema electoral no democrático por no libre ni competitivo. ¿Regresaremos a algo similar? Es la gran pregunta, ya que no se ha dado ese regreso; depende de varios factores, como los resultados de la elección intermedia de 2021.

El sistema de partidos mexicano está pasando por un estado líquido: no ha transcurrido suficiente tiempo y, por tanto, experiencia para que el partido obradorista ocupe una posición más o menos definitiva o estable y sepamos cuál es o va a ser. La materia Morena –que no es la materia Oscura ni Lumínica de las creencias extremistas- no tiene aún estado sólido. Y podría pasar del líquido al gaseoso: Morena tiene un agudo problema de institucionalización, una severa dependencia de AMLO como figura personal, y el presidente no es un hombre joven... Ni su popularidad será eterna. López Obrador es Aquiles con un partido-movimiento y por eso él es para su organización-masa tanto la fuerza como la debilidad. Al mediano plazo, “el talón” de López Obrador es Morena por culpa del mismo AMLO.

3. Por último, ¿hemos cambiado de sistema electoral? No. Incluida la mezcla “mecanísmica” de mayoría relativa y representación proporcional. Aunque parece que al obradorismo le gustaría transformarlo. Hay intenciones y propuestas muy cuestionables para ello. Pero, hasta  el momento, las elecciones no sólo siguen sino que siguen siendo razonablemente democráticas, federalmente hablando. Tal como lo eran antes de que ganara la presidencia López Obrador. Si el presidente y su partido buscan un cambio morenista de régimen político, esto es, no sólo un cambio de régimen sino un cambio proMorena, pondrán acento en el espacio electoral, así: lanzar propuestas de reforma, avanzar en su mediatización, competir bajo el sistema electoral vigente en las elecciones que correspondan, aumentar su poder electoral, y conseguido el poder suficiente (relativo a la transformación de la Constitución) cambiar de sistema electoral. Está por verse si lo logran.

Resumiendo, ha cambiado el sistema de partidos pero no hay un cambio ni transicionalmente suficiente ni políticamente definitivo; no han cambiado en esencia –ni en su forma legal definitoria ni en el fondo último- los sistemas de gobierno y electoral. Puesto de otro modo, si hubo cambio de sistema de partidos pero no cambio de sistema electoral ni cambio de sistema de gobierno, tenemos 1 de 3 o 2 cambios necesarios para el cambio de régimen. Tampoco ha cambiado la forma del Estado: no ha pasado de federal a central o unitario; aunque el federalismo sí está bajo ataque… Entonces, no ha cambiado el régimen: este año no hemos visto ni estamos viendo otra transición. O no aún. 

Hay cuatro grandes falsedades políticas sobre el siglo XXI mexicano al día de hoy: falso que antes de AMLO había democracia pero hoy no, falso que antes de AMLO no había democracia y hoy sí; falso que los mexicanos estemos viviendo bajo un nuevo régimen autoritario y falso que lo hagamos bajo uno nuevo y democrático. Esa moneda, con sus dos caras “transicionales”, sigue en el aire…

*José Ramón López Rubí C. es un politólogo mexicano dedicado al análisis, la edición y la consultoría. Ha trabajado en el Centro de Investigación y Docencia Económicas, Ciudad de México, y la Universidad Autónoma de Puebla. Ha publicado artículos, reseñas y libros, entre ellos dos volúmenes de Cartas a los estudiantes de Ciencia Política.

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