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¿Qué hacemos con los asesinos de la nena de Rivera?

Entre la pena de muerte o morir de pena, la voz de un padre avergonzó a la horda de justicieros

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20 de noviembre de 2017 a las 08:59

El escritor estadounidense Tennessee Williams decía que el odio es un sentimiento que suele existir en ausencia de toda inteligencia.

No obstante, cuando una persona, inteligente o no, se enfrenta a actos inhumanos, crueles, irreversibles, y esos actos están dirigidos contra niños, puede resultar entendible que un ramalazo de odio se imponga momentáneamente a cualquier sentimiento. Pero si esa persona está en uso de sus facultades y es un ser razonable, con el tiempo el odio tiene que dejar paso a otros sentimientos, salvo que sea un cabeza hueca o un alma podrida.

En estos días el asesinato de una nena de 9 años en el departamento de Rivera parece haber abierto espacio para el accionar masivo de los violentos y los idiotas, condiciones que suelen coincidir.

Las redes sociales, cuándo no, pero también comentarios escritos en algunos medios de comunicación por personas presuntamente razonables, hacen foco en el odio y la bronca que el hecho les provocó, o sea, hacen foco en el o los victimarios de tan horrendo acto.

Lo primero que deberíamos plantearnos es que, aunque los asesinos de niños sean una absoluta minoría entre la población, en la sociedad anida un sentimiento o una mirada sobre los hechos que destina mucho tiempo, demasiado, a enfocar en quienes no son o no deberían ser los protagonistas centrales de esta historia de terror: los victimarios. Y para peor, el tiempo que le destinan es solo para desearles la peor de las muertes, sin tener en cuenta que en un tiempo seguramente volverán a caminar entre nosotros.

La primera mirada de una sociedad que se presume sana debería estar enfocada en las víctimas: la niña asesinada y su familia. Diría que sobre todo en su familia, porque aunque resulte tremendo asumirlo, nada devolverá la vida a la pequeña. En cambio, la historia dejó tras de sí una familia destrozada, que el Estado pero también la sociedad a través de diversas vías debería cobijar, proteger, darle la certeza no solo de que se hará Justicia sino también de que se hará todo lo posible para que esto no les pase a sus otros hijos ni a los hijos de sus otros vecinos y ciudadanos.

Y, especialmente, que no volverá a pasar lo mismo con la misma persona, ya que el Estado hará lo posible para que ese asesino de niños deje de serlo, no por el camino de asesinarlo, porque por suerte aquí no hay pena de muerte, sino de rehabilitarlo, que esa es la obligación que la sociedad le encomendó al Estado.

Pero en el ambiente lo que más soplan son vientos de odio, de venganza, los pedidos de pena de muerte y otros dislates que solo sirven para expeler el pus de las almas, una infección para la que no hay antibióticos de fácil acceso.

Y la estúpida pregunta, típica de cabezas huecas: ¿qué harías si la víctima fuera tu hija? Como si eso importara. Como si la Justicia y el orden social se fueran a articular a partir de lo que piensan o sienten los padres dolidos. ¿Qué haría? ¿Cómo saberlo? ¿Refugiarme en mis seres queridos y tratar de sobrevivir lo que me resta de vida? ¿Pegarme un tiro en la boca? ¿Qué respuesta te tranquilizaría?

¿Estos cabezas huecas imaginan que el dolor y el recuerdo de esa carita de 9 años le dejan a un padre aún impactado por la noticia espacio para pensar si al asesino hay que torturarlo de tal o cual forma?

Reitero, es entendible que para quien siguió el caso a través de la televisión ese sentimiento se le pase por la cabeza. Pero cuando eso se convierte en una posición definitiva, el odio empieza a anidar en el corazón y se cometen barbaridades como la de ese periodista (¿periodista?) de una FM que divulgó en Facebook la foto del asesino para que los presos dieran cuenta de él en la cárcel.

Ante visiones como esta, el Estado actuó civilizadamente y puso por el momento a los sospechosos en celdas aisladas, y seguirá siendo su deber velar por la integridad de estos delincuentes.

Y si fuésemos un poco inteligentes como sociedad deberíamos pedir que los atiendan no con odio sino con la intención de recuperarlos, porque uno de ellos tiene 22 años y, como máximo, saldrá con 50 años.

Una pregunta para los preguntadores

A quienes les gusta lanzar ese tipo de preguntas hipotéticas, ahí va una: si las vueltas de la vida hacen que un día, liberado el asesino, le toca una noche cruzarse con su hijo o hija, usted, ¿qué preferiría? ¿Que ese encuentro se dé entre su hija/o con un hombre que estuvo 30 años tratado como un animal, violado (con los efectos psicológicos que se producen sobre los hombres abusados), brutalizado por el encierro? ¿O prefiere que ese cruce fortuito de la vida entre su ser querido y este asesino se dé luego de que el hombre tuvo un intenso tratamiento psicológico, con seguimiento de expertos que pudieron eventualmente medicarlo y controlar luego que cumple con el tratamiento que se le fijó para acotar sus impulsos violentos? ¿Cuál de las dos situaciones elige usted?

Y la estúpida pregunta, típica de cabezas huecas: ¿Qué harías si la víctima fuera tu hija? Como si eso importara. Como si la Justicia y el orden social se fueran a articular en base a lo que piensan o sienten los padres dolidos. ¿Qué haría? ¿Cómo saberlo? ¿Refugiarme en mis seres queridos y tratar de sobrevivir lo que me resta de vida? ¿Pegarme un tiro en la boca? ¿Qué respuesta te tranquilizaría?

El episodio de Rivera es de esos que tiene ribetes que lo ubican fuera del debate tradicional sobre seguridad: ¿cómo evitar estas cosas? ¿Cómo lidiar con estos actos de odio surgidos en comunidades o barrios más o menos integrados? Nada que ver con los narcos, con los ajustes de cuentas, con personas con antecedentes ¿Qué estrategias de seguridad son aplicables a este tipo de casos? ¿Hay que cambiar el consejo a nuestros niños para que se cuiden de los desconocidos y se empiecen a cuidar de los conocidos, que son los que contribuyen a engrosar las víctimas de homicidios?

Vida en sociedad, recuperación del espacio público (y atención de lo que ocurre en el aún más peligroso ámbito privado), rehabilitación de violadores y de delincuentes en general, cuidado de nuestros niños.

¿No será sobre estos factores sobre los que nos debe invitar a reflexionar un hecho como el de Rivera en vez de tener que escuchar a quienes no pueden sacudirse el impacto del primer momento y piden tortura, pena de muerte y hacen preguntas estúpidas sobre qué haría usted si no fuera usted?

Los asesinos de niños, los asesinos en general, son una ínfima minoría que está del otro lado de esa raya imaginaria que separa a la sociedad sana de la otra. Personalmente no me causan miedo per se.

En cambio, no creo que sean tan pocos los que quieren el ojo por ojo y que se terminan poniendo del otro lado de la línea, del lado de los asesinos, porque en vez del amor, el cuidado y la razón que debería primar después de cada acto de odio, los une el espanto. Y esos sí que me dan miedo, porque se presumen parte de la sociedad que tiene que bregar por encontrar una salida a la violencia. Tenemos violentos de una clase, que ejecutan actos ilegales, y violentos de otra clase, que escudados en la legalidad en la que viven o en su cobardía, porque no son ellos los que lo harían, incitan a otros a cometer homicidios y violaciones contra los homicidas y violadores. ¿Cuánta diferencia hay entre unos y otros?

Tengo más temor a la horda que a los asesinos de niños. Pero hay luces en la noche que reconfortan el alma y dan espacio a la esperanza.

En medio de los gritos de muerte de la caterva, el padre de la nena asesinada, un hombre que en estos momentos no debe atisbar donde terminan las fronteras del dolor en el que está sumido, pidió que no se haga justicia al grito, que la Justicia está actuando y que es esta la que se va a pronunciar.

Si el dolor por la pérdida ya era suficiente razón como para que por sí solo convocara al silencio respetuoso, este acto de grandeza de un hombre sobrecogido por la tragedia hace que el grito de los violentos, los justicieros, los cabezas huecas, más que a gritos suenen a ladridos.

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